Digital Extremadura
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   “-Yo, de tontu no tengu ni un pelu; otra cosa eh que me jaga el tontu”.  Quien así me hablaba un día de Viernes Santo, airoso y frío, en una vieja taberna, mientras tomábamos vino rojo como sangre de toro y unos pinchos de bacalao rebozado, era Pedro Hernández Fernández, solterón entrado en años, desgarbado, barbilampiño y con facciones semejantes a las de Popeye, el marino.  Pedro, al que llamaban en el lugar, Ti Pedru “El Tontu”, saludó por primera vez a este perro mundo cuando su madre, Ti Juana Fernández Hernández, casada con Ti Trifón Hernández Rina, era ya cuarentona.  Fue un 2 de agosto de 1909. Finalizaba la “Semana Trágica” en Barcelona, que había dejado más de 70 trabajadores desangrados por el santo suelo y cinco condenados a muerte, entre ellos el joven discapacitado mental  Ramón Clemente García, que fue fusilado el 4 de octubre.  Más que harta estaba la gente de tanta injusticia, de tanto caciquismo y de tanta miseria.  Y el Consejo de Ministros, presidido por Antonio Maura i Montaner, el que se pasó de las filas liberales a las conservadoras en menos que canta un gallo, ahogaba en sangre las justas protestas de las clases bajas.  Todo ello con el beneplácito de aquel Borbón vividor y corrupto llamado Alfonso XIII. La Iglesia conmemoraba aquel día a Santa Alfreda y a Santa Teodota.

 

     “-Yo era de la quinta del 30, peru me juí voluntariu a la guerra, que la quinta mía no jué movilizá hasta el añu trenta y sieti” -relataba Ti Pedro. “Al ménuh allí me daban de comel tóh loh díah y me daban algúnuh reálih. Total, yo tenía antóncih ventisieti áñuh y no tenía que buhcal-li la gandalla a nengún  muchachu ni a nenguna mujel”.  Me seguía el paisano hablando de su vida en aquellos tiempos. De cómo le llevaron al frente de Don Benito y le insertaron en una unidad al mando del “general Saliquén” (Andrés Saliquet Zumeta, nombrado por el dictador Franco “marqués de Saliquet”).  De cómo rompieron el frente el 19 de agosto de 1936 por el pueblo cacereño de Navatrasierra y una esquirla de artillería le hirió junto al río Guadarranque.  De cómo conoció al asesino Manuel Gómez Cantos, capitán de la Guardia Civil, nacido en el pueblo gaditano de Arcos de la Frontera, y que pasó a la Historia con el nombre de “El Carnicero de Extremadura” por su extrema crueldad, su sadismo, su carácter depravado y fascista, sus borracheras y por ser condecorado repetidamente por el general Franco y sus secuaces…

 

     “En el pueblu toledanu de El Campillu moh vinu un capitán nuevu a la compañía, que era máh malu que la carni de pehcuezu, peol entoavía qu,esi don Manuel Gomi, que si me pongu a contal, no paru.  Peru yo me jadía el tontu y, jidiéndumi el tontu, asín cumu qu,ehtaba mediu trahtumbau, me metierun de pinchi pa lah cocínah.  A esi capitán nuevu que vinu le dicían don Cahtu y era un avariciosu y un puteru”.  Y Ti Pedro “El Tonto” me detallaba cómo aquel capitán requisaba “el oru y tó lo güenu c,había” en las casas de la gente pudiente de los pueblos que iban tomando.  “Y si aquélluh rójuh tenían híjah guápah -me contaba-, el primeru que se lah tiraba era él y, aluegu, loh de la su camarilla.  Esu sí, dihpué eran loh priméruh en dalsi gólpih de pechu y en il a comulgal tóh loh díah”.

 

     El nieto paterno de Ti Luis Hernández y de Ti Miguela Rina, ambos del pueblo de Aceituna, regresó a su casa al acabar los tres años de terror y a subsistir como buenamente pudiera. Solo tenía sus brazos para trabajar.  “Si no había queau conformi con aquel don Cahtu, ehtuvi de criau un tiempu pa la parti de Aldinueva con otru don Cahtu, perritu malu, que se comía con loh ójuh tó lo que vía, avariciosu y franquihta, que venían loh próbih en aquélluh máluh áñuh a pidil a la su casa y loh echaba a páluh”.  De un Casto a otro Casto, a cada cual peor.  Ninguno hacía honor a su nombre.  Por ello, al último Casto, siendo ya viejo y no pudiendo con su negra alma, al decir de Ti Pedro, le sacaron cantares: “Don Cahtu ya no eh don Cahtu,/don Cahtu ya no eh quién era,/que tiene el pájaru muertu/detrás de la braguetera”. “Don Cahtu llora que llora/polque ya no riega el güertu./En llegando la viejé,/el cañu se queda secu”.

 

     Una pintada del Mayo del 68 decía “Desabróchate el cerebro tantas veces como la bragueta de tu pantalón”.  Por desgracia, son muchos los que solo se desabrochan la entrepierna y no su capacidad pensante, si es que la tienen.  Estos días corren por las redes sociales un largo listado de gente putrefacta, perteneciente a esa Casta (con mayúscula) de la que dieron en hablar mucho y ya no tanto, sin saber por qué. Casta donde hay muchos “Don Castos” semejantes a los que les tocó servir al nieto materno de Ti Ángel Fernández y de Ti Isidora Hernández.  Todos ellos, enfangados fundamentalmente en los lodazales en que están metidos tanto el Partido Popular como el Partido Socialista Obrero Español; formaciones que, como don Casto el militar y don Casto el terrateniente, tampoco honran sus nombres de pila.  Con todo ese bagaje a cuestas, se permiten algunos conmilitones suyos en ir repartiendo copiosas dosis de moralina por los pueblos de España.  ¿Acaso no son conscientes de la pesada carga de mierda que llevan en las alforjas que penden de sus espaldas?  Pero vivimos en un país de masoquistas.  De lo contrario, ¿cómo es posible que siete millones de españoles (casi uno de cada tres votantes) meta su papeleta en la urna a favor de unos partidos políticos que tienen sus filas llenas de corruptos, chorizos, mangantes, evasores, blanqueadores, trileros, saqueadores, descuideros, carteristas, mercheros o contrabandistas?

 

     A tenor de los datos aportados por el informe de “Capgemini” y “RBC Walth Managemente”, en España tan solo 178.000 personas acaparan riqueza por más de un millón de dólares.  Lógico es que estos tiburones y “bienaventurados” voten a esa Casta de los “Don Castos”.  ¿Pero qué pasa con los otros cientos de miles, de millones, que apoyan tan carcomida y herrumbrosa causa?  ¿Es que no tienen ojos para ver y oídos para oír?  ¿Es que no saben, como dicen en mi pueblo, de que “lau ehtán daleáuh”?  ¿Acaso no oyeron nunca aquello de “tan ladrón es el que roba en la huerta como el que se queda guardando la puerta”?  Puede que, parafraseando al celebrado novelista francés Honoré de Balzac, detrás de cada fortuna haya un delito.  Eso siempre y cuando no te haya tocado la lotería.  ¿Tantos cómplices hay en esta machadiana España para arropar a tan oscuras y caciquiles fortunas?  Pero si echamos una mirada a esas pequeñas y medianas ciudades, que son el espejo para el medio rural que las circunda, veremos que si se hunden entre piedras medievales o romanas, también se sumergen en los sibilinos tejemanejes de las oligarquías locales.  Éstas son las que mueven los hilos a su antojo, muchas veces camufladas tras asociaciones de rimbombantes nombres y con cierta pátina cultural.  Las dirigen casi siempre toda una casta gerentocrática, o de jóvenes viejunos, votantes del PP o del PSOE (ahora también de Ciudadanos), a los que si les mientas cosas del pasado y les tocas a sus ídolos con pies de barro, te arman la marimorena y por un quítame allá esas pajas te tildan de bolivariano, estalinista, ayatolá o ultraizquierdista dispuesto a perpetrar el asesinato de los nuevos “Cánovas” y “Canalejas”, “Datos” y “Carreros”.

 

     Oligarquías locales donde los “Don Castos” a veces creen modernizarse, instando a sus respectivos Ayuntamientos a dictar ordenanzas para que se prohíban todo tipo de espectáculos donde los animales pueden ser objeto de maltrato.  Pero, ¡¡ojo!! , a los toros ni los toquen, que los cornúpetas son la esencia de la España Una, Grande y Libre. ¡Fariseos y guatimañas! Oligarquías locales que emiten órdenes de obligado cumplimiento a las villas y lugares de su jurisdicción, para que los “Don Castinos” de turno las ejecuten sin dilación.  Aunque con otro barniz y guardando las distancias, menguadas o nulas diferencias con aquellos señores de los casinos (burgueses y terratenientes) que ya pusieron a escurrir escritores tan variopintos como Emilia Pardo Bazán, Leopoldo García-Alas “Clarín”, Joaquín Costa Martínez, Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno o nuestro Felipe Trigo Sánchez.

 

     No sabemos si Pedro Hernández Fernández, que pasó sus últimos días en la Casa de la Misericordia del pueblo cacereño de Alcuéscar, se acordó en sus últimas oraciones de Don Casto el militar y de don Casto el latifundista.  Lo ponemos en duda.  Él no se daba golpes de pecho ni iba a comulgar como la mayor parte de esos oligarcas de la España anclada en el Medievo.  A Pedro le cogió a traición una hemorragia subaracnoidea y no tuvo tiempo de encomendarse a sus dioses particulares, si es que los tenía.  Murió en el Hospital Provincial de Cáceres al atardecer de la efeméride de San Drogón y Santa Engracia.  Mediaba abril y llovía a cántaros.  Ya se sabe: “El agua de Santa Engracia enllena tóah lah tinájah”.  Con ganas se quedó de alcanzar las 77 primaveras.  Pero los que sí puede que alcancen otras cuatro estaciones florecidas son los coaligados en los que se presume un tripartito con vista a la derecha.  El amigo Sánchez, el que baila la tonada pesoísta que le tocan, ya ha advertido que dejará gobernar al PP si éste es el único capaz de formar un Ejecutivo.  A veces, no queda otro remedio que confirmar aquello de que cada pueblo tiene lo que se merece.  No queremos que se vuelvan a repetir más “Semanas Trágicas”, pero Francia está que arde y cuidado con el pueblo si se duele de los oídos por el pesado ruido de sus cadenas.


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