TAMBORILEROS

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[Img #52651]Hombre, que un hijo tuyo, que no hace mucho cumplió los dieciocho años y al que le empezó a tirar el oficio de tamborilero desde que levantó pocos palmos de altura, te llegue subiéndose por las paredes el glorioso día de la Exaltación de la Santa Cruz, es como para escucharle y reflexionar sobre ello.  El 14 de septiembre de año en curso, como en tantos otros pueblos de nuestra geografía, Guijo de Granadilla celebraba por todo lo alto sus fiestas del “Cristu Benditu”.  La mayordoma, Juana María Hernández Martín, había avisado al alcalde del lugar que tenía contratado un tamborilero, que sería el que debería tocar en la procesión y en la misa.  El tamborilero no era otro que mi hijo Saúl Barroso Azabal, que, pese a su juventud, ya se ha colgado varios galardones en diferentes certámenes.  Pero el Ayuntamiento de la población hizo caso omiso de la mayordoma y metió a una charanga en la procesión y en la iglesia.  Todo un escupitajo a la tradición y a nuestras más prístinas raíces.

 

Recuerdo que, en nuestras ruralizadas infancias, teníamos al tamborilero como a un “dios de la música”.  En cuanto se echaba a rodar por el pueblo las vísperas de las fiestas, los chavales íbamos detrás de él, tocando las palmas.  A veces, le pedíamos que nos dejara un momento soplar la flauta o aporrear el tamboril, que para nosotros eran como objetos mágicos.  Hasta los vecinos lo encumbraban al Olimpo, pues cuando se acercaba al lugar el ronco tronar de las tormentas, exclamaban: “¡Ya ehtá Ti Luí jarreánduli al tamboril!”.  Me embarga cariñosamente su recuerdo.  Se llamaba Ti Luis Martín Domínguez y pertenecía a la familia de “Los Bullas”.  Con él, pasé el año de la quinta y me corrí otras buenas juergas.  Luego, vinieron los años en que hube de repartir a manos llenas pedagogías por las tierras de Las Hurdes.  Allí, conocí a muchos tamborileros, grandes y buenos amigos míos. Con ellos, formé la “Corrobra Estampas Jurdanas” y nos pateamos infinidad de villas y lugares. Aún sigo coordinando a los pocos que van quedando.  Algunos ya andan por otras galaxias, superando los acordes de los querubines y serafines.  “Sit tibi terra levis”.

 

De un tiempo a esta parte, nos tienen a muchos soliviantados ciertos consistorios, cabildos u otras instituciones por el ninguneo que hacen de la insigne y noble figura del tamborilero.  Lógicamente, este desprecio a la cultura popular-tradicional suele ocurrir en la España más zote y donde sus señas de identidad hacen aguas por todas partes.  Los politiquillos, politicastros u otros especímenes que están al frente de tales organismos seguro que desconocen que los tamborileros son músicos populares de los que ya hay constancia en el siglo XIII, como lo demuestran las ilustraciones de las “Cantigas de Santa María”, de Alfonso X “El Sabio”.  Desconocerán, igualmente, que los tamborileros, en época de Carlos V, eran los que enseñaba las danzas y bailes en las cortes, siendo admirados y privilegiados.  Tampoco sabrán que la flauta o gaita que tañen es hija del “Syrinx” monocálamus de los antiguos griegos y de la “Fístula” latina.  O que las excavaciones arqueológicas nos han mostrado predecesoras de las mismas, realizadas con astas de cérvidos o huesos de aves y con varios miles de años a sus espaldas.

 

 Bueno es que supieran esos señores que rigen nuestras vidas y haciendas que Inglaterra -valga el ejemplo- acaba de rescatar la figura del tamborilero y la está proyectando a los cuatro vientos.  O de los programas etnomusicológicos en aras de su promoción que se llevan a cabo en las demarcaciones francesas de Provenza y Gascuña.  Del respeto y cuasi veneración que se otorga a los “txistularis” vascos, que, provistos del “txistu” (flauta) y del “arratza” (tamboril), están presentes en cualquier acto institucional.  Sobre la consideración que se tienen en Cataluña a los “flabiolers”; en Ibiza, a los “sonadors”, o en el Alto Aragón, a los “chifleros”, nombres todos ellos referidos a los tamborileros, que, en León, pasan a ser “tamboriteros” y, en Cantabria, se hacen llamar con el nombre del instrumento que aporrean: “el tamboril”.   Andalucía mima y rinde homenaje a sus tamborileros rocieros.  No le quedan a la zaga provincias como Salamanca y Zamora, donde fructifican las escuelas de tamborileros y están presentes en todo tipo de actos festivos y ceremoniales.  Por nuestras geografías “mangurrinas” y “belloteras”, también hay que aplaudir los esfuerzos de esa Asociación Cultural de Tamborileros Norte de Extremadura “Santiago Béjar”, que se constituyó el 13 de septiembre de 2005.  Después de muchas luces y sombras y de tropezar en trancas y barrancas, parece que, recientemente, una nueva directiva, formada por auténticos y geniales tamborileros, ha agarrado al toro por los cuernos y quiere sacarla del marasmo donde se hallaba metida.  Vítores y loores también merecen algunos alcaldes de nuestros perdidos pueblos, como el buen amigo Josafat Clemente Pérez, de Aceituna, que gestionó la creación de una escuela para que aprendiesen a manejar la flauta y el tamboril los más jóvenes (dirigida por Nano Jiménez Domínguez, brillante tamborilero de la villa jurdana de El Casar de Palomero), un certamen nacional de estos músicos populares en enero de 2007 y erigió un monumento a estos artistas en una de sus ajardinadas plazas, que hoy se conoce como la “Plaza del Tamborilero”.  En Las Hurdes continúan todos los años en varios de sus pueblos organizando concursos para prestigiar esta figura.  El pasado 7 de agosto, con motivo del homenaje que se rindió a la Corrobra Folklórica y Etnográfica “Estampas Jurdanas”, siendo  la Fiesta Mayor de Las Hurdes, Gervasio Martín Gómez, alcalde de Caminomorisco y presidente de la Asociación para el Desarrollo Integral de dicha comarca (ADICHURDES), habló de la próxima creación de una escuela de tamborileros en el territorio jurdano: todo un islote etnomusicológico dentro del mundo hispánico.

 

Esfuerzos honestos y serios para que los tamborileros sigan siendo los dioses de la cultura tradicional-popular.  Pero bien sabe mi caro camarada Ángel Domínguez Morcillo (tamborilero, profesor y antropólogo), “ehparragueru” de Valdeobispo, que cada vez hay más zoquetes en los Ayuntamientos o en otras entidades que zancadillean toda la labor expuesta.  Ángel, que posiblemente sea uno de los mayores y mejores investigadores y conocedores de la gaita y el tamboril (tampoco hay que olvidar a su paisano Juanma Sánchez Bueno), nos habla de que la melodía de la flauta o gaita es de carácter “modal”, mucho más antigua que la música “tonal” que utilizamos hoy en día.  Afirma, por ello, que “cualquier intento de comprender, interpretar o armonizar las arcaicas melodías `modales` bajo criterios `tonales` modernos es un anacronismo y un disparate musicológico”.  Insiste machaconamente que es chirriante y escandaloso que con el saxofón o la trompeta, que están afinados de forma “temperada”, quieran imitar ciertos sones de la flauta de pico (la que usa el tamborilero), cuya afinación es completamente distinta. O ridículo y cómico que la caja de un percusionista, con su sonoridad aguda, tratase de emular el ritmo pausado, solemne y profundo del tamboril en ciertos toques, como los de la procesión.  El gran folklorista extremeño Manuel García Matos recogió, sobre todo en el norte cacereño, numerosos toques procesionales que se emparentan con el himno latino “Vexilla Regis”, que compuso el poeta y musicólogo Venancio Fortunato, allá por el siglo VI.

 

Nosotros nos tenemos nada contra las charangas. Nos honra el tener buenos amigos entre sus componentes.  Pero éstas deben cumplir su papel de animadoras en otros momentos de la fiesta.  Jamás deben invadir el espacio sacrosanto o laico donde el tamborilero se transforma en el “dios de la música”.  Y si ciertos regidores desean que sus procesiones u otros actos litúrgicos o paralitúrgicos suenen a “Paquito el chocolatero” o al pasodoble de “¡Viva España!”, mejor es que dejen sus varas de mando y sus sillones, pues quien no se identifica con sus raíces no vale para regir los destinos de un pueblo.  Para ese alcalde de Guijo de Granadilla, al que consideramos que debe ser un devoto de José María Gabriel y Galán (ilustre vate del que son fervientes admiradores los guijarreños), cuyos restos yacen en el camposanto de tal pueblo, solo desearle que abra las obras completas del poeta y lea las estrofas de “La romería del amor”.  Luego, reflexione sobre ellas:    

                        

   “¡Sones de tamboril, toques sentidos

                             de la gaita dulcísima caídos,

                             alegre repicar de castañuelas!…

                             ¡Qué bien debéis sonar en los oídos

                             de todas las mozuelas!”

                            


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