EL LEJANO SUSURRO DE ZAMORA VICENTE

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Cómo estás viejo “Insti” en el color sepia de mis primeros cursos, como un ave que deja su vuelo en el nido mágico de mis neuronas, adolescente, niño de pies de barro, aldeano de tiza y pizarrín, pergamino de sueños y coplas, personajes heridos en la mina, el grisú, cartilla y libros, abierto al renacentista del viejo “Insti”, tan vuestro tan mío, cuando aún el agua iba en los cántaros de aquellas mujeres, exhibían su mocedad y belleza entre los viejos muros de la patria mía, de la patria vuestra, Cáceres tan vuestro, tan mío, aún heridas las piedras y los tejados – mi plaza de Santa María, tuya / mía, de sotanas, vencejos, – eco de los bombas, el perfil atrevido de la Duquesa de Valencia, la sabiduría del Conde de Canilleros, la figura solemne del Obispo, el lejano recuerdo de Segura, que confesaba y sus pies al calorcito del brasero, sí en Santa María, tan vuestra, tan mía… Iba, Segura, hasta la puerta de la morada de Don Elías Serradilla – tan, tan, tan -.”El brasero, Don Elías -; y aquel prelado confesaba a beatos y beatas, sus brasas ardientes para aliviar los sabañones. A un tiro de piedra, la monárquica Duquesa de Valencia y su odio al General Franco y, más tarde, se alzaba la estatua de San Pedro de Alcántara – rostro del escultor Pérez Comendador –, el Conde de Canilleros que llevaba la ciudad en la urdimbre de su cerebro y el sello de la contienda: tres años como tres siglos en las piedras del palacio de los Mayorazgo.

 

¿Y qué haces tú, niño de pies de barro? Colgar en la percha de la memoria aquella historia que entraba por tus pupilas y el pergamino de la mirada. Oh, Cáceres, tan tuya, tan vuestra, tan mía, el eco de las bombas, la muerte…. Allí descubriría el dolor y el odio, mis pies de barro, el viejo Insti…”El Brocense”. Aún – y mira si ya ha llovido desde entonces -, cántaros, fuentes…Mi Insti, viejo y añorado Insti, tan mío, tan tuyo, tan vuestro. Cigüeñas y nube de pájaros, las escaleras renacentistas, “el baticulo”, el claustro, la vida que sale a tu encuentro – te recuerdo Martín Vigil -, la lista de los profesores como la de los Reyes Godos: Arsenio Gállego siempre con Antonio Machado y doña Mercedes Cantero en las células de la memoria – todo tan vuestro / tan mío /fijas las imágenes – Y la reválida de cuarto, tu chiquitín, ante el tribunal de los sabios, como una resucitada estampa griega, el recuerdo difuminado de una acuarela – el soriano Arsenio Gállego, íntimo de Antonio Machado; el de Castilruiz, pueblo de La Pasionaria…- Irían a Las Hurdes con mis padres, peregrinación curiosa de afanes y búsquedas…Unamuno. Ausencias y vivencias: mi viejo amigo, ya con sus ancianas manos cansadas del trabajo en el Canal de Panamá.  

 

Como una pincelada del tiempo, una aguada, el Tribunal de la reválida de cuarto curso, la voz inconfundible de Alonso Zamora Vicente, de tenor bajo, sabio de la palabra, sonido melifluo, vocecita de susurro y caricia, como quien conquista dulcemente. Está muy fija, esa imagen, en mi recuerdo, como la nota de una mandolina. ¿Qué me preguntaría? Lejanamente, siempre versos de Gabriel y Galán.

 

Ahora Antonio Viudas Camarasa, tan oscense como extremeño, con todo cariño, ha recogido ese tiempo ido y, como una sabia golondrina, le ha abierto las nubes al pasado, para que, ese gran hombre, siga volando en nuestros recuerdos.


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