TIEMPO DE ANTRUEJOS

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Ha llovido ya bastante desde que, coordinando a una buena gavilla de tamborileros del norte cacereño, recalamos en la ciudad de Trujillo, cuando ésta era la sede del Día de Extremadura.  Confraternizando con Tío José García Domínguez, genial tamborilero del pueblo de Aceituna que hacía con su humilde flauta de olivo filigranas mil y mejores que otros con instrumentos que le han costado un ojo de la cara, me cantó por lo bajini en una perdida taberna esta tonada:

 

                              “Van viniendo los entruejus,

                               la feria de las mujeres.

                               -Tenga o no tenga marío,

                               yo voy con el que me pete.

 

                               “Van viniendo los entruejos,

                               de los jombres es la feria.

                               -Tenga o no tenga mujel,

                               yo busco a otra buena jembra”.

 

     La coplilla venía a ser una síntesis  del espíritu libertino, transgresor, anárquico y revuelto río que arrastra, desbocado, las pasiones y tensiones reprimidas durante todo un año en aquellos nuestros pueblos del medio rural, antes que fueran sofrenados por una modernidad generada fuera de sus fronteras, que actuó como elefante en cacharrería.

 

     Hoy, prácticamente, todo el mundo habla de “carnaval” al referirse  a todo ese conjunto de rituales, furibundamente paganos (sin que esta palabra tenga el menor tinte peyorativo), que vienen marcados por el equinoccio de marzo.  Fue mi paisano Marciano Casas Plata (a quien de chico -según me dijo- le llamaban “Conejitu Conejé”) el que me refirió que “Pol San Tirsu, el entrueju pidi permisu, y San Vicenti Abá lo manda paral”.  O sea, que el tiempo de carnaval se extiende desde el 24 de enero (efemérides de San Tirso) hasta el 11 de marzo, cuando se celebra a San Vicente Abad.  Por lo tanto, ya estamos inmersos en las Carnestolendas, que por ese nombre también se conoce al carnaval.  “Carnes Tolliendas” aparece en unos legajos de las Cortes Castellanas, allá por 1258; el fuero de Teruel habla de “Carnestultas” y Santa Teresa de Jesús hablaba de “Carrastollendas”.  Pero lo cierto es que, en la boca de los más mayores de nuestros pueblos, siempre se han referido a estos festejos como los “entruéjuh” (comarcas de influencia astur-leonesa, como algunas de la provincia cacereña).  “Antroxu” le dicen por Asturias; “antroido” por Galicia, y “entruido” por Portugal.  En un documento leonés del año 1229, se mienta como “antruejo”, y en una crónica de Alfonso XI como “antruydo”.

 

     Por aquello de esa modernidad que citábamos más arriba, nuestros medios rurales se contagiaron del sarampión que desprendía la gran urbe, sobre todo al pasar de una economía de subsistencia (la hospitalidad, el apoyo mutuo, la solidaridad y el aprovechamiento integral y racional de los ecosistemas eran moneda corriente) a otra de mercado (competitiva, individualista, consumista, especulativa y agresiva contra el Medio Ambiente).  Ello trajo, también, que algunos de nuestros antruejos más emblemáticos perdieran todo su sabor ancestral y legendario y pasaran a convertirse en burdos remedos de los que se ejecutaban en la ciudad.  Sabido es que el carnaval urbano no tiene nada que ver con el rural (mantenido ya en escasísimos pueblos).  Las carnestolendas de las ciudades hunden sus modernas raíces en el carnaval señorial y burgués-capitalista que empezó a iniciarse en los bailes de salón del siglo XVIII, con sus antifaces, confetis, vistosas galas, carrozas, cuidadas pelucas y otras intendencias propias de los potentados y las aristocracias.  En cambio, el de corte rural guarda gran sintonía con ritos prerromanos, con las fiestas romanas de las Saturnales, las Lupercales y las Bacanales y otras pantomimas ritualizadas de oscuras épocas medievales.  Uno es el carnaval de los señores, y el otro el del pueblo llano.

 

     Alfonso Naharro Riera, eminente hijo de Trujillo, al que conocí en mis tiempos universitarios y fue en muchos aspectos mi maestro, me habló de los antruejos de Huertas de Ánimas.  Un año nos llevó, en su destartalado vehículo, a contemplarlos, pero no quedaba ni rastro de aquel carnaval libertario que, según Alfonso, se celebró en tiempos, cuando los huertanos hacían peleles que imitaban a los regidores de Trujillo, los escarnecían y acababan arrojándolos a una hoguera.  Los honestos, bragados y curtidos campesinos de Huertas de Ánimas siempre pelearon por desgajarse del poder de los señores de Trujillo y tener autonomía propia.  Su lucha fue en vano.  Por ello, se vengaban ridiculizándolos durante el carnaval mediante esperpénticos peleles.  Pero, además, aquellas antiguas carnestolendas de este pueblo sacaban a todos los vecinos a la calle y, en la zona de “Valfermoso”, donde hay se encuentra su plaza mayor, montaban sus jerigonzas cargadas de hondos simbolismos rupturistas, de inversión de valores, irreverentes e iconoclastas.  Se corrían las cintas en “El Llano de las Eras” y el baile al aire libre o en viejos caserones no paraba ni de día ni de noche.

 

     Tal vez uno de nuestros antruejos rurales que más ha luchado por sobrevivir ha sido el que hoy se conoce como “El Carnaval Jurdanu”.  Pasó olímpicamente de las prohibiciones que decretara en 1523 aquel emperador que llegó a España sin apenas saber hablar castellano, que ahogó en sangre la revuelta antiseñorial de los Comuneros y que pasó a la Historia con el nombre de Carlos I de España y V de Alemania. Todavía un romancillo que acompaña al baile jurdano de “La Jaba” recuerda y se mofa de los anatemas de aquel monarca contra los antruejos.  Luego, sortearía astutamente la mano sanguinaria y opresora de la dictadura franquista, refugiándose en las alquerías o pequeñas aldeas.  Pero no pudo hacer frente al torbellino de la modernidad que arrancaba a su gente joven de los pueblos y se la llevaba a la ciudad.  Y la mocedad siempre fue el motor de las carnestolendas.  Por suerte, iniciándose la década de los 90 del pasado siglo, la Corrobra “Estampas Jurdanas” recogió los “rejuíjuh” (pantomimas carnavalescas) más significativos de cada valle y cada concejo y, realizando una armoniosa síntesis, consiguió sacarlo de sus rescoldos, suscitando el entusiasmo del pueblo y consiguiendo el respaldo de la Mancomunidad de Municipios de Las Hurdes.  En el informe aprobado, se designaba al “Sábadu Gordu del Antrueju” como fecha para su celebración, adoptaba carácter rotativo únicamente por las alquerías y no las cabezas de concejo y se instaba a los Ayuntamientos a no organizar actividades paralelas de carácter carnavalesco en ese día.

 

     La comarca jurdana se ha ganado a pulso que sus antruejos estén a punto de catalogarse como de Interés Turístico.  El orgullo de ser “legítimo hurdano (o “jurdanu”, en habla dialectal)” va creciendo entre la gente, aunque todavía quedan posturas que no acaban de entender como un todo al espacio geográfico e histórico que fue definido claramente por la propia naturaleza y que, desde el siglo XII, marcó sus fronteras históricas.  Pero quitando esas cuatro anacrónicas y reduccionistas posturas, propias de un etnocentrismo localista que no ve más allá de sus campanarios y que solo se mira el propio ombligo, Las Hurdes ya es contemplada internacionalmente como una comarca con grandes valores propios de la Cultura Tradicional-Popular, que es preciso salvaguardar y proyectar y que están llamados a formar parte del despegue de un turismo integral y de calidad.  Este año, el carnaval se celebrará en el pueblo de Azabal, perteneciente al concejo de El Casar de Palomero, el próximo 25 de febrero.  Puede que, con el visto bueno de los técnicos de la Dirección General de Turismo de la Junta de Extremadura, esta fiesta tan cargada de valores antropológicos, gastronómicos y etnomusicológicos consiga la catalogación que se merece.  Al menos, el informe ya recibió el sobresaliente.

 

     Mi buen amigo y paisano Marciano Casas Plata, que, siendo concejal del Ayuntamiento, trató a muchos jurdanos cuando se acercaban con sus gaitas y tamboriles y sus danzas en las fiestas del Cristo o en otros eventos, seguro que estará contento de ello.  Puede que sus cósmicos polvos se enteren de la noticia desde aquella dimensión en la que flotan, porque Marciano se nos marchó con 79 inviernos encima el mismo día que la Santa Sede reconocía a Palestina como una nación soberana e independiente y en el que también se nos moría nuestro poeta y académico mexicano José Ramón Méndez Estrada.  Era un 13 de mayo de 2015 y la Iglesia festejaba a Santa Gliceria y Santa Paciencia.  También Tío José García, el inigualable tamborilero de Aceituna que se hizo fraternal amigo de muchos jurdanos que practicaban el mismo arte en nuestras idas y venidas por la geografía extremeña, se congratulará por la noticia.  Y seguro que, desde aquella Nada que se encuentra a millones de años/luz, volverá a cantarme por lo bajini la copla de los antruejos y su feria de las mujeres.  Siempre las mujeres unidas al carnaval.  ¿Qué serían las carnestolendas sin ellas?  No es extraño que al poeta que surgió de entre la niebla y que versos componía bajo la lluvia le embargara la nostalgia amorosa cuando llegado era el tiempo del antruejo:

 

                                                       “Bien sé que el Carnaval es transgresión,

                                                        ruptura, inversión, voltear de tortillas,

                                                        destrozar tabúes y hacer astillas

                                                        el Estado, el Rey y la Ley del Talión.

 

                                                          Y sé que tu ola azul es un ciclón

                                                         cuando antruejo se afloja sus trabillas

                                                         y se pone a cantar las maravillas

                                                         de un mundo sin patria y sin patrón.

 

                                                            Pues que sea tu ciclón el que me arrastre

                                                          y contigo en catarsis me sumerja,

                                                          que, después del maremoto y el desastre,

 

                                                            bien creo que cantaré junto a tu verja,

                                                          sin que traje me corte estrecho sastre.

                                                          Que tu mano mi herida la deterja.


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