Paco de Borja, seis de febrero de 2026.
Hay semanas en las que una ciudad parece recordar quién es. O, mejor dicho, quién puede llegar a ser. La última edición de Atrium Musicae, comandada por el ínclito Antonio del Moral, ha conseguido ese pequeño milagro: que Cáceres, Plasencia, Garrovillas, Trujillo, Malpartida, y la propia Cáceres respiraran al unísono una misma música, un mismo prestigio, un mismo estremecimiento estético que convierte a la región entera en un faro cultural del mapa europeo.
Cinco días. Cinco escenarios. Cinco maneras de decirle al mundo que aquí, entre encinas, piedra vieja y cielos altos, sabemos hacer cultura de primer nivel sin pedir permiso.
Una ruta devocional por los templos de la belleza
De la Concatedral de Santa María al Gran Teatro de Cáceres, pasando por los altares contemporáneos del Museo Vostell Malpartida y el elegante vanguardismo del Museo Helga de Alvear, Atrium Musicae ha convertido cada concierto en una especie de confesionario laico donde la música absolvía sin preguntar.El público —mezcla deliciosa de eruditos, melómanos empedernidos y curiosos — llenó hasta el último rincón. No por casualidad. Aquí había propuesta, rigor, alma. Y también algo de esa melancolía feliz que Clarice Lispector habría descrito como “la forma más pura de la presencia”.
La mano que mece el arte
Detrás de esta apuesta luminosa está la Fundación Atrio, refugio institucional y estético donde los restauradores José Polo y Toño Pérez vuelven a demostrar que no solo son maestros del paladar, sino también de esa forma de inteligencia invisible que saben ejercer quienes entienden la cultura como una mesa bien puesta: con detalles, con excelencia, con hondura, con cariño implacable.
Ellos y el equipo de Atrium han pergeñado un menú musical suculento con ese punto realista que recuerda que la música también es una “caricia que sueña”. Y, sí, por momentos, serratiano: un Mediterráneo testigo que se asoma a las piedras cacereñas y reconoce la misma vocación de belleza.
Cáceres en el mapa de los elegidos
Lo más hermoso no son los aplausos, ni el lleno absoluto en cada enclave. Lo realmente poderoso es la certidumbre silenciosa que deja Atrium Musicae: Cáceres ya juega en la liga donde los festivales de música clásica dejan huella. No es un eslogan, es un hecho. Estos días bastaron para consolidar a la ciudad en el circuito internacional de las cosas bien hechas, de los eventos que suman prestigio y magnetismo.
Atrium Musicae ha sido glamour, sí, pero también raíz. Ha sido excelencia, pero también abrazo. Ha sido música, pero sobre todo —y ahí está el milagro— comunidad.
Y uno sale de los conciertos, de los museos, de los templos de piedra o de hormigón, con esa sensación de Sabina: » Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks ”.Pero aquí, por una vez, el hielo no se derrite. Se queda. Se queda en la ciudad, en sus calles, en sus noches templadas, en el recuerdo reciente de lo vivido.
Porque Atrium Musicae no ha sido un festival. Ha sido una declaración de amor. De amor por la música, que es lo mejor que le puede pasar al ser humano para ser completo en la vida.






