AVE QUE VUELA, A LA CAZUELA (I)

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Otros habían estado antes. Luego, nos tocó a otros tres: Enrique Jiménez García, Juan Francisco (Paco) Montero Pérez y este rimador de intrahistorias.  A día de hoy, desconozco cuáles eran las razones por las que bastantes chavales de aquel lugar de quebradas tierras y rayano a las serranías de Las Hurdes iban a parar al colegio “Calasanz”, allá por los valles regados por el río Pisueña, en Villacarriedo.  Lo regentaban los escolapios. Nosotros, pardillos salidos de un mundo de barrancos pizarrosos y duros berrocales, nos encontrábamos como gallo en corral ajeno entre tantos cántabros y vascos, burgaleses y asturianos.  Pero la tribu nos había educado para luchar por la vida y pronto marcamos territorio.

¡Qué lejos estaban las montañas de Cantabria!  ¡Cuántas horas escuchando el traquetreo del tren!  A veces, algunos de nuestros padres nos salía al camino, cuando regresábamos a la tierra a disfrutar de las vacaciones estivales.  Nos aguardaban en la estación de Salamanca y alguna que otra vez en Medina del Campo.  Trenes lentos como tortugas, que se hacían más cachazudos, con olor a carbonilla y renqueantes a partir de los transbordos por aquella Castilla que ya miraba hacia Extremadura.  En aquella ocasión, fue Marcos Montero Barroso, padre de Paco, el que vino a custodiarnos.  No se fiaban nuestros padres, que, en uno de  los regresos al pueblo, nos quedamos dormidos, cosa lógica en tan eterno viaje, y dejamos atrás la estación de Plasencia, alejándonos hasta cerca de la frontera portuguesa.

Marcos, o Ti Marcu “El Fraili”, como era conocido entre los vecinos (el apodo le venía por herencia paterna), mostraba toda una estampa  de campesino apegado a los terrones y barbechos.  Magras carnes, grandes manos acostumbradas a bregar con la tierra y la piel curtida  por muchos soles, cierzos y heladas.  Había venido a estos terruños de trenes con asientos de madera y tarteras con “migájah” (chacinas troceadas) el mismo día que lo hacía el renombrado guardameta vasco Raimundo Pérez Lezama, un 22 de noviembre de 1923.  Era jueves y los músicos celebraban a su patrona, Santa Cecilia.  Además, la Iglesia repicaba la esquila  homenajeando a San Filemón y a Santa Mederasma.  Marcos era hijo de Ti Bonifacio Montero Esteban y de Ti Daniela Barroso Jiménez, hermana de mi abuela materna y a  la que La Pálida de la guadaña no la vino a visitar hasta que cumplió los 107 años de edad.

Atravesando las tierras charras, mientras Marcos no paraba de darle a la lengua bien con nosotros o con otros vecinos del vagón, se me quedó clavada algo que oí a mis espaldas: “Ese señor y los muchachos deben ser de por esas sierras de Las Hurdes, de esos pueblos de los pobrecitos hurdanos, pues al señor se le nota en el habla”.  Ciertamente, nosotros no éramos jurdanos pero compartíamos y compartimos con éstos la cercanía geográfica y la misma  variante dialectal, fruto, seguramente, del arcaico astur-leonés de la Repoblación altomedieval y el sustrato mozárabe que pervivía en la zona.  Sobre lo de “pobrecitos hurdanos”, habría que hablar largo y tendido.  Dejémoslo para otra ocasión.  El tren subía una cuesta e iba resollando.  Calentaba el sol de junio.  Se alborotó la carbonilla y penetró por los ventanales, encenegando los ojos de  los viajeros.  Marcos Montero, nieto paterno de Ti José Montero Jiménez y de Ti María Esteban Esteban, abrió toda una granada de maldiciones: “¡Me cagüen la puta de oru, poh lo que moh faltaba!  No tenémuh bahtanti con el ahfisiaeru d,aquí endrentu, pa que ahora se enlleni ehtu de carbonilla.  ¡Coño, cúmu si no tragáramuh ya carbonilla cuando andámuh liáuh con el picón, que hahta loh gargájuh moh salin négruh!  Nusótruh, loh ehtreméñuh, sémuh siempri la última  sardina de la banahta, que güénuh trénih tienin pa ótrah pártih, sigún cuentan loh que aballarun lah ánculah pa  Cataluña  o pal Norti; élluh se llevan el lomu y yo el tocinu me comu, cumu dici el reflán.  ¡Poh ehtámuh apañáuh, mecagüen diola!”

Trenes tercermundistas en una comunidad subsidiada por Europa, llevándose la mayor parte de la tarta los terratenientes absentistas.  Ha tenido que llegar gente que va a su bola pero bulléndoles en la sesera ciertas ideas anarquizantes para que se encendiera la mecha el pasado 8 de septiembre, Día de Extremadura, en la estación madrileña de Atocha.  Allí llegaron, cazurros y socarrones, con la pana del paleto y la chacina de la matanza, los de “La Milana Bonita”: Chema Trujillo y Valeriano Rodríguez (“Pachi”), Kirby Navarro y Diego Neria, Santi Senso y otros espontáneos de última hora.  Liaron la de Dios es Cristo en Atocha y su puesta en escena recorrió toda la geografía española. Una fecha se signó de rojo en el calendario: 18 de noviembre de 2017, cuando cientos de autobuses procedentes de toda la región confluirían en Madrid para reivindicar un tren digno, no solo el AVE, sino que “todo el ave que vuela entrara en la cazuela”.

Se engrasaron los motores y comenzó la andadura.  En estas andábamos cuando Juan Carlos Rodríguez Ibarra, el que sigue presumiendo de expresidente de la Junta de Extremadura y de su jubilación de oro, se convirtió en esquirol y dijo que a él no le daba la gana ir a la manifestación porque “no voy a hacerles el juego a los de la Milana Bonita”.  Hombre, eso no se hace, pues no siempre va a ser él el protagonista de la historia.  Además, con el sueldazo que cobra por haber ostentado el cargo que tuvo (uno de los mayores entre los exmandamases de las comunidades autónomas), las dietas vitalicias, el coche oficial y su correspondiente chófer, bien se podía haber permitido un viajecito a Madrid y romper cristales en la tribuna de los oradores.  Pero parece que se olvida de que esos privilegios de los que goza salen de los bolsillos de los extremeños.  Privilegios -todo hay que decirlo- que fueron aprobados en su día por los “dos enemigos íntimos” (PSOE-PP), tal y como los califica el columnista Tomás Martín Tamayo.  La derecha regional se apuntó egoístamente al pacto, para chupar de la teta pública cuando le llegara su turno.  Pero José Antonio Monago Terraza, adalid de los peperos, sí fue a la algazara extremeñista en la Plaza de España de la capital de la nación.  Y fue pese a que él es más de aviones que de trenes, sobre todo de aquellos que tienen su destino en el aeropuerto de la isla de Tenerife.  Cuando Podemos sacó algo de músculo en nuestros territorios ibéricos y porcinos, presentó una iniciativa para darle la puntilla a tan injustos y discriminatorios privilegios, pero el PSOE y el PP se abrazaron tan férreamente que no hubo forma de separarlos.  Ya lo dice el antiguo adagio: “Por qué te quiere Inés?  Por el interés”.

Tampoco se subieron al carro, digo al tren, los de Izquierda Unida, alegando que “Extremadura no necesita el AVE”; ese AVE del que dijo María Teresa Fernández de la Vega (año 2006), siendo vicepresidenta del Gobierno del PSOE, que estaría listo en 2010, y que Francisco Fuentes Gallardo, portavoz de los socialistas extremeños, cacareaba tal mensaje cada vez que le venía a pelo.  Estamos en 2017 y aún continúan las obras.  La cazuela sigue vacía y el ave continúa volando.  Antes, en 1985, llevando las riendas del poder en España Felipe Gónzález Márquez, y en Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, nos quedamos sin el tren “Ruta de la Plata”, que conectaba todo el oeste peninsular.  En 2011, siendo ministro de Fomento el socialista Pepiño Blanco López y llevando la voz cantante en Extremadura la derecha, de manos de José Antonio Monago, nos dejaron fuera del Eje 16 o Eje Central de la Red Básica Europea de Mercancías.  Y en el 2012, con Mariano Rajoy Brey al frente del gobierno central y Monago dirigiendo la orquesta en suelo extremeño, perdimos el tren-hotel “Lusitania”, que unía Madrid con Lisboa a través de Valencia de Alcántara.

Y en esto andábamos cuando surgió la plataforma “Milana Bonita”, brotada de la misma entraña del pueblo, espontánea, con un ideario de concejo abierto y con un romanticismo asambleario al mejor estilo del anarquismo ibérico.  A su vez, impregnado de auténtico extremeñismo: el de lucha, resistencia y barricada; el que está en la calle, a pie, con los suyos, frente a terratenientes y caciques, curas trabucaires, banqueros y conservadores con el bandujo bien lleno y espadones decimonónicos, franco-fascistas del 36 y de todo tiempo.  Al fondo, la voz en off de Antonio Elviro Berdeguer, al que ni siquiera levantaron un busto esos que han estado mandando en nuestras aldeas, lugares, villas y ciudades (de todos los colores, sobre todo de la gama bipartidista), pero, en cambio, cerraron los ojos y aún los siguen ante rótulos y otras simbologías que ensalzan la genocida dictadura o mantienen en la Asamblea de Extremadura a quienes hicieron apología de la misma.  Y al son de los tambores de “La Milana”, han acudido a sacar pecho y subirse en el estrado ciertos colmillos retorcidos de la Transición o sus herederos, pretendiendo erigirse en redentores de una causa por la que ellos jamás lucharon cuando tenían mando en plaza y dejaban (y siguen dejando) que se desmantelen nuestras líneas férreas.  Pero de ello ya tocaremos la guitarra de los ayes y suspiros en el próximo capítulo.

Ahora, en esta mañana soleada del último domingo de noviembre, antes de emprender la ronda vinatera, tenemos que llamar a la puerta de nuestro poeta, al que ciertos heraldos le anunciaron malas nuevas, abriéndole un abismal vacío ante sus pies.  Su musa, envuelta en el otoñal abrigo cuyas fibras reafirman la personalidad pero sin saber cómo ni cuándo, ha desenvainado flamígera espada.  ¡Ay de esta era del obsesivo autoconocimiento que tantas trampas nos tiende!  ¡Y ojo con las técnicas de liberación emocional!  Han vuelto a espesarse las brumas otoñales con estas aguas caídas (aún debería diluviar con mayor intensidad) y nuestro poeta, creativo como nunca, nos regala, en esta ocasión, dos composiciones asonetadas: una de ellas mostrando el gran respeto que en todo tiempo le mereció su musa, y la otra rogándole, sin chalaneo de tipo alguno, que su “hiyab” pueda deslumbrar al mundo entero desde aquel trampolín que ella conoce y donde siempre se plasma la honda y sincera sabiduría del pueblo.

 

RESPETO                                                                                                                                                                                                           

Luché y me afané por respetarte:

buen chip para que trepe la autoestima,

y mi comprensión subió a su cima

para amarte, entenderte y valorarte,

 

¿Te impedí cual persona realizarte?

¿Tal vez tu libertad se hundió en la sima,

tu empatía quebró su buena rima

y te costó a ti misma perdonarte?

 

Si tú no hubieras sido tú, seguro

que nunca, jamás, te habría querido.

Tras el postre, el café, copa y el puro,

 

y aunque no fumo, hago en el aire un nido

donde el amor es sincero y es maduro

y del que a nadie arrojo hacia el olvido.

 

HIYAB

 

Quise ser de tu vida uña y carne

cobijarme en tu velo nazarí;

ser tú y yo y no caber en sí;

clavarnos uno en otro como cuña;

 

mandar a la mierda cierta alcuña

y jactarnos de nuestro pedigrí.

Escucha el añafil andalusí

y deja balar a oveja artuña.

 

Aún guardo tu foto; más que hermosa;

linda y elegante, por tu hiyab velada.

No compro voluntades: cosa odiosa.

 

Desde mi amor profundo, mi llamada:

Respóndeme, ora en verso, ora en prosa:

¡Déjame publicarla en la portada!

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