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Cáceres se viste de boda tradicional y emociona al corazón extremeño

Amor con sabor a antaño. La Plaza de S. Jorge, en la Ciudad Monumental de Cáceres se convirtió este sábado en un escenario vivo de la historia sentimental de Extremadura. Más de cien personas participaron en la recreación de una boda típica de principios del siglo XX, donde no faltaron los refajos, la música, el “sí, quiero” en San Jorge y el sabor inconfundible de las tradiciones que aún palpitan en la memoria colectiva.

Una boda que cruzó el tiempo

Rómulo Peñalver,, 25 de mayo de 2025.- La emoción recorrió las callejuelas empedradas del casco antiguo como un suspiro familiar. A cada paso, los asistentes no solo caminaban junto a la comitiva nupcial, sino también junto a sus abuelas, sus pueblos, y sus recuerdos. La boda tradicional extremeña, recreada con un mimo que rozaba la devoción, rindió homenaje a aquellos enlaces humildes, festivos y llenos de simbolismo que se celebraban en las aldeas y plazas de la región a comienzos del siglo pasado.

El arranque fue fiel al ritual de entonces: los mozos del novio acudieron a pedir permiso para rondar a la novia entre cantos, consejos y promesas bajo la luna. Ya con los primeros rayos de sol, las amigas se encargaron de vestir a la novia en la llamada alborada, entre sones íntimos y miradas cómplices.

Refajos, mantillas y emoción en cada paso

Vestidos con trajes típicos, refajos bordados, pañuelos al cuello y mantillas bien puestas, los más de cien participantes convirtieron las calles cacereñas en una pasarela viva de etnografía. Las vecinas miraban desde los balcones, emocionadas. “Es como si los abuelos volvieran a casarse, pero ahora entre piedras doradas y teléfonos móviles”, decía entre risas una señora mayor con lágrimas en los ojos.

La comitiva nupcial se abrió paso hasta el corazón de la ciudad. Los amigos buscaban al novio, las amigas a la novia, mientras madrinas y padrinos portaban velas y ofrendas. El cortejo finalizó en la iglesia de San Jorge, donde se pronunció el esperado “sí, quiero” envuelto en un aura de solemnidad y alegría popular.

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Dulces, monedas y jotas para celebrar el amor

Como manda la tradición, tras el enlace llegó el convite. No faltaron las roscas de anís, las empanadillas de cabello de ángel ni las manzanas con monedas escondidas, símbolo de prosperidad para los recién casados. Todo fue compartido, como antes: a pie de calle, entre risas, brindis, y mucha curiosidad.

«Es la primera vez que veo una boda así, y me ha parecido mágica», confesaba una joven turista. Pero en realidad, era una magia antigua, conocida. La del amor que no necesita artificios, solo jotas, fandangos y el eco de la tierra.

Cáceres, altar de la tradición viva

Esta celebración no fue solo una recreación histórica. Fue un acto de identidad. De los que conectan generaciones, de los que se bailan con orgullo. En Extremadura, el amor no se cuenta solo en votos, sino también en melodías, en dulces compartidos, en la memoria de quienes aún creen que las piedras guardan secretos y que casarse puede ser un acto de belleza colectiva.

Cáceres volvió a ser testigo. Esta vez, no de una historia antigua, sino de una que nunca ha dejado de vivirse. Y es que en el corazón de esta ciudad, hay bodas que no se olvidan, porque son de todos.