LLUVIA DE SEPTIEMBRE

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Cuando llovía por fin y empezaba a quedar atrás el largo estiaje, nos pará- bamos bajo los arcos del portal a ver el agua que corría sobre las lanchas  del patio hacia el albañal de la puerta trasera. Sucedía que el padre había entrado en la bodega y había sacado los pertrechos a la anchura. En el sofá de madera pintada de negro, y colchoneta de lana sobre la enea, estaban la mochila, la canana, los leguis y la escopeta en su funda. En la cocina, en un rincón, cerca del alcabor de la chimenea, la “Yin” meneaba el rabo nerviosa y por la mañana temprano, mientras yo mojaba la pringada de pan frito en el tazón de café, ella al ver al padre ceñirse la canana, deshecha de nervios, la- draba y daba saltos de alborozo, porque sabía lo que era inminente: La caza.

Y la escuela. Primero fuimos con Doña Toyi, una señorita un poco difícil, la po- bre, que seguramente nos enseñó a leer y a escribir. A su lado, estaba la clase de Doña Marta, su hermana, que duró más años en el pueblo. Creo que am- bas han muerto ya, naturalmente. De Doña Toyi pasamos a las otras escue- las, las de la cerca de pared: Doro y Don Antonio. Con Doro ya empezamos a hacer cuentas y a un montón de cosas más. La escuela con Don Antonio San- tos fue una institución en el pueblo. Qué gracia tenía aquello. Recuerdo que estábamos a primera hora por allí jugando, y cuando aparecía Don Antonio corríamos a darle los buenos días; entraba en la escuela y nos empujábamos unos a otros por entrar primero; se formaban unos apretujones terribles y nunca olvido las carcajadas de Clemen en aquellos trances.

Pupitres de madera de a dos. A mi lado Antonio Marcos, Pedro, Teo…Re- cuerdo que cuando, por causa que fuese, no asistía D. Antonio, lo sustituía Loreto, y se formaba el batiburrillo de las voces y el desorden. ¡Pobre Loreto, cómo lo hacíamos rabiar!

Lo cierto es que aprendimos un montón. Se podría decir como se dice ahora: un nivelazo. Las cuatro reglas a la perfección y más matemáticas. A escribir y redactar, como es menester y sin faltas de ortografía,  y de teoría, desde los reyes godos a cuanto río, monte  y comarca se lee en los mapas de España.

Llovía, corría al Arroyo del Campo en las traseras de las escuelas, en el espacio antiguamente conocido como el Ejido Patero. Había dos noras antiguas con brocales de granito y cuando la lluvia era generosa y el cauce del arroyo llevaba agua corriente, hacíamos pesqueras con el barro. Si llovía abundantemente, las callejas de las salidas hacia el campo abierto apenas eran transitables; las charcas y chabarcones rebosaban. A lo lejos se oían los tiros de los cazadores.

La vida apenas había comenzado y ya nos intrigaban aquellos ecos del horizonte. Se rumoreaba que no lejos merodeaban los maquis y un incierto tem- blor nos conmovía. Por el horizonte quien sí aparecía era la silueta de la pareja de la Guardia Civil. A correr, que algo malo estábamos haciendo.

En casa, al amor del calor del brasero bajo la faldilla, leíamos ya Los Episodios Nacionales de Don Benito, que habíamos alcanzado en una alacena en casa de la abuela. En la calle repiqueteaba el agua de los canalones sobre las lan- chas de la acera. Luz mortecina de otoño. SCM.

1 Comentario

  1. No lo viví tan atrás, pero algunas cosas sí las puedo compartir.
    Este año no voy en La Pura. Cuestiones…
    Nos acercaremos en Nochevieja.
    Los abuelos andan mayores…
    Un placer leerte.
    Por cierto, enhorabuena por el “nombramiento”.
    Abrazo.

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