Imagen: Fernando Sánchez Gómez.

Barbarie televisada, fotografiada, constante, barbarie que escupe inmigrantes y refugiados que seguimos amontonando en los límites de la Europa feliz de los que se enredan en temas tales como la independencia o las florituras legales. Una Europa ciega, sorda y muda.

Insidiosa y tenaz como la hiedra, la idea de que nada puedo hacer recorre los rincones de la pared con la que me protejo de todos los males excepto de los más cercanos, la idea de que es inútil mirar más allá de lo mío, del patio de mi casa, de mi corralito afectuoso de los míos. La idea de que hasta el poco o mucho dinero que pueda dar a una ONG sirve para cualquier cosa menos para ayudar, por mucho que lave mi conciencia mensual. La idea de que soy absolutamente impotente.

O no. Me van a permitir que la cite, ella nunca leerá mis palabras porque apenas sabe español, porque no tiene acceso más que al cachito de internet que le prestamos nosotros, los otros. No sé cuántos años tiene Rahaj, solo sé que su sonrisa un poco desordenada –poner orden en la de mi hija me ha costado lo que seguramente a ellos les costó salir de su país- me dice que, a pesar de todo, está contenta, contenta aunque la riñamos por no quitarse el abrigo. Contenta de estar, de venir al instituto con su mochila prestada, los libros que no puede leer, los cuadernos que apenas escribe. Rahaj es mi niña siria, mi refugiada siria que ha terminado en nuestro centro por una carambola del destino. La que no sabía escribir en letras latinas, porque apenas tiene unas horas con la maestra de compensatoria, esa mujer que se divide entre dos centros porque no hay dinero para un programa de acogida a alumnos que no hablan español. Rahaj sigue las clases normales sin entender nada, ocupada en las fotocopias que mis compañeros le ofrecen: operaciones sencillas, vocabulario en inglés, conceptos básicos de geografía y ciencias. Rahaj no solo pasa seis horas inmersa en una lengua que no conoce, por la tarde, gracias a voluntarios que han organizado clases, vuelve a vérselas con este mundo nuevo al que se enfrenta, la cabecita muy alta envuelta en su pañuelo de color rosa intenso, tenaz como planta que despunta. Rahaj es nuestra niña siria, nuestra valiente esperanza, nuestra particular forma de apoyar y atender. Rahaj pasa una hora conmigo en la que intento que aprenda la diferencia entre un kilo y un litro y que sepa ir al médico sin intérprete. El jueves fue capaz de decirme que su padre era en Siria carpintero. Me lo dijo y sonrió. Y yo tuve ganas de llorar, primero porque es difícil hacerla hablar español, y segundo, porque cuando me puede esa idea impotente de que estamos gobernados por puros ineptos destructores, pienso en ella y la siento sola y desorientada, sí, pero a salvo. Y su cabecita cubierta entre mi ruidoso montón de alumnos bajando la escalera es una esperanza frente a aquellos que nos mandan, aquellos que matan mientras yo no puedo hacer nada.

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