Miguel Angel Gallardo

De barón a militante,  el ocaso de Miguel Ángel Gallardo y el vacío de poder en el PSOE extremeño

La renuncia al acta del que fue todopoderoso líder socialista certifica algo más que un gesto personal: confirma una crisis profunda, orgánica y moral en el socialismo extremeño.

Paco de Borja, Extremadura, 14 de enero de 2026

Del mando absoluto al silencio

Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que Miguel Ángel Gallardo lo era casi todo en el socialismo extremeño. Presidente de la Diputación de Badajoz, secretario general del PSOE regional, candidato a la Junta de Extremadura y dueño de una red de poder que se extendía como tentáculos por la provincia pacense.

Hoy miércoles, 14 de enero, festividad de San Fulgencio, defensor de la ortodoxia frente a herejías persistentes, ese mismo Gallardo ha decidido bajarse del tablero: renuncia al acta de diputado, pierde el aforamiento y se convierte, de facto, en un militante más.

No es un gesto menor. Es una enmienda a toda una etapa.

El aforamiento que no fue

Gallardo asegura que su paso por la Asamblea de Extremadura nunca tuvo como objetivo blindarse judicialmente. Sin embargo, los hechos —siempre tozudos— dibujan otra secuencia: dimisión exprés en la Diputación, aterrizaje inmediato en la Asamblea  y un debate público encendido sobre si se estaba utilizando el aforamiento como parapeto.

El propio Tribunal Superior de Justicia habló sin ambages de “fraude de ley”. Y la causa siguió adelante.

Hoy, con la renuncia consumada, Gallardo deja de ser aforado y afronta su situación judicial como cualquier ciudadano extremeño, procesado y pendiente de juicio por presuntas irregularidades en la contratación de David Sánchez, hermano del presidente del Gobierno.

De candidato a símbolo de la debacle

La derrota electoral del pasado 21 de diciembre de 2025 fue histórica. Un 25,7% de los votos. Diez escaños menos. El peor resultado del PSOE extremeño en décadas. Y, lo que es más doloroso para el propio partido, la sensación interna —expresada incluso por la vicepresidenta del Gobierno— de que Gallardo nunca debió ser el candidato.

Aun así, Ferraz cerró filas. Se reafirmó su liderazgo. Se miró hacia otro lado. Y el resultado fue un batacazo que hoy nadie discute.

Gallardo pasó, en cuestión de meses, de aspirar a presidir Extremadura a convertirse en el rostro visible del fracaso.

Una gestora, ningún rumbo

Tras la caída, llegó el vacío. El PSOE de Extremadura quedó en manos de una Comisión Gestora presidida por José Luis Quintana, perfil afín a Pedro Sánchez, pero sin un proyecto político reconocible para la región.

Y ya, y ahora, y hoy no hay secretario general. No hay congreso convocado. No hay debate abierto. Y, lo más significativo: no hay candidatos.

El alcalde de Mérida, Antonio Rodríguez Osuna, ha sido claro: quiere seguir siendo alcalde. Nada más. Nadie más levanta la mano.

Militancia desorientada, partido en pausa

Y mientras tanto, la militancia confundida. Desmovilizada. Al margen. Los estatutos hablan de participación, de comités, de órganos vivos. La realidad es otra: un Comité Regional invisible, inexistente, y unas bases a las que no se consulta ni se escucha.

El PSOE extremeño no solo ha perdido poder institucional. Ha perdido pulso interno con las direcciones provinciales alejadas entre sí, mientras no se demuestre lo contrario.

El final de una era

La renuncia de Gallardo no cierra un capítulo judicial —eso lo harán los tribunales—, pero sí clausura una etapa política. La del dirigente que lo fue todo y hoy ya no es nada orgánicamente. La del partido que gobernó Extremadura durante décadas y hoy no sabe quién quiere ser ni quién quiere liderarlo.

Adiós, Gallardo. De barón provincial a militante raso. De candidato a presidente a ciudadano sin aforamiento. De poder absoluto a silencio político.

El socialismo extremeño tiene ahora una oportunidad —quizá la última— de mirarse al espejo. Y decidir si quiere reconstruirse… o seguir esperando a que alguien, algún día, dé un paso al frente.