Diario peregrino: SANTIAGO

Hasta O Monte do Gozo sin novedad, frondas, bosques, sombras y no pocas y fatigosas cuestas. Decididamente subir me mata. Parezco Cancellara; en el llano voy como un tiro, pero en cuanto se empina el suelo voy para atrás como los cangrejos.

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Cierta decepción en el Monte do Gozo. Pensaba que desde allí se verían las crestas del Obradoiro, pero yo, al menos, no vi nada. Luego cinco km bastante sosos en la entrada de Santiago. Pero ¡Ah! estábamos ya en Santiago de Compostela, que se dice pronto.

Nada más llegar, y cuando estábamos haciendo cola en la entrada a la Oficina de Atención al Peregrino, para lo de las credenciales y la “Compostela”, el cielo se puso negro y cayó un aguacero de muy señor mío. Luego al hotel “Windsor”, pasando por el Obradoiro, donde nos sorprendieron los coros y danzas gallegos. Más oportunos, imposible. Se conoce que el día de la Ascensión es fiesta grande.

Una vez aseados y listos volvimos al centro y entramos en la Catedral, con la suerte de asistir a la última fase de una misa en la que se movió el Botafumeiro. Luego noche de ribeiros y de tapas en el Santiago viejo de tabernas y bares. A uno se le iban las mientes a aquellos años en que Salamanca y Santiago eran el paraíso de la vida universitaria. Cosas del pasado. ¡Pues no que me apetece leer ahora “La casa de la Troya”, la famosa novela de Pérez Lugín!

Para no desentonar, el cielo se cubrió y apareció la lluvia. Santiago sin lluvia es menos de lo que es. Monumentos, Reyes Católicos, Pórtico de la Gloria, Fonseca, jirones de esa eternidad que nos espera. Por las calles, peregrinos a todas horas y en todos los lugares.

Al día siguiente, misa del peregrino a las 12 en la Catedral. A las once ya estaba el templo a rebosar. Me adelanté y ocupé tres asientos en la cuarta fila de la nave central para María José, Pilar y para mí. Misa concelebrada por 15 o 16 sacerdotes de todas razas y colores, y una monja que dirige a los fieles y que canta como los ángeles. Allí, gentes de todo el mundo bajo la fe católica. A la hora de darnos la paz, la cordialidad  fue impresionante. Salimos después de darle el abrazo al apóstol y nos encaminamos al Mercado a comer. Hay un lugar en el que te preparan lo que hayas comprado en los puestos. Disfrutamos de berberechos, almejas, navajas y unos filetes de ternera gallega imponentes. Por la noche más vinos y tapas.

Mañana del sábado. El bus nos llevó a La Coruña, a Lugo, y nos dejó de nuevo en Villafranca del Bierzo. Adiós Galicia, te tenemos en el corazón. Los coches de Flor y Soledad nos fueron bajando Vía de la Plata hacia el sur. Punto final del peregrinaje. El que no haya hecho el Camino que se apure y lo haga. La Historia, la tradición, los miles y millones de peregrinos se merecen el esfuerzo de todos y cada uno de nosotros. ¡Buen Camino, amigas! Mª José, Soledad, Montaña, Flor, Julia…y Pilar.

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