Paco de Borja, 1 de marzo de 2026.
Hay vidas que no hacen ruido, pero dejan eco. Y hay mujeres que nacen con nombre largo y abolengo, pero que se quedan, para siempre, en una sílaba que acaricia: Dylor.
Se ha ido a la Eternidad María Dolores de Solís Casillas, Condesa de Trespalacios, a los 87 años, y el campo de Monfragüe —ese viejo confidente suyo— amanece un poco más huérfano.
Dicen que uno muere dos veces: cuando se detiene el corazón y cuando la nombran por última vez. Pues a ella, Dylor, no le toca la segunda. No mientras quede gente que la recuerde caminando por la finca Las Corchuelas, donde vivió hasta el final, en esa casa en la que el silencio madrugaba con ella y la fe hacía de lámpara serena.
Elegante sin presumir, firme sin herir, creyente sin aspavientos. Tenía una manera de estar en el mundo que era muy suya: como quien pisa la tierra con respeto, pero también con la certeza de que pertenece un poco a ella.
La oración por costumbre, la montería por destino

A los quince ya apuntaba, y no porque la llevaran sino porque quería estar donde estaban las decisiones, el riesgo y el pulso verdadero de la vida.
Dylor y su hermana Mitty rompieron un muro sin proclamas feministas ni pancartas: sencillamente, se plantaron , escopeta en mano, en un terreno donde solo se veía hombres.
Más de mil monterías después, ya no era una excepción: era una leyenda silenciosa.
Una tiradora fina. Una señora de la montería, como dicen los suyos, de las que respetan al animal, al campo y a la gente.
Una Condesa sin pose

Nunca necesitó recordarle a nadie su título. Era condesa como se es del natural: sin estridencias, sin protocolo impuesto. Una raíz, no una corona.
Su reino fue siempre el campo. Cáceres quedaba para la peluquería y esos compromisos que nunca disfrutaba del todo, porque su sitio estaba en Torrejón el Rubio, allí donde la dehesa se abraza con la sierra y hasta los pájaros parecen cantar más despacio.
Hoy Monfragüe guarda un minuto de cielo nublado
Hoy, Dylor, se te recuerda como se recuerda a quienes han vivido con autenticidad: con un pellizco en el pecho, con una sonrisa discreta, con esa gratitud rara que deja la gente que no ha querido ser más que ella misma.
Se apaga una presencia, sí. Pero queda lo que importa: su forma de mirar, su fe de cada día, su independencia, su hospitalidad, su mano firme y su lealtad.
Y queda este campo que seguirá pronunciando su nombre en voz baja, como lo hacen los árboles cuando se les muere alguien querido.
Descansa, señora. Tu mundo —y quienes tuvieron la suerte de contarlo— no te olvidarán.






