Es raro el hogar de Cáceres en donde no se consumen las patatas fritas El Gallo, una marca que desde hace casi cien años, se implantó en la ciudad, desde la calle Sande, pasando por la plaza de la Audiencia, la calle Antonio Silva, hasta que se ubicó definitivamente en una nave del polígono de las Capellanías,  sin más pretensión que servir de modus vivendi a la familia de su creador Nicolás Fondón.

La calidad de este producto característico por su textura y sabor, ha traspasado fronteras provinciales y regionales, y han sido los propios consumidores cacereños quienes lo han hecho posible.

Es un hecho que muchos ciudadanos que dejan Cáceres y se trasladan a vivir a otras latitudes, cuando regresan a Cáceres no solo consumen las patatas fritas El Gallo sino que cuando se van se las llevan a sus lugares de residencia, las comparten y comprueban que la admiración por este producto es unánime.

Tradición e historia es lo que lleva consigo este producto que sigue siendo exactamente el mismo de hace 80 años, sin ningún conservante ni un solo aditivo, y continúa realizándose de forma artesanal.

El nombre de las patatas tiene dos versiones de su por qué. Nicolás Condón era un cacereño ” bajito pero matón” de ahí que le llamaran El Gallo. Otra opinión indica que cantaba alto y fuerte como los gallos. Lo cierto es que si se nombra El gallo en cualquier conversación cacereña, en seguida se identifica con las riquÍsimas patatas fritas.

Ha sido GastroMadrid, la revista gastronómica que ya se ocupó de ensalzar las ” virtudes” de este tubérculo frito en noviembre de 2018, destacando su calidad, quien en estos días sitúa a Patatas fritas El Gallo como uno de los mejores snakcs crujientes que se consumen en España, por lo que no solo son las más exitosas en la región extremeña sino en Madrid y en otras latitudes patrias.

En el blog de Gastromadrid se dice al respecto:

La historia de esta fábrica artesana de patatas fritas comienza en los años 20, con un cacereño, Nicolás Condón, que, haciendo la mili se da cuenta de que las patatas que fríe gustan a todo el mundo. Al volver a casa comienza a elaborarlas en una hornilla con leña y carbón y a venderlas en una cesta donde lleva varios cucuruchos de papel de estraza. Desde entonces, todo el mundo le conoce como “el Gallo” y ese nombre sigue siendo hoy el de las patatas más conocidas de Extremadura.

Compiten con marcas que gastan una fortuna en publicidad y promociones y haciendo lo mismo que hace 80 años: dos hornillas gigantes de 600 litros de aceite y nada de conservantes ni aditivos. Hoy son los tres hijos del fundador quienes comandan la empresa, aunque uno de ellos ya está jubilado y la siguiente generación ha tomado el relevo. Son, en definitiva, los poseedores de un secreto que se resume en una buena patata que compran directamente a distintos agricultores del país, aceite de calidad, sal y casi un siglo de experiencia.”