Elecciones madrileñas

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Me senté a escuchar a Gabilondo la noche electoral de Madrid, cuando ya los resultados
apuntaban la tremenda y clara derrota del PSOE, y la no efectividad de una estrategia que, bien a
las claras, no había dado los frutos pretendidos. Recordé al Gabilondo de los aforismos
luminosos, al maestro de la ética y la educación, al hombre sosegado y prudente y me apené. No
podía verle la cara ni su expresión corporal, pues yo escuchaba la retransmisión por la radio, pero
la voz sonaba triste, decaída y rota y pude intuir el por qué de este fracaso de un partido
centenario, enfocado hoy en su candidato a la Asamblea de Madrid, adelantado por una fuerza
política, una escisión de Podemos, partidos ambos de nuevo cuño, surgidos hace cinco o seis
años. Gabilondo hablaba con extrañeza de lo ocurrido, con algo parecido al estupor, y en esa no
comprensión de las posibles variables que han intervenido en el proceso y sus resultados, creo
que está la causa de una derrota, no por previsible menos importante, para el PSM y por ende
para el PSOE nacional, se enmascare como se quiera enmascarar.

Hace tiempo que la izquierda ha dejado de ser generalista en su práctica diaria para convertirse
en una fuerza que defiende, al menos en el discurso, causas específicas obviando lo general. La
sociedad, avanzando, avista nuevas soluciones para determinados problemas, dándoles
visibilidad y ello ha llevado, algunas veces, a un cierto olvido de los intereses generales por creer
que ya están suficientemente salvaguardados y no es preciso luchar por ellos. Se pelea, por
ejemplo, por las reclamaciones femeninas, sin concordarlas dentro de un esquema general de
defensa de los derechos de todos. O por los derechos asistenciales y educativos de grupos con
características específicas en vez de buscar las ramificaciones dentro de un plan global
completo. Sucede así, porque vivimos en unos momentos tan mediáticos, tan del instante
presente que la avalancha de información sobre cualquier cuestión específica se vuelve
urgentísima si la toma como suya un medio de comunicación conocido.

España es fundamentalmente un país de clases medias. Clases medias empobrecidas, si, pero
así autodenominadas por quienes hoy creen conformarlas dada su forma de entender la vida, en
los núcleos urbanos y si me apuran hasta en los rurales, a un tiro de piedra de los primeros en
cuanto que se dispone de un medio de locomoción. Sin hablar de la conexión a Internet,
afortunadamente tan extendida, que nos ha vuelto individuos todos de un mundo global. Las
condiciones de vida propias de un estado de bienestar así lo han logrado y hoy nadie se
considera obrero, aunque lo sea. El universitario que trabaja de repartidor de pizzas no se tiene
por tal, ni el oficinista que hace horas a destajo, ni el dependiente de un comercio, ni el repartidor
de butano, por poner solo algunos ejemplos… Pues entonces ¿a que ton un partido que trabajó
tanto por la sociedad del bienestar sigue hablando para los obreros cuando sociológicamente no
existen? ¿A que ton el partido de la mejora de las condiciones laborales sigue cifrando todo en
planes de las subvenciones cuando cualquier persona medianamente formada a lo que aspira es
a trabajar con una cierta dignidad y no a recibir pequeñas o grandes ayudas por estar en el paro?
Las medidas tomadas durante la pandemia han ido directamente hacia ese inmenso porcentaje
de ciudadanos y ciudadanas que han visto peligrar o perderse sus puestos de trabajo y los de
sus familias, que han sufrido en sus carnes la lentitud de la administración para contestar a sus
reclamaciones, que han tenido que seguir pagando rentas, luz y agua, gasolina…No entro a
valorar si se pudo hacer o no de otra forma, pero lo cierto y verdad es que un año y pico después
de la llegada del virus, el cansancio y el desánimo se han adueñado de las tertulias, de las calles
e incluso de las instituciones, en un número de casos para nada baladí.

Siempre se ha dicho que un gobierno cualquiera, o una oposición, deben hacerse cargo del sentir
de sus convecinos para que éstos crean en ellos y piensen que los van a ayudar. Que deben
adelantarse a sus preocupaciones. Gabilondo ha recibido el pago que sin duda correspondía a
otros, frente a los cuales tampoco ha sabido alzarse y pelear para defenderlos. El olfato general
del pueblo así parece haberlo entendido. Y Ayuso, mientras los entendidos se dedicaron a
menospreciarla, lo ha aprovechado con inteligencia política. Aunque alguien -tal como, en época
romana, se hacía con los encumbrados- debiera recordarle que también “es mortal”. Y que “todo
lo que sube baja”.


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