Sentado con su togado abrigo, luciendo el bigote que ahora, tantos años después, imitan los jóvenes veinteañeros, monumental engrandece el paseo de Cánovas, José María Gabriel y Galán, inmortalizando al autor de la Estatua más ensalzada de la ciudad de Cáceres, obra del insigne escultor, Pérez Comendador. 

Estatua de Gabriel y Galán, obra de Enrique Pérez Comendador.

Cuando yo nací ya estaba sentado en Cánovas el poeta, rodeado de pajarillos, esos que repondría hace sólo un par de años, el concejal de cultura, Laureano León, a sabiendas de que son las pequeñas cosas las que muchas veces, permanecen, no en vano, es en lo pequeño, donde, verdaderamente, está la esencia de lo que importa, y la poesía también es eso, en definitiva, poner el amor en lo que uno escribe, en el papel o en la vida.  Y si, allí estaba él, antes de que yo viniera a la vida, tan cerca de la calle de la pulmonía, como los cacereños llamamos a la calle Gómez Becerra, al lado casi del número 18 donde mi hermana y yo fuimos alumbradas por mi madre, en el quinto piso del entonces, edificio más alto y recién estrenado de la calle , desde cuyo ventanal,  se veía el santuario de la Virgen de la Montaña; cerca, muy cerquita de Nevacam, el negocio que lleva nuestro nombre por la generosidad de mi padre, un hombre innovador, pionero y arriesgado que asentó su talento, también al lado del escritor , el poeta castellano-extremeño al que nos enseñó a amar, Don José María Gabriel y Galán.

Así es que crecimos, muy cerca, y bajo su vigilancia, para mí la estatua era como el abuelo que observa y protege, y al que casi le daba los buenos días o las buenas tardes, al pasar por delante, en unos años, donde los niños hablábamos de usted a todo aquél que midiera sesenta centímetros más que nosotros, la señora Pepita, la del quiosco, incluida. Entonces el quiosco de la prensa se encontraba situado justo al ladito de Don José María, y allí comprábamos los palotes, los chicles Niña, tan rosas y grandes que apenas cabían en la boca, o tal vez, aquellas bocas nuestras eran aún tan menudas que el chicle les venía grande.

Sentadito nos veía pasar todos los días el poeta, y a medida que pasaba el tiempo, fue testigo de cómo de los palotes pasamos a comprar la revista,  Superpop, o de las quedadas con Ana Mariño,  para hablar de los primeros amores, fumar un cigarro a escondidas, tener la primicia de que sus padres la mandaban a Estados Unidos a estudiar un curso, y a su vuelta se quedara quince días en Madrid para perder los kilos que la comida basura americana habían acampado en su cuerpo, porque la Estatua del maestro, era de obligado paso, de sus casa a la nuestra y nada podía pues escapar a su mirada, desde lo alto de su pedestal ha sido testigo del devenir de la historia más reciente. ¡Ay si hablara…!

Mi padre, como hombre inquieto, aunque poco fue a la escuela, pronto quedó prendado por la poesía de Gabriel y Galán, y en mi casa, El Embargo nos lo sabíamos todos,  por eso, hay algo que le debemos  a este escritor que tanto nos ha dejado, que es ese sentimiento de orgullo que nos trasmite por pertenecer a esta tierra;  ser extremeño, es sentirse uno mismo, o ser como él se sintió sin más pretensiones, ser extremeño es la sencillez, es ese testamento sin herencia, es esa herencia de la verdad que como el mejor de los legados debemos dejar a nuestros hijos, es ese hombre que gime, es esa madre que llora, es esa tierra de lamento, es el Guijo de Granadilla, que enganchó al más extremeño de los autores castellanos al quedarse a vivir en ella atrapado por los brazos de una mujer .

Y con el tiempo, la Estatua me dio otras muchas cosas, durante doce años, cada seis de enero, el mejor regalo, participar en primera persona, de ese sentido homenaje que los Amigos de la Estatua de Gabriel y Galán le rinden cada año, desde que el escritor cacereño Valeriano Gutiérrez Macias lo potenciara, y que hasta entonces, tantas veces, de lejos, había escuchado al pasar,  leer sus versos, en las frías mañanas de Reyes, a muchos paisanos, versos de esos que nacen del poeta que todos llevamos dentro.

Asistir a este evento era ineludible en mi responsabilidad, pero no por ser acto oficial, sino porque tanto Joaquín García Plata y Matías Simón, sobre todo, éste último, de inmediato, me contagiaron la pasión por esta efeméride de la muerte del poeta, por sus homenajes a maestros, escritores, colegios y niños, por las preciosas palabras que en las redacciones, los escolares dedican a sus abuelos, por la belleza de las letras, por extender a todos algo que ya es tan nuestro.  Y mis hijas han crecido con la costumbre de esperarme, después de ir a casa de mis padres, el día de los reyes magos y el día del cumpleaños de su abuela Mercedes, para recoger sus regalos y comer en familia, siempre con ellas.  Y ya no hay palabras para describir tantos seis de enero bajo la estatua  al lado de mi queridísimo amigo Jesús Bravo, un concejal magnífico y mejor persona, como de Lau, Pepe Extremadura, cantando con tanto sentimiento, Franquete, César García y tantos y tantos otros a los que quiero como amo mi ciudad y amo a mi gente, y como añoraré para siempre los correos de Matías , su sonrisa y sus palabras siempre, siempre, con sabor a poema al estar llenas de generosidad y afecto, el mismo que yo le profeso.