ENFERMERO VIVAS TORRADO

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Al concluir una etapa de cualquier ámbito de la vida, solemos realizar un bagaje de ese periodo. Permíteme como pequeño y humilde homenaje estas líneas.

Tus etapas en esta gran carrera han sido variadas dentro de la geografía extremeña: Almaraz, Cañaveral, Casa Socorro, Residencia Sanitaria de Cáceres, Centros de Salud de San Jorge y San Antonio también en la capital cacereña.

De Cañaveral tengo recuerdos vanos, tus idas y venidas por la extinta Nacional 630 en el grupo de coche destino a tu puesto de trabajo.

Más recuerdos nítidos discurren en mi mente en tu intervalo en la Central Nuclear de Almaraz. Evoco las estancias en el municipio en la casa alquilada que poseían los abuelos paternos, nunca olvidaré aquel cubo gigante que hacía las veces de inodoro al carecer el inmueble de retrete alguno destinado a tal fin.

Aquellas escaleras de acceso a la casa aderezado con el inconfundible olor a estiércol y leche que emanaba de una explotación vacuna instalada enfrente, al margen de toda normativa de insalubridad, donde nos gustaba a mis hermanos y primos asomarnos a presenciar el mugir y, sobre todo, el ordeño de las vacas.

Del mismo modo, también recuerdo el incendio metros más abajo  de la casa de “La Onésima”.

Mientras discurría nuestra niñez, tú trabajabas, trabajabas y trabajabas para nuestro sustento y bienestar.

Innumerables son las anécdotas de tu temporada en la Casa de Socorro, cuántas veces le habéis relatado a vuestro nieto Nacho, aquel día para vosotros inicialmente angustioso, en que su padre, de paseo por los alrededores de Cánovas, y siendo un zagal de corta edad, se desorientó, se perdió, y no había manera de localizar su paradero. Que solito anduve por la senda de la Calle Ronda del Carmen y que desemboqué donde trabaja su abuelo, que me dirigí a la Casa Socorro, donde me aguardaba Montaña, aquel compañero tan agradable que trabajaba allí. Y que inmediatamente Montaña os localizó para indicaros que estaba a buen recaudo en la idolatrada Casa de Socorro.

El período más extenso lo desarrollaste en el Hospital San Pedro de Alcántara o popularmente más conocido como Residencia Sanitaria, concretamente, en el Banco de Sangre o Hematología, junto a tus compañeros y compañeras de aquel viaje: Vidal Toboso, Carlos Panadero, Santiago Molano, Santiago Porras, Paquita, Manolo Rebollo, Carolina Pinilla, Telésforo, e innumerables profesionales que tuvieron la suerte de trabajar contigo.

De aquella fase  tengo que reconocer que me entusiasmaba e ilusionaba ir a buscarte a tu trabajo y  me sentía especialmente orgulloso de ti cuando me acompañabas con tu bata blanca, habitualmente a Neumología a  consulta.

Y como no, todavía permanecen inalterables en mi memoria los recuerdos de aquellas cajas de corchos repletas de dosis de vacunas para la alergia que convivían entre yogures, leche y fruta en el frigorífico.

Como si de hoy mismo se tratase emana de mi mente todo aquel ritual casi diario donde los protagonistas eran las ampollas, jeringas, el algodón, el alcohol. Con la aguja hacia arriba penetrabas el frasco, comprobabas la dosis, golpeabas suavemente con los dedos la jeringa para extraer el aire, aplicabas alcohol en mi brazo acompañado de un leve pellizco y me suministrabas la dosis, así concluía la ceremonia de mi vacunación.

Siempre permanecerá en nuestra memoria aquella liturgia en la que se  aunaba tanto la expectación como el  respeto. Con todo el buen hacer profesional y el cariño que nos inculcasteis hacia la profesión tú y tu gran compañera de profesión, tu mujer, nuestra madre,  ninguno de los tres hermanos encaminamos nuestros destinos profesionales hacia el ámbito sanitario, quizás fuera por el miedo irracional hacia las agujas, belonefobia, o más bien, porque apreciábamos que nunca podríamos alcanzar la profesionalidad y el buen quehacer que tantas veces presenciamos.

Pero no quiero dejar pasar esta ocasión para valorar la etapa en la que mamá permanecía durante semanas enteras en su destino provisional de Moraleja, y tú, te encargabas de nosotros, de los tres, con la “castaña” que dábamos.

De aquellos momentos recuerdo en las meriendas, nuestro rechazo a aquellos constantes y repetitivos bocadillos de miel y membrillo, cuando no lo reiterativo de los bocadillos de  patatera en los meses de enero y febrero, una vez desarrollada la matanza tradicional.

Hoy, con el transcurso de los años, te agradezco tu paciencia y valoramos que  aquellos bocadillos que nos proporcionabas tenían como finalidad una mejor alimentación y un crecimiento  sano y equilibrado. Aunque te he de reconocer que aquellos membrillos y aquellos botes de miel nunca parecían acabarse.

El último periodo ejerciste la función pública en los centros de Salud de San Jorge y San Antonio. En este último junto a un gran profesional pero, sobre todo, gran persona, Don Rafael Gutiérrez Vivas.

Después de más de 43 años en activo, transmitirte lo orgulloso que estamos de ti por tu profesionalidad y tu eficiencia de servidor público. Gracias enfermero José María Vivas Torrado. Gracias papá.

 

 


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