Ensalzamiento de la alpargata o cómo romantizar lo precario

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Este verano la reina Letizia ha calzado distintos pares de zapatillas, de colores variados,
de buen diseño, de marcas reputadas, así que a base de citarlas en cualquier revista que
se precie y enaltecer el buen gusto en la combinación de los elementos, las ha puesto de
moda. No ella, sino los que sobre ella escriben. Para hacerlo, se han usado epítetos a
tono, frases laudatorias, lisonjas sin fin.

Yo soy del grupo que cree que el capitalismo ha encontrado la vía de seguir haciendo
negocio aún en épocas malas para la economía doméstica. Comienza por volver
agradable lo precario, lo fungible, los materiales sin valor. Continúa por crear una cultura
sobre lo importante de ello por encima de versiones más antiguas y de mayor calidad de
lo mismo. Cambia las modas o tendencias manipulando el concepto de bello, de chic, de
actual, etc. Eleva el diseño por encima de la importancia de los materiales. Y todo el
mundo lo acepta y asume. Los que pueden pagarse otras cosas, por divertimento, los que
no pueden, porque los vuelve semejantes a los que si, en un falso igualitarismo basado en
la uniformidad del mensaje, de la ropa o de los adornos. Hoy, casi todo el mundo se viste
y peina de forma similar. Aquí y en la Conchinchina.

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Desde la ropa y la bisutería, nos hemos pasado a los sentimientos. Ya no son
imperecederos, aunque el de la estupidez si que lo parezca, pero es solo uno de ellos; los
otros, la mayoría, están bastante descafeinados. Por ejemplo, el de pudor: para no
devaluar el prestigio de símbolos o instituciones, para no concederse premios a uno
mismo, para no cometer injusticias, para no imponer la parte sobre el todo.

A las masas se las manipula fácilmente. Solo hace falta un buen instrumento de
propaganda, un ambiente yermo, una remuneración que vuelva selectiva la memoria. Un
recordar y enaltecer unos recuerdos si, y otros, no. A las masas se las convence, con
cautela, pero sin pausa, de que los que se apartan de la creencia oficial son unos
traidores. A no se sabe qué causa. Porque a la que ellos dicen, pues no. Y las masas, que
son multitudinarias, muerden. Perrillos mordiendo sin compasión, no una, ni dos, ni tres
veces, sino muchas y en muchos sitios, retroalimentándose. Lo hacen bien, son eficaces.
Creen en la guerra santa.

En los primeros pasos que dió el independentismo irlandés, unos de sus líderes negocia
un tratado con Inglaterra que no es del agrado de otros, así que los, desde el principio
unidos, se separan y se pelean entre ellos, usando (una de las partes, o las dos) nuevas
fuerzas constituidas por jóvenes que no reconocen físicamente a sus mayores y que no
tienen reparo en dispararles con tiros de verdad. Algunos mueren y hasta se convierten en
héroes del movimiento para siempre. Otros, no lo son tanto, pero permanecen en la vida
pública y alcanzan las más altas jerarquías. La eterna pregunta es siempre la misma
¿donde está lo mejor? ¿Los roles pueden ser sustituibles o cada cual tenemos el nuestro,
impreso y esperándonos?.


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