La blancura helada

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En el patio del instituto las urracas caminan con la misma elegancia con la que escarban buscando el resto de comida de mis hordas apresuradas. Es el amoroso bocadillo de la casa, o la bolsa de gusanitos embutida entre los libros, el zumo que comparte geometría con el estuche de los bolígrafos. Mis chicos están en la edad de comerse a Dios por una pata, como decía mi madre cuando le retiraba, casi de forma testimonial, es cuscurro a las barras y que no pareciera que mis hermanos se las comían enteras llenas de salchichón, jamón o chocolate.

Tienen las urracas ese negro elegantísimo de pluma de frac y largo paso de garza, nada que ver con los saltarines gorriones o el paso deslizado de las avefrías, confundidas en el blanco manto de una noche de nieve y hielo. La cencellada cubre de cristal los árboles sin hojas y el parque cercano tiene una cualidad de bosque encantado, de crujiente brillantez, y el suelo canta bajo nuestros pies con un quejido de vidrios rotos. Los charcos, mosaico geométrico, guardan una gota de agua para recordar su verdadera naturaleza, y nosotros, que llegamos tarde, somos una horda helada que respira vapor y se cubre de plumas, polluelos cargados de todas las cargas. Y siempre son los más pequeños los que llevan en la espalda la cruz diaria, olvidadas las ruedas y su música de puerta de escuela, su infancia rodada, su inocencia interrumpida.

Hace un frío atroz y las disquisiciones que se toman en despachos caldeados abogan por la ventilación y la higiene. Y muy lentamente, obviando la norma, los alumnos han empezado a venir con un gorrito pegado al cráneo, con una capucha, con una boina, con un gorro de ponpón, con una manta… y alguno parece traerse el cobertor de la cama para cubrirse las rodillas y hacer la broma mientras se ríen porque no saben lo que son los mitones, y me ven escribir con ellos puestos mientras disfrutan del quebrantamiento de todas las normas –no estarás dentro del edificio con gorras o pañuelos- y alguno, bien rodeado de capucha y borde de piel, parece un esquimal desorientado.

Hay algo en este frío intenso, en estas maneras extrañas de vivir la vida que nos devuelve la inocencia… la épica del sabañón de infancia, los guantes y la bufanda, el pompón maravilloso del gorro que nunca usábamos y que ahora recuperamos con todo y toquilla de la abuela. Una forma de abrigarnos que nos recuerda la necesidad de ponernos dos pares de calcetines, medias y dos camisetas debajo del jersey de lana. Es un invierno inusual de temperaturas bajas y medidas higiénicas que dejan escapar el calor por las ventanas mientras nos peleamos por sentarnos cerca del radiador y tiramos de la manta. Nunca los foulares fueron tan anchos y calentitos, nunca tan necesarios. Y mientras nos helamos colectivamente, hay un valiente que viene a trabajar en mangas de camisa y otro que se queja porque no ve la pizarra con el pompón del gorro de la compañera de delante. Mientras, afuera, en la nieve blanquísima, virgen, del patio vacío, las cornejas hacen su desfile de invierno sin inmutarse, buscando el alivio de nuestras migajas. El invierno está resultando de una belleza arrebatadora, cruel y épica.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.


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