La constancia del cuidado

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En el recodo de la casualidad de la ciudad pequeña nos encontramos, nos saludamos e iniciamos el recorrido de los trabajos y los días. Ambas estamos inmersas en el tiempo de la enfermedad, nos habita el cuidado y entretejemos el mimo triturado, la dignidad del pañal que ya no le quitamos al niño, sino al anciano, la visita arrebatada al hospital, la espera y la desespera. Y cuando acabamos el rosario de la pesadumbre, nos sonreímos, nos despedimos e intercambiamos consejos, aprendemos la textura de la comida del mal trago y hasta de las virtudes del bastón, ambas ágiles y rápidas, ambas eficientes, cansadas, decididas, ambas heroicas en la equivocación, atrevidas en el intento, ambas llenas y vacías a la vez, volando sobre la acera a los tantos encargos de un sábado por la mañana de luz intensa.

Estamos las dos, estamos tantos, en la edad de la intemperie. Aquella que espera el veredicto sentada en una sala de espera donde hacen cola los bastones, los pies que se arrastran, los andadores, los pasos acompañados de cuidador que toma del brazo. Tras la puerta, un médico sobrepasado alarga los tiempos imposibles y la cola de la vacuna de la gripe avanza acompasadamente. Estamos en la edad mediana que lleva un libro en el bolso y se sienta a esperar en las urgencias que acaban de rematar al paciente, espera y desespera, mientras tras los cristales, el río pasa y se construye la ciudad a espaldas de los que sufren. En los nuevos corredores acristalados de lo eficiente, un hombre mayor sentado solo en una silla de ruedas es como una isla de tristeza. Cuando vuelvo a pasar, pasado el rato, sigue en la misma posición, solo absolutamente, mirando sin mirar el corredor que asoma a la ribera que promete agua, verde, libertad para los que salimos del hospital huyendo de su pretendida eficiencia.

Estamos las dos en esa edad incierta en la que la enfermedad enseña los dientes y la decrepitud las encías. Y todo parece desmoronarse lenta, insidiosamente: la pared, el grifo que gotea, el verdín de la humedad deshaciendo el ladrillo que sustenta. Es un tiempo de parches y de entrega. Sin embargo, cuando nos vemos, nos encontramos, nos preguntamos, hay un deje de risa y comparamos, sopesamos, aconsejamos, volamos sobre la acera y nos interrogamos cómo podemos ser tan rápidas, tener humor, argamasa, deseo de limpieza… y volvemos al cuidado, a veces torpe, siempre incierto, desmañado, profanos del equilibrio y la postura, de la limpieza y la textura y, sin embargo, entusiastas. Aquellos que me rodean que se dedican al cuidado, mis semejantes, mis cercanos, mis compañeros, mis amigos. La generación a la que le toca la dura, la hermosa tarea a la que, mejor o peor, nos entregamos.

Fotografía: Fenando Sánchez Gómez.

 


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