LA ESPAÑA QUE ARDE

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El fuego es al verano como el helado a la dieta de ensaladillas y gazpachos, qué le vamos a hacer, y más cuando la cosa está tan seca que las hojas de los árboles crujen de pura sed. Lo malo de todo esto es que nuestras brigadas forestales están mal pagadas, mal dotadas y al borde de la extinción, como el lince ibérico, porque hay que ser un héroe para aceptar un trabajo tan esclavo y que año tras año reivindica unas condiciones digas para seguir salvando lo que es de todos.

Claro que lo que es de todos no es de nadie, que se lo digan a los banqueros y a los futboleros. Tenemos a la élite metida en Soto del Real y vamos a calificarla como cárcel de cinco barrotes, como los hoteles. No dudo que el colectivo de los funcionarios penitenciarios, otro grupo al que hay que hacerles un homenaje, sabe bien que todos somos iguales en el talego, pero es extraño que acaben todos juntitos para seguir hablando de las subidas de la bolsa. Yo los dispersaba y que tuvieran sensatas conversaciones con aquel que, después de una vida de perros, ha acabado en el trullo casi por necesidad. Que hay mucha historia desoladora entre rejas y lo lamento profundamente por Miguel Blesa, pero ciertas cosas no nos encogen el corazón, sino la cartera. Esa que parece que se mueve porque en mi casa, donde todos trabajan como jabatos, el gremio del ladrillo, pero ladrillo de poner, no de especular, se mueve y da tarea, lo mismo que el fuego, que mi hermano es un bombero forestal de esos que lo lleva en la sangre. Y es que eso de las dos Españas es cierto, hay una España que paga sus impuestos, que trabaja, que no se complica con lo de nación de naciones y que hace gasto y hay otra que se dedica al trapicheo de guante blanco, al mamoneo de amiguetes, al engaño a hacienda y a la estupidez supina de entretener al personal con sus miserias personales. A esos les ponía yo a cavar piedra a las horas de más calor a ver si se les derretía la gana de seguir jugando con el dinero de todos. Así hasta hacemos el Canal de Isabel IV o V, y todo mientras en Soto del Real nos ponemos a hacer trabajos manuales. Me van a disculpar, pero viendo ciertas cosas reitero lo de la geografía del desastre. Menos mal que nos quedan la piscina, el cloro, el niño con la toallita y mis sobrinos tan resbaladizos que no hay quien los agarre para merendar. Bendito verano…


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