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LA MUERTE DE LAURA LUELMO

LA MUERTE DE LAURA LUELMO

Adelanto que no soy jurista, mi profesión es ingeniero agrónomo, y aunque tengo una cierta formación leguleya por mi condición de funcionario durante 40 años, mis razonamientos se basan en la aplicación de la lógica y del sentido común; de los míos.

Por eso parto de una base, probablemente diferente de la que defienden sesudos juristas y especialistas en la materia. Como ciudadano de a pie entiendo que la legislación penal, la aplicable al caso de la muerte violenta de Laura, ha de tener como objetivo prioritario la defensa de los derechos de las víctimas y no la de los intereses de sus verdugos. Aunque considero loable que se trate de conseguir la reinserción de los delincuentes durante su reclusión en prisión. Pero en mi indocta opinión el Código Penal debiera preocuparse con preferencia de las víctimas. Son las que más pierden y las que más sufren. Y no parece que la norma esté dirigida a alcanzar ese objetivo.

En este triste episodio, que no debiera haber ocurrido nunca, la que ha perdido más es Laura. Como en su momento les sucedió a Diana Quer, a Marta del Castillo o a Mari Luz Cortés. Le han segado de raíz su joven vida y su futuro. Y nada ni nadie podrá resarcirle de esa pérdida. No quiero ni pensar el sufrimiento y la angustia de esta joven mujer ante su cruel asesino y la imposibilidad de defenderse de su ataque, aunque ofreciera toda la resistencia de la que fue capaz.

Una vez ocurrido este asesinato he vuelto a escuchar las simplezas de siempre de los políticamente correctos que constituyen, según ellos, la progresía andante y dirigente de esta España nuestra que va dando tumbos.

A los cinco minutos de confesar el agresor su crimen, ya estaban los medios de comunicación y tertulianos de lo políticamente correcto con los mantras de que hay que mantener la cabeza fría; que no se debe legislar en caliente, en frío tampoco legislan o lo hacen de modo insuficiente y que hay que reinsertar a los delincuentes, pobrecitos míos. Y así una serie de estupideces que son repetidas una y otra vez como una cantinela indecorosa.

Nadie defiende con prioridad y firmeza a las víctimas. Una vez asesinadas es como si desaparecieran de la escena. Menos la familia, que por cierto la de Laura ha mantenido una postura impecable y equilibrada en todo el proceso, los allegados y algunas gentes de buena fe, nadie se ocupa de ellas. Pasan a un segundo plano desde el punto de vista social.

Eso sí, antes se las obsequia con aplausos en sus funerales y muchas velas encendidas y manifestaciones y carreras, con el lema de que todos somos Laura y cosas de esas que, salvo para confortar un poco a las familias, no sirven de mucho. Y después a otra cosa, mariposa.

Lo de los políticos raya en la desvergüenza. En lugar de legislar adecuadamente y adaptar el Código Penal para defender a las víctimas, se dedican a perorar unos contra otros sin hacer nada sólido. O incluso tratando de derogar disposiciones del Código Penal como la prisión permanente revisable, sólo porque no se les ocurrió a ellos, proponerla. Sin analizar si eso es bueno o malo para los ciudadanos. Sin considerar por qué se aplica en otros países.

Las justificaciones son de lo más pedestre. Por poner un ejemplo de alta referencia: el presidente del gobierno despacha la derogación de la prisión permanente revisable con el razonamiento de que la misma no ha logrado impedir este asesinato. Hombre ni la ley de violencia de género ha impedido que 47 mujeres hayan muerto este año a manos de sus asesinos. Ni el Código Penal ha sido capaz de frenar los diversos delitos que se producen. Así que, según tan inteligente conclusión, derogamos leyes y códigos y santas pascuas.

Si a este asesino que había matado con anterioridad a una mujer y acosado y agredido a otra, hubiera estado en la cárcel bajo la aplicación de la prisión permanente revisable, hoy día Laura Luelmo, seguiría dando sus clases en el instituto de Nerva y viviendo y disfrutando de su joven vida y soñando su futuro junto a su familia y amigos.

El que individuos de esta catadura anden sueltos sin control es lo que pone en peligro a la sociedad. Que tiene que defenderse de ellos para salvaguardar los derechos de los ciudadanos que nos dedicamos a vivir en paz y a cumplir la ley.

A estos últimos son a los que tienen que amparar las leyes y códigos. Y no dar ventaja a los derechos de los criminales frente a los de sus víctimas reales o potenciales.

A ver ahora quien devuelve a sus padres, a su pareja y a sus familiares la vida de Laura. Ellos también sufrirán durante toda su existencia esta irreparable pérdida.

Y está muy bien que se trate de reinsertar a los delincuentes. Pero sólo a aquellos que admitan esa reinserción. A los otros, como el asesino que nos ocupa, hay que retirarlos de la circulación. Claro que diré que es presunto hasta que un juez lo condene. Esa es la grandeza del estado de derecho. Que además de a los delincuentes ha de proteger con prioridad a las víctimas.

La conocida sentencia de Concepción Arenal “odia el delito y compadece al delincuente” quizá tuviera justificación en las condiciones sociales del tiempo en que se pronunció. Yo la completaría hoy día añadiendo “y siempre, defiende en primer lugar a las víctimas”

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