La mujer mía

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   –Anda la mujer mía un poco fastidiada.

Cuando voy por la calle, el viento que despeina y arrastra las pocas hojas que quedan, trae una ráfaga de conversación que me hace reflexionar sobre la colocación del posesivo delante o detrás de la palabra amada.

-A la mi niña le gustan más los libros que las muñecas.

Hay una sintaxis del corazón y un dativo ético de pertenencia posesiva y amorosa porque el niño no me come y la niña mía ha salido a madre y lee como una posesa cuando debería estar estudiando las declinaciones latinas o el aoristo griego. A la Charo Chica, como la llama uno de mis amigos de libro, le gusta leer y es una aliteración hermosa que, al menos, parece haberse librado de la nariz materna que en tiempos de la Inquisición nos hubiera llevado a la hoguera. Y a propósito de aliteraciones y maternidades, un día perdí la cabeza porque uno de mis alumnos era incapaz de entender los sesudos ejemplos que le ponía uno tras otro.

-Repetición de sonidos, Luis, piensa “El ala leve del leve abanico”, “Infame turba de nocturnas aves”.

Luis va para presidente del gobierno o de la comunidad autónoma, y no es ironía, lo creo firmemente, pero no parecía tener oído para las sutilezas retóricas hasta que me oí a mí misma gritándole casi a la cara:

-¡Mi mamá me mima, yo amo a mi mamá! ¿Lo oyes ahora?

El muchacho me miró con esa cara irrepetible de la iluminación repentina ¡Eureka! Luis seguro que llegará lejos, y hasta se acordará de la histérica de su profesora de lengua en pleno ataque de amor a una progenitora que, como todas las de su época, usaba muy bien el posesivo algo despegado.

-Estas hijas mías, qué poco garbo tienen las dos.

Eso de poner el posesivo detrás del nombre quizás sea una muestra de cierto desapego… o quizás es que antes, los hijos, sobrinos y nietos eran una marabunta en casa de mi abuela de ruidos y meriendas donde cada una agarraba al vuelo al primero que pillase a mano.

-¿Y tú de quién eres?

En las calles del pueblo, la pregunta era obligada. Podías ser la hija de una u otra hermana y eso no dejaba de ser un tema baladí. Los niños contábamos menos y éramos más. Sin embargo, en el caso de mi Charo chica, tenemos familias tan breves, que no hay que preguntar de quién es una y de quién es otra, tocamos casi a niño por cabeza. Y menudos son, ahora no pertenecen a nadie, menos, a sus sufridos progenitores. Y dejando a un lado la política, a la niña mía eso del posesivo solo se aplica a sus efectos personales… los de papel y los digitales.

-Ese libro es MÍO.

Y no hay más que hablar. La mi niña es un prodigio de síntesis y economía lingüística. Y anda la columna mía un tanto maternal estos días…

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.


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