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La pérdida de autoridad

La pérdida de autoridad

Una amiga de siempre comenzó sus primeros pasos como maestra en un pequeño
pueblecito zamorano. Hoy está jubilada. Cuando la trasladaron a una localidad de mayor
número de habitantes, mejor colegio y mayores posibilidades, le contó a mi madre que
nada tenía que ver el trato respetuoso de los vecinos, enorme en el primer caso, y mucho
menor en el segundo. Tal pareciera que lo que había ganado en recursos, lo había
perdido en autoridad, frente a padres y niños, en el territorio.

Largo rato nos ocuparía el analizar las causas del hecho en cuestión. Desde entonces,
esa “autoridad”, que se supone que tiene el profesor no ha dejado de disminuir en la
opinión pública. Es algo de lo que no se habla fuera de los círculos privados, pero existe.
Pregunten a los maestros y maestras. Si esa “autoritas” no se hubiera perdido hoy nadie
osaría acusar a los profesionales educativos de populistas y adoctrinadores. Y no es culpa
de los profesores. Al menos no toda.

Cuando una persona ha de convencer o persuadir a otras de algo, ya sea en nuevos
conocimientos, actitudes o modelos de comportarse, ha de hacer uso de su buen ejemplo
y no solo de la potestad que el rol de su trabajo le concede a priori. Lograrlo, y con ello la
autoridad (la autoritas de los romanos) que implica, no es tarea fácil pues exige tener muy
claros los fines y un esfuerzo continuo de superación para responder a las expectativas
de aquellos a los que se quiere convencer o educar. Nada tiene que ver con el concepto
de potestas, que significa imponerse sobre alguien en función de una fuerza, una
amenaza o una coacción.

Sucede que en educación los factores de influencia sobre los educandos han aumentado
poderosamente en los últimos tiempos, y por diferentes cauces. Los modelos de familia,
las relaciones entre sus miembros, y de estos con el medio escolar, el influjo de la
televisión y las redes sociales, los roles de unos y otros en la sociedad moderna, han ido
dejando a la escuela en un lugar de influencia bastante restringido y a sus actores en
papeles importantes pero secundarios.

Claro está que no es algo generalizado, no en todos los casos, pero si las veces
suficientes como para que los padres (no todos, por supuesto) se permitan discutir y
criticar -directa o indirectamente- asuntos estrictamente escolares, algo que en otras
épocas nunca se hizo. Poniendo en jaque la propia autoritas de la escuela como
institución y a sus planteamientos educativos. A veces con razón, y a veces sin ella.
De todo ello, responsabilidad tiene, también, esta última. Quizá sea la hora de buscar
establecer formatos que profundicen de otra manera en la formación y educación de
nuestros hijos. Quizá haya que preparar a los profesionales en otros aspectos
metodológicos, tanto en la etapa inicial para lograr el título, como en su día a día de
trabajo. Y para ello se precisan recursos humanos y económicos en la red pública. La
economía otra vez en la pantalla, amigos.

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