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LAS VUELTAS DE LA VIDA

LAS VUELTAS DE LA VIDA

Plaza Mayor de Cáceres, remodelada en la legislatura en la que Carmen Heras fue alcaldesa de la ciudad.

Dicen los estudiosos en la materia que si los griegos inventaron la filosofía fue porque no
tenían que ocuparse de los asuntos domésticos, que para eso dispusieron de sus
esclavos. Algo parecido sucede en esta ciudad, sálvense las diferencias, que nadie quiere
dar una nota excesiva, protestando en voz alta y en público por casi nada. No parece
elegante (parecen pensar) dar gritos metafóricos y reivindicativos sobre cuestiones
terrenales, propios más bien de gente humilde y desclasada, ningún parecido, vade
retro…

Pero a Cáceres la tienen toda removida y no se si incluso vuelta del revés. No hace falta
mucho oficio para notarlo. Se percibe al caminar por sus calles, circular por sus arterias,
parar en un golpe de tráfico. El otro día, el autobús de la línea campus en el que yo viajo
habitualmente, tardó una hora, desde la parada situada enfrente de Derecho hasta la Cruz
de los Caídos, entre coches en doble fila esperando a niños de colegio, obra rotonda
Héroes de Baler, tráfico del propio Campus, etc. Todo ello sin contar el ratito de espera
antes de cogerlo, pues ahora con la reestructuración “realizada” para “atender” la parada
del Hospital, se ha hecho mayor.

Cáceres está literalmente puesta del revés. Movidas muchas calles al mismo tiempo.
Dicen las malas lenguas que para impresionar con poco y hacer creer que se trabaja
mucho en rehabilitaciones de envergadura, ahora que llegan tantas elecciones,
indefinibles en resultados, juntas. Sin que sea cierto. Son obras pequeñas que no quitan
los problemas sino que los trasladan de unas zonas a otras, que producen incomodidad a
viandantes y conductores, que consiguen que se regule peor el tráfico y la convivencia.
Parece seguirse la táctica de aquel militar de aciaga memoria, que durante la guerra civil
española y para producir la sensación de que el número de sus efectivos era elevado,
paseaba sus escuálidas tropas en camiones, por diferentes lugares de una ciudad vecina,
una y otra vez, una y otra vez… consiguiendo atemorizar si cabe aún más a la población.
No es el caso que nos ocupa, afortunadamente, aquí no hay soldados ni tropas, sólo
obreros trabajando, haciendo lo qué se les pide.

Como he sido responsable municipal se de lo qué hablo cuando digo que cualquier obra
pública molesta. Y no importa las veces que lo expliques y el número de reuniones que
tengas con los afectados o la relación de ruedas de prensa que hagas para dar voz
pública a la necesidad de hacerlo. La obra de la Plaza Mayor, por ejemplo, se volvió
indigesta para muchos a priori, pues desde el minuto uno tuvo su legión de detractores,
frente a los partidarios de la misma que optaron por permanecer callados. ¡Si hasta tuvo
sus “porras” correspondientes, en las mesas de juego de los bares colindantes, sobre lo
qué ocurriría, cuando lloviera, con los “patitos” de los soportales! (eso si, con un desprecio
absoluto a la profesionalidad de los arquitectos, expertos rehabilitadores en otras
ciudades patrimonio, de tanta o mayor envergadura que ésta).

El trabajo municipal oscila entre la incomprensión de muchos, la dureza en los juicios de
los afectados y la necesidad, o no, de hacerlo, en función de un objetivo social que debe ir
más allá de los votos o la adjudicación de contratos. El PP que tan duro se muestra
cuando está en la oposición, seguro que estará tomando buena nota.

 

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