Ligereza

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Yo siempre quise tener la virtud de la ligereza. Flotar como una bailarina de ballet y que me glosara en las páginas del País Roger Salas. Tener el humor finísimo de Carlos García Calvo y escribir sobre trapos, educación exquisita y protocolos varios sin despeinarme un solo pelo ni ponerme en plan meloso como Rosario Sansores, la mejor columnista en los cincuenta del periodismo mexicano de crónicas de sociedad. Yo tenía vocación de libélula alada y hubiera querido, como Elena Poniatowska, iniciarme haciendo la crónica de bodas, bautizos, comuniones y pedidas de mano perfectamente vestida y con los botoncitos de los guantes blancos bien cerrados. Damas, traje corto y finísimo tacón para hundírselo a la hipocresía más delicada. El papel couché es un canapé de la espuma de la vida, el Hola de los trabajos y los días. Nadie sale fea en una portada y hasta las abandonadas por el dilecto marido aparecen tan bellas que los galanes hacen cola para ocupar el lado oculto de la cama.

Yo quisiera haber tenido la levedad, la ligereza, la textura del macaron… claro que lo mío es el terrón mesetario, el secarral veraniego, beber a morro, buscar una silla donde derrumbar el derrière y abanicarme con el menú del día. A mí cuando me invitaron al Palacio Real se me ocurrió ir con un vestido corto, sí, pero dejé en el historiado guardarropa una chaqueta vaquera. Yo al Palacio de Oriente fui desde Alcalá de Henares en un tren de cercanías, rezando la letanía de las paradas donde se subieron las víctimas de la masacre de los trenes. En Atocha me subí a un taxi y no impresioné nada al conductor, me contó que en sus tiempos mozos llevaba a Don Juan Carlos de la Zarzuela a pasearse por ahí. Uno no puede ponerse estupenda viniendo de provincias.

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Elena Poniatowska pasó por la sección de sociales porque era el lugar en el periodismo mexicano de los años 50 donde acomodaban a las damiselas con ínfulas de trabajadoras hasta que se consiguiesen un novio y fueran protagonistas del bodorrio y no sus cronistas. El resto es historia. A mí me hubiera gustado decir que la novia tenía cara de fugarse con el testigo o que el niño de la comunión más que parecer un ángel parecía un diablo cojuelo. Pero no tuve nunca la cualidad de la espuma, y hasta glosando el Hola tengo prosa de hipopótamo preñado. Nunca voy a llevar un sombrero de paja como Sara Carbonero, ni lucir tan esplendorosa en la intimidad de mi hogar como las hermosas herederas de casas que ni habitan. La cultura no es tan glamourosa, dónde va a parar, y si se me ocurre hablar del atavío del autor en cuestión me cae encima la policía del lenguaje inclusivo, que también. A mí me enseñaron que el plural del masculino contiene al femenino y soy muy burra para desaprender las cosas. Ya lo ven, me falta glamour, postureo gramatical y feminismo de última moda, dilectos lectores, y más ahora que tengo más canas que la reina, que ha cambiado el moño por la coleta, el tacón por la alpargata y le ha dado un buen disgusto a Carlos García Calvo. A la mierda la tiara y el collar de chatones. Cómo le voy a extrañar. A él y a su ligereza tan exquisita como una oblea de papel, lista para ser comulgada con toda la alegría del mundo. Hay veranos donde todo pesa… además de mi persona…

 

 


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