Los alcaldes, esos héroes…

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Al cine americano le gusta sobremanera el héroe solitario; o al menos eso parece por la
gran cantidad de películas cuyo protagonista -sea hombre o mujer- se la “juega” solo. A
veces gana y a veces pierde, pero es su valentía lo destacable en el argumento. Y sus
convicciones. Defendiendo a su gente y sus principios.

Yo creo que el héroe solitario (casi) nunca lo es por elección. Las circunstancias de su
vida, el grupo al que pertenece, los tiempos sociales y políticos… lo llevan a serlo,
“¿Cómo puede tu mujer hacer campaña con “esos” (le decían a un buen amigo sus
compañeras de profesión), si tiene tanto estilo, una carrera, ese puesto de trabajo?.
Va contracorriente y contra su propia clase”.

Y es que ir contracorriente produce innumerables estropicios en lo personal. Es, sin duda,
mucho más útil diluirse dentro del montón. Pues vale, pero aún así busquémosle
correctos objetivos. Que en el caso de la gestión debieran ser concretos y realizables.
¿Debe la autoridad de un sitio determinado seguir simplemente el ritmo de los que viven
en él? ¿Acomodarse a sus pautas, reconocer sus gustos, enaltecer sus tradiciones, y
poco más? O, por el contrario, puede (aparte de lo anterior) elevarse por encima del
horizonte mayoritario que tienen sus convecinos, intentando expandirlo para que todos
quepan y atraigan a otros? Hay una línea divisoria muy clara entre los dos modelos de
gobierno a seguir.

El municipio es la pieza básica en cualquier estructura territorial. Los ciudadanos, antes
que ninguna otra cosa, lo son en una localidad. Pero como forma la base del “edificio”,
muchos creen que es lo de menor importancia; lo mismo que se piensa, por ejemplo, de la
enseñanza primaria, a la que tampoco se presta el respeto preciso en el orden de
prioridades.

Preparar un buen primer EDÍL no es fácil, lo mismo que no lo es preparar a un buen
MAESTRO. Los partidos se esfuerzan en demostrar que el asunto les importa, y que el
municipio es su gran apuesta. Pero aunque todos se declaren municipalistas, lo cierto es
que no lo son. A la mayoría, el asunto les aburre o les incomoda. El resto pasa de
puntillas. Así que en cada sitio, cuando llega la hora, los responsables suelen caminar
como por el filo de la navaja en la elección de los candidatos. Y muchos suspiran aliviados
cuando surge un nombre preponderante, porque así les queda expedito el camino para
sus propias metas, autonómicas o generales. Que son las importantes (piensan) y se
retribuyen mejor.

Si yo tuviera potestad para hacerlo, elevaría de grado a los alcaldes. Pondría a las
mejores cabezas allí. Con proyectos propios, perfectamente definidos y explicados para
su localidad, en vez de seguir con ese largo “arrastre” de los proyectos de otros, ya sean
políticos, empresarios o técnicos. Y luego, a negociar. Negociar los extremos, los
términos, las cláusulas, sus vericuetos…en clave de territorio equilibrado y socialmente
productivo. Como siempre se hizo. Eso, en vez de tanto sonsonete sobre cualquier asunto
local sobrevenido, que luego no tiene mecha para arrancar. Yo haría de los primeros
ediles, héroes llenos de bravura y tesón. Valientes con el fuerte y bondadosos con el
débil. Clarividentes con malvados y mojigatos. ¡Ufff! esperad que me salga, que creo que
me he metido en un plató!


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