Los nuevos robinsones

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La obra más conocida de Daniel Defoe es Robinson Crusoe. Fue publicada en 1719 y es considerada la primera novela inglesa. Su protagonista es un náufrago inglés que pasa 28 años en una remota isla desierta en la desembocadura del Orinoco. Se cree que la historia se inspiró en los hechos reales ocurridos a Pedro Serrano y Alexander Selkirk a partir de los cuales el autor construiría la trama y el símbolo del ser humano autosuficiente que ha permanecido hasta nuestros días.

Las felicitaciones de Navidad que recibimos y enviamos se me asemejan a las prendas de
ropa: las hay de diversos tamaños y colores. Algunas son grandes, de tonos fuertes,
alegres y vivos, y otras se acompañan de tonos más suaves y pálidos. También existen
algunas con el peculiar estilo de la ropa clásica, elegantes e idénticas a sí mismas, año
tras año; son como esas prendas de “fondo de armario” siempre merecedoras de estar
ahí, por la certeza de que al usarlas nunca se corre el riesgo de quedar mal, pues con
ellas se cumple. Con el entorno, con las circunstancias, con el prójimo, con el compi
colega, con el vecino.

Y están también las felicitaciones que no llegan. Yo llamo así a las que se asemejan a las
prendas mostradas en cualquier escaparate, las que observamos al pasar por delante del
mismo y que nos observan, sin demasiado interés en ninguna de las dos direcciones.
Alguna vez disfrutamos con ellas. Las tuvimos, quizá entre las manos, pero no las
adquirimos, ni siquiera hemos mantenido el contacto con su textura. Para qué. Por
diversos motivos. La vida…

En ciudades pequeñas ocurren estas cosas. Ahora, parece que también en las grandes.
Es preciso olvidar el deje lastimero de tiempos pasados y mirar con ilusión hacia el
mañana. No vaya a engullirnos la nostalgia descaradamente. Cuando escribo esto me
viene a la memoria Clarín y su famosa obra “La Regenta”, con aquel detalle de la novela
en el que cita la perpetua siesta de la ciudades enfermas de historia, tan reacias a
cambiar para seguir progresando, prisioneras de una particular apatía de sus habitantes.
Y la escasa fortuna de quien intenta romper con su dejadez y sale destrozado del
esfuerzo. Y vuelta a empezar.

En un par de meses hará un año ya desde que comenzaron las restricciones por el
impacto del coronavirus. Los hábitos de vida que hemos tenido que inventarnos nos han
vuelto desconfiados, ajenos a los otros y a la convivencia. Nos metieron o nos metimos en
una burbuja y en ella estamos, prisioneros de nuestros propios mandados y de los que
otros nos han impuesto. Un tanto preocupados, observadores de nuestro entorno. Pero
ahora que apenas se ha iniciado el 2021 es necesario pugnar por mantener la esperanza
y unas posibles expectativas de vida, de amor, de trabajo, económicas…”A ver, si acaso”
(nos decimos). Y miramos a la clase política, a la que gobierna, y a su oposición.
Se trata de sobrevivir con prudencia, interna y externamente, cada uno de nosotros,
nuevos robinsones en islas metafóricas, sin saber cuánto tiempo permaneceremos en
ellas y con que bagaje. Pero no solo eso. Nadie con un trabajo público puede escudarse
en la pandemia para retroceder, y seguir cómo estamos es hacerlo sin duda. Valientes o
acobardados, según la talla y las circunstancias. Con felicitaciones de Navidad o sin
ellas.

 


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