LOS PIES DE BARRO

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¿Cómo se llama en lenguaje nuevo el consabido “si ya te lo decía yo”?. Lo pregunto
porque una de las cosas que más ha tranquilizado siempre a los humanos, a la hora de
tomar una decisión, ha sido la homogeneidad en las reacciones con sus semejantes, ese
“un millón de moscas no pueden estar confundidas”. O “si ese lo tiene por qué yo no
puedo tenerlo”, cuando hablamos de sentimientos y apetencias. Nadar contra corriente no
ha sido nunca un deporte de masas. Quizá por eso, carece de cuñas publicitarias.

La necesidad del favor de otros para afianzar nuestros propios fundamentos de vida tiene
también sus aspectos positivos: nos sociabiliza, trabaja la empatía y la solidaridad. Puede
incluso incorporar fortaleza a nuestras conductas, en momentos clave, nos aparta de lo
solitario y egoísta. Todos hemos percibido alguna vez lo benefactor que resulta para un
ánimo confundido una calle o un local lleno de personas agradables.

Lo que ocurre es que llevamos mucho tiempo de imposturas y al final al sistema no le
queda más remedio que autorectificarse, si quiere seguir existiendo. Desconozco cuál fue
el minuto en el que se empezaron a contaminar los conceptos básicos de convivencia y
se inició un proceso de debilitamiento de las estructuras. Cuando sucedió que las
verdades fueron representaciones de ellas y los hechos, solo relatos inteligentemente
construidos para convencer. Estando como estamos en época de comunicación, hubo, sin
duda, que trabajarse al transmisor para que lo emitiera de forma que pareciera verídica,
pero ese es otro asunto que no voy a tratar aquí. Hoy, al menos, no.

La pujanza de lo tecnológico nos engañó y los humanos se creyeron poderosos y sin
límites. La globalización y los criterios económicos de los gobiernos se impusieron habida
cuenta de que el sistema de bienestar común no peligraba, al considerarlo
suficientemente estabilizado. La democracia lo defiende y estando como está garantizada,
nada hay que temer. Todo eso se nos dijo. Y el pueblo lo creyó o fingió hacerlo, cuando le
convino.

Dejó de tener importancia el conocimiento serio de los temas, a fin de cuentas las
máquinas saben y los técnicos al servicio las controlan (dijeron). Dejó de tener
importancia la seriedad en los comportamientos y una legión de incompetentes o pícaros
ascendió hasta los lugares públicos de toma de decisiones. Dejaron de tener importancia
la coherencia y la eficacia que siempre ofrecen cuentas de lo qué hacen y se las sustituyó
por el gracejo y la habilidad de aquellos que mejor se pavoneasen al besar el manto de
armiño del que manda. Se dejó de respetar a la Naturaleza. En todas y cada una de sus
posibilidades, se hizo y se rehizo, llevando de bandera un pretendido progreso que rompió
los equilibrios y cuando todo empezó a ser palpable sus soluciones se envolvieron en
papeles coloreados de propaganda, en muchos casos servidos por los mismos que están
produciendo el problema, para tener beneficios crematísticos, y que no quieren soltar su
trozo de la tarta.

Cuanto esta pandemia que sufre ahora mismo el mundo termine, será la hora de los
verdaderos intelectuales en cada campo; están obligados a dejarse oír como contribución
a una mejora de la vida en la tierra. Y terminado el confinamiento deberá iniciarse una
etapa de sobriedad. En todo. En las formas de vida, de consumo, de respeto y de
conocimiento. Antes de que el propio sistema nos vuelva a dar otro golpetazo (definitivo)
en las manos.

 


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