PARA CONVENCER NO ES CONVENIENTE INSULTAR

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Al analizar   los discursos y las intervenciones  de los responsables políticos en los Parlamentos o en debates y tertulias  sería interesante recordar  un ensayo del filósofo Schopenhauer que recogió  en un texto los requisitos que consideraba necesarios para “ganar”   y atraer a posibles simpatizantes. Hizo una recopilación de lo que él llamó “estratagemas de mala fe” en un ensayo que tituló “El arte de tener razón”. Mantenía  que la persona que exhibe una teoría no lo hace para que  resplandezca la verdad, sobre todo en el ámbito político, sino para convencer de que su  proyecto es la mejor elección.  Si se pretende que el adversario acepte un planteamiento debe presentar a sus opuestos argumentos racionales,  ofrecerles opciones y buscar contradicciones tomando como punto de apoyo cualquier cosa que el contrario haya admitido o defendido.

El filósofo alemán  recomendaba invertir el argumento presentado de tal forma que signifique algo distinto de lo que en realidad plantea. Las falacias son errores muy frecuentes que se cometen muchas veces  tanto en la escritura como en la oratoria. No son equivocaciones de cualquier clase, ni fallos casuales  debidos  a falta de atención, casi siempre son deliberados, conscientes, con una finalidad.

El político está obligado a  utilizar un lenguaje certero, concreto, inteligible  y evitar los insultos y frases agresivas, salvo que no  responder a ataques sin sentido se considere la admisión del improperio.  Todos saben que se consigue acertar  mediante metáforas y  aún con  medias verdades siempre que guarden  un orden racional. También es necesaria la coherencia y la conciencia crítica.

Hay una técnica que convierte el argumento propuesto en algo muy aceptable: enriquecer el texto  con citas importantes que  muchas veces  son inventadas. Con frecuencia se invocan aforismos o frases atribuidas a Churchill o a algún filósofo clásico, con frecuencia se alude a Ortega y Gasset.

Otra estratagema del político  que da resultado es responder a una pregunta con otra cuestión, ejemplo cuando alguien contesta a una acusación de corrupción diciendo: ¿Y por qué no se habla de las “puertas giratorias” de su partido?

En la esfera política  si todo falla en el debate y es evidente  que el contrario es superior, con mayor talla intelectual, se  acude con facilidad al insulto directo,  ofensivo. Esta forma de combatir, como se ha comprobado recientemente   tiene, además la particularidad de que desvía el problema tratado con una repercusión mediática que sirve de divulgación del planteamiento a conseguir  y más con la profusión de redes sociales que se utilizan en la actualidad Otra cosa es devolver el ataque con fina ironía. Se ha divulgado que Bernad Shaw envió a Churchill dos invitaciones para el estreno de una de sus obras indicándole que podía asistir con uno de sus amigos (si  es que tiene alguno). El político le entregó una nota de contestación que decía: iré a la segunda función (si es que la hay)

El  escritor mejicano  Héctor Anaya ha publicado una obra: El arte del insulto, en el que  expone una relación de improperios que pueden esgrimirse con mayor o menor inteligencia o relatos que atacan al oponente político. Se sabe que un comerciante le preguntó a Sócrates cuanto quería cobrar por la educación de su hijo y al decirle la cifra el comerciante respondió: por ese precio compro un burro y el filósofo le respondió pues cómprelo y así tendrá tres burros en su casa. Este ensayista mantiene que la respuesta al insulto debe ser rápida, precisa, consecuente o se convierte en rencor.

La dialéctica es comparable a la esgrima y da igual quien tenga o no razón. Lo importante y práctico es tocar y parar, pues parece que de eso se trata. Algunos consideran que no debe responderse a los insultos  y otros que ninguna ofensa debe quedar sin respuesta. Lo cierto es que  los ciudadanos  tienen generalmente preparación e inteligencia para separar la paja del heno y la libertad de inclinarse a favor de las posiciones que les parezcan éticas o en las  que se haya comprobado su eficacia  a pesar de que se intente anestesiar a los que reciben el mensaje alejando el pensamiento de los debates para que disminuya el análisis intelectual.

 

 

 


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