circo

Políticos que juegan a la morisqueta mientras se incendia el patio

Crónica canalla de un circo con acta oficial

Por Paco de Borja. Cáceres, 16 de febrero de 206.

Hay una frase de Carmen Camacho que debería estar grabada con tipografía gótica en la puerta de cada parlamento: a quienes ejercen la política desde las instituciones democráticas habría que exigirles oratoria, ética y respeto a la verdad de los hechos y a la lógica.

Lo demás —la morisqueta, el absurdo, el teatrillo de patio de colegio— que lo dejen para los cumpleaños infantiles o las sobremesas con licor de hierbas.

Porque la política no es un meme con traje ni un hilo de Twitter con coche oficial. Es —o debería ser— una arquitectura de palabras responsables. Y sin embargo, cada día asistimos a una especie de varieté institucional donde la verdad se maquilla como vedette cansada y la lógica bosteza en un rincón mientras los portavoces compiten por ver quién hace el gesto más ingenioso para la cámara.

Sabina diría que algunos han cambiado el escaño por el escenario, el BOE por el camerino y el programa electoral por una playlist de excusas. Se han vuelto expertos en el noble arte de hablar mucho sin decir nada, como si la retórica fuera una coartada y no una herramienta de construcción democrática.

Pero Clarice Lispector susurraría otra cosa. Nos hablaría de la grieta íntima que se abre cuando el ciudadano escucha a quien gobierna y siente que algo no encaja. Ese segundo minúsculo en el que el corazón detecta la impostura antes que la razón. Esa sospecha leve, casi invisible, de que el discurso no nace del compromiso sino del cálculo.

Y Eduardo Galeano —con su dedo señalando mapas invisibles— nos recordaría que cada palabra pública tiene consecuencias privadas. Que cuando un político juega al absurdo, alguien paga el alquiler con angustia. Que cuando se trivializa la verdad, se erosiona la dignidad de quien espera una respuesta seria. Que el cinismo no es una pose ingeniosa: es un lujo que solo pueden permitirse quienes no sufren el efecto de sus decisiones.

Exigir oratoria no es pedir fuegos artificiales verbales. Es pedir claridad. Es pedir que la palabra esté al servicio del entendimiento, no de la confusión estratégica. Exigir ética no es un capricho moralista: es una condición de supervivencia democrática. Y exigir respeto a la verdad no es romanticismo ingenuo; es la única vacuna contra el deterioro cívico.

Lo demás es morisqueta, entendiéndose como mueca, burla, engaño e incluso desprecio.

Morisqueta cuando se desvían preguntas con bromas estudiadas. Morisqueta cuando se disfrazan errores de épica. Morisqueta cuando el absurdo se vende como audacia.

La política no puede ser un carnaval permanente donde el antifaz sustituye al argumento. Porque el ciudadano no es público cautivo: es soberano. Y el soberano merece algo más que un espectáculo de guiños y piruetas.

Quizá el problema no sea solo que algunos jueguen al absurdo. Quizá el problema es que nos hemos acostumbrado a aplaudirlo. Que confundimos la ocurrencia con el ingenio, la desfachatez con la valentía, el ruido con la sustancia. Y así vamos, celebrando fuegos de artificio mientras la casa necesita cimientos.

La democracia no se sostiene con morisquetas, sino con coherencia. No con gestos teatrales, sino con argumentos sólidos. No con chistes de pasillo, sino con respeto profundo por la inteligencia colectiva.

Porque la verdad, cuando se la toma en serio, no grita. Pero permanece. Y la ética, cuando se ejerce, no presume. Pero sostiene.

Y tal vez, el día en que volvamos a exigir esas tres cosas —oratoria que ilumine, ética que no se alquile y verdad que no se maquille—, la política deje de parecer un circo y vuelva a ser lo que prometía ser: el lugar donde las palabras construyen futuro en vez de disimular presente.

Ese día no lloraremos de rabia. Lloraremos —como quien escucha un viejo vinilo o la Mayeútica de Robe, que aún suena limpio— de dignidad recuperada.