Prever, lo que se dice prever

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Cuando mi padre cumplió los 18 años, lo mandaron a la guerra. A la guerra civil española
del 36. Pensaron que no ocurriría, por ser hijo de madre viuda y necesitada de su trabajo,
pero no fue así y una mañana se encontró, junto a dos de sus mejores amigos, saliendo
para el frente. Mi padre hablaba poco de aquella época, solo pequeñas instantáneas de
unos recuerdos que su generación hizo por olvidar, pero una de ellas la relacionaba con la
importancia de la previsión en la vida de cualquiera.

Mi padre no solía darnos consejos, solo desmenuzaba historias. A través de ellas
entendíamos lo que nos quería transmitir. La que cuento hoy comenzó un día en el que
repartieron a su batallón, comida enlatada para guardar en los macutos. Nadie les dijo
que aquello sustituiría, en un determinado momento al “rancho” que tradicionalmente les
daban, así que en una de las marchas, larga y cansina como pocas, y dado que el
avituallamiento era bastante pesado, algunos, con la inexperiencia propia de la edad,
decidieron desprenderse de las latas, que hasta el momento solo habían contribuido a
recargarlos de peso, pues nunca les había faltado la comida habitual. Y aprovechando
que pasaban al lado de un terraplén las arrojaron lindamente, liberándose. Y ocurrió lo
que ya se imaginan, que cuando llegó el momento de comer de lata, no las tenían y nadie
vino a reponerlas, con lo que hubieron de estar varias jornadas sin probar nada
consistente, a excepción de un poco de pan encontrado en el fondo de la mochila y que
poco a poco se había vuelto duro. Aprendieron, vaya si aprendieron, que prevenir es
equivalente a subsistencia.

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Escucho un pequeño resumen de las conclusiones que ofrece un trabajo elaborado por la
Universidad Complutense sobre la influencia del confinamiento, causado por el virus,
sobre el bienestar de las personas. Los datos revelan que la situación ha afectado mucho
a los jóvenes. Por la incertidumbre de su futuro laboral, por ser ésta la segunda crisis que
perciben (la primera fue en el 2008), por el parón de su estilo de vida, dinámico como
pocos, por el distanciamiento con sus relaciones sociales y afectivas…Quizá también por
su escaso entrenamiento ante la frustración.

Desconozco la muestra usada para dicho estudio, pero no se me antojan extraños los
resultados. En contra de lo que pudiera parecer, la etapa juvenil es una época dispar,
oscilante entre estados de ilusión y de desánimo. Yo recuerdo de la mía propia la
inquietud de no saber, a ciencia cierta, cuáles serían las mejores opciones a seguir. Y
aunque aparentemente tenía clara una situación personal, una familia, una preparación y
un trabajo en puertas, la incertidumbre se me agarrotaba en el estómago durante la noche
a través de sueños agitados en los que una persona como yo, ni conseguía, ni controlaba.
Mi subconsciente iba por libre, avisando.

Así que déjenme que les diga que no está tan claro quienes son las partes débiles y
fuertes en una crisis como la que vivimos. Cada periodo de vida tiene su afán y deja sus
propios pelos en la gatera.¿Y cómo andan los gobiernos de previsión? Ahora que la
precariedad laboral impera y el excesivo apoyo de nuestra economía en uno o dos
sectores hace que cuando éstos (por la crisis actual) se vienen abajo todo se vaya al
traste.


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