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QUE LA FUERZA NOS ACOMPAÑE

QUE LA FUERZA NOS ACOMPAÑE

El otro día, en un mitin, un líder político apelaba con unción al partido de siempre paraganar las elecciones que se avecinan. Para ganarlas (repetía) como siempre lo hizo. Me contarían después, que al decirlo, varias preguntas aparecieron volando por el aire. Porque nunca podrá saberse a ciencia cierta si la exhortación era un mero recurso dialéctico de arenga vehemente a los fieles de dentro y fuera del recinto, o si bajo lo dicho subyace el convencimiento certero del orador de que la “modernidad” desarrollada por los“nuevos valores” ha conseguido que nada de lo importante sea ya igual en el mismopartido. Ni en sus luces ni en sus sombras. Y que todo ello no tenga un único responsable.

¿Cuando perdió la política su sentido épico? Hace tiempo. En los mítines puede que (aún muy ligeramente) se respire algo parecido al rememorar las palabras el fragor del digno combate, la sangre ardiente de los convencidos, y cierta clase de amor hacia unos ideales. Las vísceras al descubierto. Están pensados para que la vehemencia contagiosa se derrame y levante (literalmente) de los asientos a las personas que desde abajo del escenario escuchan, ebrios de orgullo por estar allí y pertenecer a una especie privilegiada sus almas y corazones.

Un mitin se hace para eso, para crear y relanzar el entusiasmo a la cara de los asistentes de modo que rebote nuevamente al mitinero y éste pueda seguir ensalzando virtudes del grupo elegido y las haga caer como lluvia benéfica sobre los asistentes, y éstos, al salir del local, investidos, se conviertan en máquinas reproductoras de luz y energía. Busca su parte de abducción como en las sectas, ciertos rasgos del rito. La unión, la confraternidad de muchos, la creencia a ultranza en que los postulados que allí se defienden son de lo mejor en su especie. El orgullo de pertenencia para los desheredados. El suave y persistente aroma del perfume que llega a las pituitarias de los medios de comunicación y hace reconocible una marca.

Hacer bien un mitin es todo un arte, aunque tenga sus coletazos de engaño. Y existen grandes mitineros. Lo son porque enardecen, porque hacen subir y bajar la euforia de quienes, entregados, escuchan adorando y ensalzando a “los nuestros”, para pasar luego a criticar a “los adversarios” hasta con sus gotas de ingenio y mala uva. Al estilo de los grandes conciertos de rock en los que, como decía Miguel Rios, es preciso suavizar,modular y hasta tranquilizar después de los acordes más fuertes y elevados, próximos al paroxismo, que tiene ese tipo de música.

Pero los mítines ni quitan ni dan votos. Son una mera puesta en escena. Y además no certera. Puro postureo ¿pues qué sentido tiene rememorar muchas de las virtudes colectivas que hicieron grande a una organización si su buen cumplimiento no se reconoce, ni tampoco a quienes las practican?. ¿Y cómo defender unos cambios estéticos que han desarbolado las naves potentes del discurso (por la vía de los hechos prácticos)y las señas de identidad centenarias, dado que los marineros solo se dedican a enfocar el catalejo alrededor de su propia supervivencia, olvidando ex profeso a causas y antecesores en una ruptura sin parangón de la cadena de eslabones que significa un conjunto solidario?

La autora pertenece a CONTEXTO ACTUAL , un grupo de opinion formado por especialistas en diversas materias, preocupados por la situación actual.

Sobre el Autor

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Periódico Digital creado en diciembre de 2009, con información, opinión, imágenes y vídeos sobre Extremadura, principalmente, con especial atención al periodismo humano.

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