RICARDO Y SALADINO (II)

Tecleando la primera parte de este relato intrahistórico, ya dimos algunos pelos y señales de nuestra paisana Eufrasia Barroso Alfonso, dejándola en los albores de una guerra (1936) en la que los cuatro jinetes del Apocalipsis saltaron el estrecho de Gibraltar y patearon a conciencia a este país de espadones ultramontanos. 

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Mil doscientos veinticinco años antes,  Táriq Benzema ibn Ziyad ad-Layti, general de los bereberes Nafza, y Abu Ab dar.Rahman Musa ibn Nusair, caudillo musulmán yemení y gobernador y general del califato Damasquino Omeya en Ifriqiya (actual Túnez),  también saltaron el charco y se zamparon a visigodos e hispano-romanos en cuatro días.

En el pueblo le decían Ti Ufrasia a la nieta paterna de Ti Martín Barroso Cáceres y de Ti María Montero Barroso.  Ella le tenía gran pavor a los moros.  No los había visto nunca, pero le bastaba con las descripciones que le hacían los pobres soldados del lugar que regresaban del matadero marroquí.  Carne de cañón para salvaguardar de los nativos los grandes intereses que tenía allí la Compañía Española de Minas del Rif.  La oligarquía hispana defendía con uñas y dientes aquel negocio que le  reportaba millonarios dividendos.  Apellidos desgraciadamente ilustres resonaban en los casinos de Melilla: Romanones, Güell, Zubiría, Motrico…  Hasta el mismo rey Alfonso XIII, bisabuelo del actual ciudadano Felipe VI, era uno de los mayores accionistas.  Por ello, no tendría empacho en practicar el terrorismo de Estado, permitiendo que España fuera el primer país del mundo que empleó la aviación para bombardear con productos químicos los aduares de los desharrapados rifeños.  Cientos de  mujeres y niños murieron asfixiados en sus pedregosos poblados.  Rifeños, aguerridos guerrilleros bereberes o amaziges, que, calamitosamente, en un número aproximado a los 100.000 fueron reclutados por el ejército franco-fascista en 1936, con el cuento de una guerra santa y con el cebique de unas pesetas,  que era toda una tentación para los avarientos ojos de aquellos indígenas sumidos en la miseria.  Todavía quedan viejos que hicieron la guerra, o sus viudas, que siguen cobrando la paga.  Ni que decir tiene que aquellas 100.000 gumías, con las que rebanaron miles de gargantas republicanas, fueron imprescindibles para que los golpistas ganaran la contienda.  Puro sarcasmo: musulmanes convertidos en terroristas en una guerra que el obispo de Salamanca, Enrique Plá Daniel, catalogó de Cruzada el día 30 de septiembre de 1936, con la anuencia del resto de los obispos.  ¿Si las Cruzadas se hacían contra los moros, qué pintaban tantos miles de mahometanos en ella?  Y, luego, José María Gil Robles, adalid de las huestes derechistas de la CEDA, entregando medio millón de pesetas al general golpista Emilio Mola, para sufragar algunos agujeros de la guerra.  Dinero procedente de la jerarquía eclesiástica española y del Vaticano, que fueron quienes financiaron parte de  la campaña electoral de la coalición de derechas en febrero del 36.  Y, luego, docenas de curas navarros colgando los hábitos e integrándose en el Requeté para pegar tiros contra los “rojos”.  Y, luego, el dictador Franco con su guardia mora…  La huella del moro dejó temible y sanguinolenta sombra sobre la España republicana, y también sobre la otra, donde triunfaron los alzados: generales imbuidos de ímpetus bélicos, con poco bagaje cultural y defensores del más rancio conservadurismo y ultracatolicismo.  Al contrario que los generales que se mantuvieron fieles a la República, que fueron la mayoría.

 

TERRORISTAS

Han seguido los cruzados a lo largo de los tiempos. Son los herederos de Ricardo Corazón de León y sus coaligados.  Y ha seguido el sufismo militante y fanatizado de muchos de los que rodearon a Saladino.  Ahora, los trabuquetes, algarradas, almajaneques, manganeles, balistas, onagros o el fuego griego se han sustituido por morteros, obuses, cañones, ametralladores, misiles balísticos, bombas que caen de los cielos y otras destructivas artillerías.  Odios larvados de tirios y troyanos, de romanos y cartagineses, de moros y cristianos, de cristinos y carlistas, de rojos y azules…  Enconos que llevan al terrorismo despiadado y sin alma.  Tanto monta, monta tanto.  Recuerdo como si fuese ayer un 25 de septiembre, manchado por la lacra de aquel terrorismo de Estado que firmaba con las siglas del GAL.  Ciertos señores X  ametrallaron el bar “Monbar”, en Bayona. Cuatro presuntos etarras fueron asesinados.  Era día de feria en el cercano pueblo de Ahigal y aún coleaban los festejos del Cristo de la Paz en aquel otro pueblo incrustado en la horca que forman el río Alagón y la Rivera del Bronco.  Todavía conservábamos espesa y ondulada melena de caoba y no habían aparecido las patas de gallo en nuestras sienes.  Tomábamos unos vinos en la tasca que regentaba Heliodoro Martín Barroso, “El Chispa”.  Por allí andaba su madre, Eufrasia.  La televisión interrumpió su programación para dar cuenta de la noticia.  Había mucho trajín en el bar.  Alguien comentó: -“Ya han matau a ótruh cuatru  en el Paíh Vahcu”.  Eufrasia saltó como un resorte: -“¡La madre que loh parió a tóh loh de la ETA y maldita sea  la lechi que leh han dau!”  Se escuchó otra voz: -“¡Que ehta vé no han síu loh de la ETA, que han síu loh del GAL”.  No sabemos que entendería Eufrasia, pero replicó rápidamente: -“Si han síu loh de “Me Da Igual“, poh a mí me da  lo mehmu, que pal casu son tóh iguálih, que naidi puedi dihponel de la vida de naidi”.

¡Cuánta razón tenía la nieta materna de Ti Miguel Alfonso Floriano y de Ti Candelas Jiménez Sánchez! El terrorismo, sea blanco o negro, debe ser radicalmente condenado y sus miembros purgar en los calabozos los años que la Justicia les eche encima.  Pero, ¡ojo!, igual que debemos criminalizar a los asesinos que aprietan el gatillo, o destripan con una furgoneta a los viandantes o los apuñalan por la espalda, también hay que incriminar a todos esos grises personajes que, sentados en los Grandes Consejos de Administración, planean sus diabólicas  geoestrategias y protegen a sus castas políticas y financieras.  Ellos son los herederos de quienes se repartieron con un tiralíneas y esquilmaron los recursos de África o América Latina.  Los que llaman “primos” o “compadres” a los jeques de monarquías medievales, donde los derechos humanos brillan por su ausencia, mientras con sus aeroplanos abren las  entrañas de miles de civiles en otros países musulmanes, enfrentan a muerte a comunidades que vivían en paz y convierten en mera ruina a pueblos y ciudades. ¿Dónde anda  el Trío de  las Azores (aún no ha rendido cuentas por no respetar el mandato de la ONU), del que formaba parte aquel joven ultra que respondía por José María Aznar López y que acabaría, en su madurez, afiliándose al PP y llegando a ser  presidente del Gobierno de España?  Petróleo, gas, supuestas  armas de destrucción masiva…, todo es válido para incubar el huevo de la serpiente.  Los que, con sus servicios de Inteligencia, quitan y ponen gobernantes a su capricho, mandando al infierno a todos los que no les  bailan el agua; de ello sabe mucho la CIA y ciertos gobernantes estadounidenses que dan un tufo a imperialismo que tira para atrás y a los que, como perritos falderos, rinde  pleitesía la Unión Europea.   Hipocresía y cinismo a manos llenas.  De aquellos barros vienen estos lodos.  Y ya se sabe: el que siembra vientos, recoge tempestades.  Luego, esas aborregadas masas que solo transportan carne y huesos y no cabezas críticas y pensantes, vomitan toda su xenofobia en las redes sociales, repitiendo como guacamayos consignas propias de la extrema derecha y del nacionalismo racista  más rancio y más cutre, demonizando a quienes  tenemos la osadía de ser radicales y revolucionarios.  Sí,  radicales (del latín “radicalis”)  porque nos gusta buscar la raíz de las cosas para  analizarlas mejor y fundamentarlas con argumentos sólidos.  Y revolucionarios (del latín “revolutio” o “revolutum”), porque queremos dar la vuelta a esta sociedad  agusanada e insolidaria y promover todo un cambio social, cultural y económico.  Desgraciadamente, las  fuerzas reaccionarias (conservadores y neoliberales) han prostituido tan bellas palabras y, ahora, el pueblo se asusta cuando oye mentarlas.  El terrorismo cavernario y manipulador sigue al pie de la letra a su gran maestro: Paul Joseph Goebbels, ministro de Propaganda  del Tercer Reich.

Siguen coleando los ríos de sangre que, hace poco, dejó el terror en tierras catalanas.  Abominables tragedias, que hay que condenar sin paliativos pero profundizando en el túnel que nos lleva al nido de la sierpe y no en las frías venganzas que claman los que solo creen en sectarias, bipolares y manchadas banderas y patrias bicolores.  El escritor Daniel Estulin, propuesto para el premio “Pulitzer” y el Nobel de la Paz, afirma en su nuevo libro “Fuera de Control”, que “detrás el Estado Islámico están la CIA y el M16”.  Estulin sabe bien lo que escribe; por algo fue miembro del contraespionaje.  Siente el fétido aliento del imperialismo en su nuca y es considerado como un terrorista en los EEUU de Norteamérica.  Aparte de constatar que los atentados consiguen que los países en donde se producen recorten drásticamente los derechos constitucionales en nombre de la seguridad, lanza cargas con millones de toneladas de trinitrotolueno: “Se producen 50.000 informes al año sobre terrorismo y aun así no son capaces de detectar supuestamente que el banco UBS en Suiza tiene 19.000 cuentas secretas donde hay 54.000 millones de dólares que la CIA, el M16 y el Mossad usan para financiar el terrorismo internacional.  Y esto no lo digo yo.  Lo dijo un empleado de dicho banco, llamado Brad Birkenfeld.  No hay buenos ni malos en esta película, sino intereses geopolíticos”.

POETA ENTRE LAS  BRUMAS

Dejamos a Ricardo y a Saladino en los oscuros recovecos de la Historia y apartamos también a sus legítimos herederos, que no de familiar herencia, y nos vamos en busca de nuestro poeta.  Espesas son las brumas y, a veces, es muy difícil no perderse entre ellas.  Nuestra Eufrasia Barroso Alfonso, la rolla y prima hermana de mi padre, tuvo la mala suerte de extraviarse entre esas endiabladas borrinas el mismo día en que tampoco encontraba la salida el famoso futbolista y entrenador escocés Robert Campbell.  En esa luctuosa jornada, considerada como el Día Internacional del Bombero Forestal, se produjo un terremoto en Venezuela (¡ay Venezuela de mis amores, tan manipulada por la caverna mediática, tan desabastecida y tan vilipendiada por la neoliberal oligarquía criolla!).  El almanaque señalaba el 4 de mayo de 2009, festividad de Santa Antonina y San Curcódomo.

Medio ateridos por el denso frío de la niebla, hallamos al poeta de nuestros maltrechos inviernos, aquel que en todo tiempo dio la cara e incluso puso la otra mejilla para que se la abofetearan.  Siempre su musa en sus labios.  Lloroso, nos pasó sus últimas estrofas.  A veces, los reencuentros cierran el camino a la esperanza:

“En sala que es solaz de los docentes,

te vi embutida en tu estampado.

Me ardía el nervio y el amor desenfrenado

y bruxismo trotaba entre mis dientes.

 

Seguías con tus tics indiferentes

tras estío desteñido en su azulado.

Tu silencio de osario y calculado,

frígido y sin vírgulas tangentes,

 

calores me los volvieron yerto hielo.

No esperaba encontrarte a mi regreso.

Campanas oí sin oír  muy bien su vuelo.

 

Ni un hola ni en la faz un triste beso.

Te miré sin alzar  los pies del suelo

y aullé sin llanto por pinchar en hueso”.

 

 

 

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