La seguridad alimentaria es, en esencia, la garantía de que los alimentos que llegan a nuestras mesas son inocuos, nutritivos y accesibles. Sin embargo, en los últimos años hemos visto cómo la interdependencia entre la salud animal, los sistemas de producción alimentaria y el bienestar humano se ha hecho cada vez más evidente. Este vínculo complejo se ha puesto de manifiesto tanto en debates científicos como en acontecimientos concretos: desde brotes de enfermedades animales hasta la necesidad de reforzar los sistemas de vigilancia sanitaria en toda la cadena alimentaria. En 2026, estas cuestiones no sólo siguen sobre la mesa, sino que se han convertido en parte de una agenda global para garantizar la seguridad alimentaria de forma sostenible y resistente a futuras crisis.
La salud animal es un pilar fundamental de la seguridad alimentaria. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha subrayado que mejorar la salud de los animales, incluyendo la prevención de infecciones y el control de residuos de medicamentos veterinarios, es esencial para garantizar que los productos de origen animal sean seguros para el consumo humano. Desde la granja hasta la mesa, cualquier fallo en este proceso puede tener consecuencias directas para los consumidores, no sólo en términos de salud, sino también respecto a la disponibilidad y la confianza en los alimentos.
Un ejemplo claro de estas interconexiones es la respuesta global ante brotes de enfermedades animales que, aunque no afecten directamente a los humanos, sí pueden tener impactos económicos y sociales muy graves. En España, la aparición de focos de peste porcina africana en fauna silvestre ha obligado a activar protocolos estrictos de bioseguridad que no solamente buscan contener la enfermedad, sino también proteger la reputación sanitaria del sector porcino y evitar la interrupción de mercados de exportación. Aunque la peste porcina africana no representa un riesgo directo para la salud humana, su presencia puede provocar restricciones comerciales, pérdidas económicas considerables y, en última instancia, una menor disponibilidad de alimentos cárnicos en los sistemas productivos.
Este tipo de eventos no son aislados. Las autoridades europeas y nacionales han adoptado el enfoque “Una sola salud”, One Health, que reconoce que la salud humana, la animal y la ambiental están estrechamente interrelacionadas. Así, la vigilancia epidemiológica, la investigación conjunta entre sectores y la formación de profesionales con una visión transversal se consideran estrategias clave para anticipar y responder a las amenazas sanitarias emergentes que puedan comprometer la seguridad alimentaria.
Para los consumidores, esto se traduce en una mayor protección, pero también en desafíos adicionales. Por ejemplo, la detección de bacterias como salmonella o Listeria monocytogenes en productos de origen animal puede llevar a retiradas masivas del mercado y generar alarmas que afectan la confianza pública en los alimentos disponibles. En los últimos meses, alertas por presencia de salmonella en productos cárnicos han sido motivo de retirada de lotes completos hasta que se comprueba su inocuidad. Esto pone de relieve no sólo la importancia de sistemas robustos de control sanitario, sino también de una comunicación transparente y efectiva hacia los consumidores.
En España, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) trabaja de forma constante para coordinar estas actividades y reforzar los mecanismos de respuesta ante cualquier desafío alimentario. La complejidad de estos sistemas exige una colaboración estrecha entre veterinarios, autoridades sanitarias, productores y demás actores de la cadena alimentaria; todos ellos tienen un papel en la prevención de riesgos y en la respuesta rápida ante cualquier amenaza.
La salud animal también influye en el mercado y en las decisiones de los consumidores. Hoy en día, muchos consumidores están cada vez más conscientes y preocupados por el bienestar de los animales y por cómo este puede influir en la calidad de los alimentos que adquieren. Esto se ve reflejado en estudios que muestran que los productos asociados a estándares más altos de bienestar animal a menudo gozan de preferencia y pueden incluso alcanzar primas de precio en el mercado. Este fenómeno plantea una brecha interesante entre lo que los consumidores desean y lo que los sistemas de producción tradicionales pueden ofrecer, reforzando debates sobre sostenibilidad, ética y seguridad alimentaria.
Sin embargo, esta interconexión no está exenta de tensiones. Un ejemplo sutil, pero ilustrativo es la crítica al sistema Nutri-Score desde la perspectiva de la seguridad alimentaria. Aunque Nutri-Score se diseñó para ofrecer a los consumidores una guía rápida sobre la calidad nutricional de los alimentos, algunos expertos argumentan que puede no reflejar adecuadamente la complejidad de la realidad alimentaria y, en algunos casos, desincentivar productos tradicionalmente sanos o esenciales en dietas equilibradas. En un contexto donde la seguridad alimentaria ya está bajo presión por factores como enfermedades animales o crisis en la producción, este tipo de etiquetas añaden confusión o prioridades contrapuestas en las decisiones de compra de los consumidores, especialmente cuando se percibe que penaliza ciertos alimentos que, desde la perspectiva de sistemas alimentarios sostenibles, son seguros y nutritivos. La seguridad alimentaria también depende de comunicar de forma precisa y contextualizada, sin simplificaciones que puedan distorsionar decisiones que tienen implicaciones en la salud pública general.
Tomando perspectiva, es claro que los riesgos vinculados a la salud animal se traducen directamente en desafíos para la seguridad alimentaria. Un brote animal no solo puede implicar sacrificios masivos, restricciones comerciales o pérdidas económicas, también puede disminuir la disponibilidad de determinado alimento y aumentar la vulnerabilidad de los consumidores ante la escasez o la subida de precios. Por ello, la prevención y el control de enfermedades animales deben ser prioridades políticas y sociales.
Finalmente, es importante recordar que garantizar la seguridad alimentaria no es un proceso estático: demanda adaptación continua a nuevas amenazas, inversión en investigación y tecnología, y un compromiso colectivo con prácticas responsables en toda la cadena alimentaria. Desde la producción primaria hasta el consumidor final, cada eslabón es indispensable para asegurar que los alimentos que llegan a la mesa no solo sean nutritivos, sino también seguros y producidos de forma ética.
En definitiva, la seguridad alimentaria es mucho más que controles finales en productos empaquetados; es la suma de una cadena compleja de prácticas, políticas y valores que empiezan por garantizar la salud y el bienestar de los animales que forman parte de nuestro sistema alimentario.






