¿Una información banalizada?

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Se sabe si un país u una región están subsidiados solo con escuchar o leer a sus medios.
No hay apenas sitio para informaciones que no tengan que ver con el poder de la
administración, ya sea de forma directa o por atajos. Si, como creo, y me dijo hace
muchos años un experimentado periodista, muchas de las noticias son “flor de un día”, a
qué ton involucrarse tanto en las posturas de quienes mandan, o de quienes no, ¿a que
ton seguir siempre solo lo “políticamente correcto”, o su antítesis?, ¿qué sentido tiene la
escasez de buenas crónicas, ajenas a los avatares políticos y sus actores?. La respuesta
es bastante obvia y no voy a escribirla. Es cierto que no siempre es así, en todos los
casos, sobre todo cuando se tiene mayor número de lectores, pero la tendencia está muy
marcada.

Mira que me gusta a mi lo transparente, pero lo de las redes sociales lleva camino de
banalizarlo, sin remedio. Es como un sarampión con muchos sarpullidos en un cuerpo sin
vacunar. Lo peligroso de los inventos no son ellos en sí mismos, sino su mal uso por
nosotros los humanos. Bajo el planteamiento de que todos somos iguales y cada uno,
extraordinariamente valioso, resulta que cualquier persona, temerariamente
emponderada, tiende a pensar que sabe tanto como el primer responsable de un país, su
mayor científico, o su mejor sociólogo, y se permite, con mayor o menor fortuna,
combatirlos dialécticamente en las redes. Repitiendo, la mayoría de las veces, consignas
y etiquetas elaboradas por otros. Como sucede con algunas empresas de venta de ropa
española, que la mano de obra está en Paquistán, Marruecos, Vietnam o China. La
deslocalización, ya saben.

La sociedad de hoy podrá recibir múltiples adjetivos pero sobre todos ellos se sobrepone
el de mediática. Se crean noticias por doquier, unas de relevancia y otras no,
informaciones importantes y muchos chascarrillos. Hay un objetivo ojo de pez, cuyo
ángulo de visión es extremadamente grande, de 180° o más, abierto y proyectado
continuamente sobre algunas profesiones, algunos excesos y algunos personajes, que los
vuelven protagonistas absolutos de la opinión publicada. Demasiada atención para lo que
hacen y logran. Demasiada. Y no me refiero solo a la clase política, también a muchos
participantes en programas televisivos, por ejemplo.

A mi me parece que existe también una distorsión excesiva en algunos mensajes, lo que
produce una imagen de falsa simplicidad de los mismos, demasiado plegados a una
determinada propaganda. Y me viene a la mente, por poner un ejemplo, esas crónicas
sobre las firmas de acuerdos entre unas partes que, por principio, deben ser
contrapuestas. Y entonces ¿no habría que detenerse más en las condiciones que hicieron
posible ese pacto? Pues ¿qué sentido tienen unas organizaciones creadas para defensa
de los trabajadores si siempre están de acuerdo con la patronal, llámese Administración u
otro nombre propio?. Aunque, claro, puede que estos últimos posean siempre la Verdad.


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