Ventura prolonga en Plasencia una racha impecable

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Diego Ventura certificó su undécima puerta grande en las doce corridas que componen hasta ahora su temporada al cortarle las dos orejas al quinto toro. Como el segundo -primero de su lote- no colaboró mucho con él. Le obligó y le exigió, le llevó a sacar a flote la chistera de los recursos de donde él hace también magia ante oponentes renuentes como éste. Lo paró con Bombón para, ya en banderillas, sacar a Nazarí y empezar ahí a inclinar de su parte la balanza del triunfo. Por su innata capacidad para hacerse también con embestidas que no quieren serlo, para sacarlas de su fondo de mansedumbre, para irlas tallando aun contra su voluntad, para iluminarlas frente a lo opaco de lo incierto. Nazarí es la magia hecha caballo de torear. O hecha torero, porque ¿quién duda ya que Nazarí es torero en cada segundo de su existencia? Le siguió Importante, tronco de su raíz, para seguir probando que tiene mucho de su padre en sus cualidades. Y llegó a la cara de frente en cada batida, provocándola, absorbiéndola y haciendo la suerte con natural pureza. Tuvo el impacto de la ligazón el carrusel de cortas con Remate, completamente reunido y acompasado, volcándose el torero sobre el morrillo del burel, superando sus reservas. El rejonazo fue soberbio, contundente y, por consiguiente, efectivo para coronar su victoria y hacerse con el doble premio.

Se lo negó en su primero el hecho de que cobrara una media estocada y un descabello antes y después, respectivamente, de un rejón entero. Las cartas con las que hubo de jugar fueron similares. Otro toro de escasas prestaciones y condición a la contra, al que recibió con Campina para recetarle dos rejones de castigo. Inició la faena en banderillas con Bronce, uno de esos caballos que puede que no deslumbre, pero que tiene un valor natural y puro impagable para llegarle a los toros, lidiar en la cara y hacer la suerte entre los pitones. Y todo impecable, impoluto, perfecto. Como luego Dólar, que no sólo es el caballo del par a dos manos sin cabezada, sino también aquél que sabe vestir con un empaque especial los encuentros. Pero no sólo vestirlos, sino también concebirlos. Anduvo Diego muy por encima de su oponente, dando su medida de lidiador que no levanta el pie del acelerador de su autoexigencia ni se tapa por que la materia prima que tenga sea más o menos óptima. Lo suyo es vencer. Y sólo vence quien quiere, quien puede y quien debe.

 

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