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A la ciudad provinciana le salen prohibiciones y sin embargo, sus calles peatonales están llenas de gentes embozadas que siguen bajando a la plaza de todos los afanes mientras en las cunetas de los bordes florecen las terrazas improvisadas donde no se sienta nadie. La tarde tiene un sonido en sordina de jueves denso, de día entre semana que no quiere serlo, y en medio de esa rutina átona de pasos y gestos, descienden, vertiginosos, sorpresivos, audaces, dos adolescentes en monopatín sorteando a los viandantes. Y de pronto, como sucede siempre con lo más inesperado, se rompen el silencio, lo consabido, lo cierto y uno de los chicos cae en la calle con doloroso estrépito.

Y no hay distancia ni norma sanitaria que limite el gesto de inclinarse hacia toda su largura desmadejada contra los adoquines de granito y hay manos que levantan, rostros que se acercan, gestos preocupados. Es un ser andrógino envuelto en pelo y ropa ancha que, apenas incorporado, mira la palma de su mano con preocupación mientras la rodilla desgarrada se rompe y sangra. Sin embargo, es la pantalla del móvil la que ha salido indemne de la caída y todo lo demás es accesorio, huesos, piel, ropa… la sangre puede verterse sobre la calle detenida en el acto de caer, pero no el cristal fragmentado de un móvil que conservas en la mano como esa parte de tu persona que late al unísono de tu pulso. Puedes romperte los huesos, desgarrar la carne, pero que la pantalla, incólume, se mantenga entera, el roto del pantalón teñido en sangre. Ni siquiera le has dado las gracias a quienes te han levantado, ni siquiera reparas en el rastro rojo del suelo. Buscas el monopatín sin elevar la vista, subes a él desprendiéndote de las manos que tratan de ayudarte y regresas a la bajada veloz de la calle detenida de gente y preocupación.

-Ya podía haberse roto la cabeza.

Hay algo más allá de la ingratitud adolescente, de la caída libre de cualquier rastro de consideración. Y es el gesto inmediato de mirar la pantalla del móvil. No importa nada más, ni aquel que se ha precipitado en tu ayuda ni tu rodilla maltrecha. Es el móvil el único afán. Y la gente contempla al ser alado, vertiginoso, que se aleja sin un solo ademán, la huella de la sangre en la baldosa como único rastro de la caída. Nada ha pasado, todo está bien, se recobra la marcha del paseo y aquellos que se inclinaron hacia el suelo siguen aún con la mano tendida, sorprendida en el gesto de sujetar, cuidar, levantar sin esperar agradecimiento.

Sin recibir ni siquiera una mirada de alivio.

Vuelve el caudal de la calle a seguir su curso sosegado de paseo por unos momentos detenido. El chasquido del golpe, la exclamación ahogada, el susto… nada tiene importancia. La pantalla está entera y no existe más nada. Un momento después, alguien pisa la sangre derramada. La imagen detenida, el golpe sordo no ha sucedido nunca, es la puesta en escena de un tiempo de gestos sin palabras. Qué agotada tristeza de la tarde quieta, súbitamente quebrada.

 

 

 

 


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