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Las caballas no se rinden

Cientos de ceutíes han ido a Madrid para gritar por las calles de la capital que ‘Ceuta no se vende. Ceuta se defiende’. 

CON CRITERIO | Las caballas no se rinden

Paco de Borja, Madrid-Cáceres. 26 de octubre de 2026.

Yo tengo amistades en Ceuta con las que contacto muy a menudo y sé de su hartazgo, desesperación e indignación. Hay un momento en que la paciencia deja de ser una virtud y empieza a parecerse demasiado a la resignación.  Las mujeres caballas han decidido no cruzar esa frontera. Ayer, domingo 25 de octubre, llevaron hasta Madrid una reclamación elemental: recuperar la tranquilidad de su ciudad. Unas 30.000 personas, según la Delegación del Gobierno, acompañaron la convocatoria. Ceuta consiguió hacerse escuchar junto al Congreso. Ahora falta que la escuchen dentro.

Han transcurrido casi tres meses desde las entradas masivas de finales de julio. El presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, cifra en unos 15.000 los migrantes que permanecen en la ciudad. Conviene atribuir el dato, porque el rigor también obliga cuando una causa nos conmueve. Pero esa cautela no rebaja la urgencia de la pregunta: ¿qué respuesta puede ofrecer el Estado a una población que sigue reclamando recuperar su vida cotidiana?

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Maxi Lacasa, portavoz de Mujeres Caballas, ha descrito la situación como una especie de autoconfinamiento. Habla de mujeres que modifican sus horarios, de preocupación por las hijas, de servicios públicos sometidos a una demanda extraordinaria. Son testimonios que deben escucharse y denuncias que deben contrastarse. Despacharlos con una etiqueta ideológica sería una forma especialmente cómoda de desentenderse de quienes los formulan.

Porque reclamar seguridad es legítimo. Querer caminar sin miedo, disponer de atención sanitaria suficiente o pedir una frontera eficaz no convierte a nadie, por sí mismo, en enemigo de la humanidad. Tampoco convierte a cada inmigrante en culpable. La responsabilidad por un delito es individual. La responsabilidad de gobernar una crisis tiene nombres, competencias y presupuestos.

Por eso prefiero hablar de una crisis migratoria pendiente de resolver y de una ciudad sometida a una presión extraordinaria. La palabra «ocupación» puede expresar el sentimiento de algunos vecinos, pero resulta imprecisa para describir la situación de miles de personas cuyas circunstancias no son idénticas. La contundencia no necesita exageraciones. Necesita argumentos.

Las convocantes reclaman refuerzos fronterizos, cambios normativos y medidas que permitan recuperar la normalidad. Han fijado un plazo de treinta días para que sus exigencias se traduzcan en cambios. Ese plazo expresa su impaciencia; corresponde al Gobierno explicar qué puede ejecutar, con qué recursos y en qué calendario.

Mi apoyo está con su derecho a vivir tranquilas y a exigir cuentas. Con una respuesta que proteja a los vecinos, atienda dignamente a quienes han llegado y aplique la ley con garantías. Ninguna ciudad debería soportar sola una crisis de esta dimensión. Ningún gobernante debería acostumbrarse a administrar el cansancio de sus ciudadanos.

Ayer gritaron que Ceuta no se rinde. Harían bien en escucharlas quienes confunden el paso del tiempo con la solución de los problemas. Ellas han anunciado su perseverancia en la calle, el Estado tiene que demostrar la suya en los hechos.

La paciencia de las caballas no puede seguir siendo el recurso más barato del Gobierno.


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