Hay políticos que pasan por las instituciones y otros que dejan en ellas una manera de estar. Luciano “Chano” Fernández Gómez pertenecía a los segundos.
CON CRITERIO
PACO DE BORJA
Luciano Fernández. Chano. Su muerte, a los 74 años, no supone únicamente la desaparición de un veterano dirigente de la izquierda extremeña. Se va también una forma de entender la política basada en la palabra razonada, el respeto al adversario, la cultura y la inteligencia puesta al servicio del diálogo.
Chano Fernández fue muchas cosas a lo largo de su vida pública: profesor, sindicalista, comunista, dirigente político, diputado autonómico, vicepresidente de la Asamblea de Extremadura y, finalmente, una de esas voces que seguían estando presentes incluso cuando ya no ocupaban la primera línea institucional.
Pero fue, por encima de todo, un hombre político en el sentido más noble de la expresión.
Comenzó su trayectoria en el Partido Comunista de España, estuvo estrechamente vinculado a Comisiones Obreras y atravesó después aquella evolución de la izquierda española que desembocó en Nueva Izquierda y, finalmente, en su incorporación al PSOE.
Su recorrido ideológico fue también el reflejo de una generación que vivió intensamente los debates, rupturas y reconstrucciones de la izquierda española durante las últimas décadas del siglo XX. Y Chano los vivió pensando. Pensando mucho.
Porque quienes le conocieron saben que detrás del político había un hombre culto, lector, formado y con una especial capacidad para interpretar la realidad sin necesidad de elevar la voz.
En una época en la que demasiadas veces la política parece premiar el aspaviento, la simplificación y el insulto, recordar a Chano Fernández obliga también a recordar que hubo —y todavía hay— otra manera de ejercerla. La de escuchar antes de responder. La de discrepar sin despreciar. La de defender ideas firmes sin convertir al contrario en enemigo.
Durante varias legislaturas ocupó un escaño en la Asamblea de Extremadura, donde terminó convirtiéndose en una de las figuras más reconocibles del parlamentarismo autonómico.
Entre 2007 y 2011 ejerció como vicepresidente primero de la Cámara. No fue un cargo menor.
La Asamblea extremeña vivía entonces años importantes para la consolidación institucional de la comunidad autónoma, y Fernández contribuyó desde la Mesa del Parlamento a reforzar una cultura política basada en la firmeza de las convicciones y el respeto institucional.
Era listo —muy listo—, pero nunca necesitaba demostrarlo a cada minuto. Poseía esa inteligencia tranquila que suele distinguir a quienes han leído, han vivido y han comprendido que una conversación puede resultar mucho más eficaz que cien proclamas.
Su vinculación con la educación tampoco fue accidental. Profesor de profesión, nunca perdió esa vocación pedagógica que probablemente condicionó también su manera de intervenir en la vida pública: explicar, argumentar, convencer.
En los últimos años siguió participando en debates, tertulias y medios de comunicación. La política continuaba interesándole porque, en realidad, nunca dejó de formar parte de su vida.
También siguió vinculado al ámbito educativo y cultural como integrante del Consejo Escolar de Extremadura, donde había sido designado como personalidad de reconocido prestigio.
Hasta el final permaneció conectado con esa Extremadura que había ayudado a construir desde diferentes posiciones ideológicas e institucionales.
Su fallecimiento ha provocado una profunda consternación en el socialismo extremeño, pero sería injusto reducir su figura únicamente a unas siglas.
Chano Fernández perteneció a la izquierda, sin duda, y nunca ocultó sus convicciones. Pero perteneció también a algo más amplio: a la cultura democrática extremeña. A aquella generación que llegó a las instituciones cuando todavía estaba casi todo por hacer y que contribuyó, con aciertos y errores, a levantar la arquitectura política de nuestra autonomía.
Hoy desaparece uno de aquellos hombres. Un político culto. Un parlamentario respetado. Un hombre dialogante. Y quizá precisamente por eso su ausencia pesa más en estos tiempos de trincheras, consignas y ruido. Porque hay personas cuya muerte nos obliga también a mirar alrededor y preguntarnos qué hemos perdido por el camino.
Chano Fernández deja una trayectoria política larga, intensa y coherente con su tiempo. Pero deja, sobre todo, algo que ningún cargo puede conceder y ningún currículo puede garantizar: el respeto de quienes pensaban como él y también de muchos que pensaban exactamente lo contrario. Eso, en política, probablemente sea uno de los mejores epitafios posibles.
Que la tierra te sea leve. Un abrazo eterno, querido Chano.






