Un nuevo libro recupera la figura de la pintora francesa, extremeña de corazón, cuya obra quedó durante décadas parcialmente eclipsada por la enorme proyección de su marido, el escultor Enrique Pérez Comendador.
Paco de Borja, DEx, Cultura, 27 de octubre de 2026.
Durante muchos años, para mí Magdalena Leroux y Enrique Pérez Comendador no fueron nombres de catálogo ni personajes de museo. Formaban parte de una memoria más cercana: la amistad que mantuvieron con mis padres, esas relaciones de otra época hechas de conversación, afecto y presencia.
Por eso tiene algo de reparación íntima comprobar que un nuevo libro vuelve ahora la mirada hacia Magdalena y reclama para ella el espacio que merece en la historia del arte.

Madeleine —Magdalena— Leroux nació en París en 1902 en una familia marcada por la creación artística. Su padre, Auguste Leroux, era profesor y pintor, y aquella formación temprana le permitió construir una técnica sólida desde muy joven. Antes de instalarse en España ya había obtenido reconocimientos de enorme prestigio, entre ellos la Medalla de Oro del Salón de París en 1926 y un premio en el Prix de Rome.
Su llegada a Madrid se produjo en 1929 como pensionada de la Casa de Velázquez. Había estudiado y admirado a Velázquez, Zurbarán y Goya. En España encontró esa tradición pictórica que buscaba y también conoció a Enrique Pérez Comendador, con quien se casaría en París en 1931.
A partir de ahí comenzó una vida compartida entre viajes, pintura y escultura, pero conviene subrayarlo: Magdalena nunca fue únicamente “la esposa de”.
Cultivó el paisaje, el retrato, el bodegón y la composición, trabajó como ilustradora y desarrolló una especial sensibilidad para la luz y el color. Expuso en ciudades como París, Madrid, Cáceres, Roma, Barcelona, Bilbao, Badajoz, Valencia o El Cairo, y su obra pasó a formar parte de colecciones públicas y privadas dentro y fuera de España.
Tal vez el problema fue precisamente ese desequilibrio de visibilidad: Pérez Comendador tuvo una enorme presencia pública y Magdalena una personalidad mucho más discreta.
La historia del arte ha dejado demasiadas veces a las mujeres creadoras en el margen, asociadas al apellido del marido antes que reconocidas por la firma que aparece en sus propios lienzos.
Hoy, el Museo Pérez Comendador-Leroux de Hervás conserva buena parte del legado de ambos. Allí dialogan la escultura del artista extremeño y la pintura de Magdalena, permitiendo entender dos trayectorias distintas que compartieron vida y época sin dejar de poseer identidad propia.

Magdalena sobrevivió cuatro años a Enrique. Tras la muerte del escultor en 1981, dedicó buena parte de sus últimos años a impulsar el museo que conservaría su legado. Falleció en Madrid en 1985 y el centro de Hervás abrió sus puertas un año después.
Quizá ahora haya llegado el momento de completar la historia.
Reivindicar a Magdalena Leroux no supone disminuir en nada la dimensión de Enrique Pérez Comendador. Supone, simplemente, reconocer que junto al gran escultor existió también una pintora de extraordinario talento y trayectoria propia.
Para quien alguna vez escuchó esos nombres en casa antes de encontrarlos en los libros, el reencuentro tiene además algo especial: descubrir que aquella mujer cercana a la memoria familiar era también una artista que llevaba demasiado tiempo esperando volver a ocupar el lugar que le correspondía.
Nota al margen:
Título: Magdalena Leroux, Pintora
Autor: Pedro Emilio López Calvelo
Editorial: La Experiencia Libros.






