CON CRITERIO
La política ha descubierto que emocionar resulta más rentable que explicar.
Paco de Borja
No es lo mismo un payaso político que un político payaso.
El primero podría ser un artista que hace humor con la política, exagera sus miserias, ridiculiza sus contradicciones y hasta nos ayuda a comprenderlas. El segundo es otra cosa. Es un dirigente que convierte la política en circo, el mitin en pista central y al ciudadano en público cautivo al que se le exige reír, jalear y aplaudir cuando se enciende el cartel luminoso.
Estamos entrando en campaña electoral y vuelve el espectáculo.
Uno escucha determinados mítines y acaba preguntándose qué demonios tiene que ver todo aquello con el alquiler, la cesta de la compra, la sanidad, las pensiones, el empleo, la educación de los hijos o la incertidumbre de quienes no llegan tranquilos a final de mes.
Hay políticos que ya no suben a un escenario para explicar un proyecto. Suben para soltar una ocurrencia. Para encontrar el insulto que mañana recorra las redes. Para fabricar un eslogan de quince segundos. Para que los suyos se rían del adversario, lo abucheen, lo desprecien o lo conviertan en caricatura.
Y después llega el aplauso. Ese aplauso apasionado, automático, casi litúrgico, que produce a veces una sensación inquietante: da igual lo que se diga. Importa quién lo dice.
Si el líder asegura que el cielo es verde, una parte del auditorio aplaude. Si cinco minutos después dice que siempre fue azul, vuelve a aplaudir. Y si finalmente concluye que el verdadero problema de España es discutir sobre el color del cielo o los sentimientos personales llevados a lo público, llega la ovación cerrada.
La política ha descubierto hace tiempo que emocionar resulta más rentable que explicar.
Explicar obliga a dar datos, asumir contradicciones y reconocer límites. Emocionar exige bastante menos: un enemigo, una frase rotunda y un público predispuesto.
Por eso abundan los mítines donde se habla más del rival que del país. Más del pasado que del futuro. Más de traiciones, conspiraciones, amenazas y salvaciones nacionales que de aquello tan prosaico y aburrido que consiste en administrar bien los impuestos de los ciudadanos.
El político payaso necesita además su grada. No busca ciudadanos críticos. Busca aficionados. Necesita seguidores dispuestos a celebrar incluso la simpleza, porque en el nuevo espectáculo político el éxito de una frase ya no se mide por su inteligencia, sino por el número de veces que se comparte. Y así hemos llegado a un punto extraño.
Hay declaraciones de dirigentes que pronunciadas en la barra de un bar provocarían una discusión y quizá alguna carcajada. Pronunciadas desde un atril provocan titulares, tendencias en redes sociales y ovaciones.
La campaña electoral debería ser exactamente lo contrario. Debería ser el momento en que quienes aspiran a gobernarnos explicaran qué quieren hacer, cuánto va a costar, cómo van a pagarlo y qué consecuencias tendrá. Pero eso no siempre llena pabellones.
Prometer una reforma administrativa difícilmente provoca un «¡presidente, presidente!». Explicar la financiación autonómica tampoco levanta pasiones. En cambio, llamar inútil al contrario, inventar una frase graciosa o lanzar una exageración convenientemente diseñada para indignar a media España garantiza vídeo viral para el desayuno. Y aquí aparece la gran paradoja.
Los mismos políticos que se quejan continuamente de la desafección ciudadana llevan años convirtiendo la política en un espectáculo diseñado precisamente para generar desafección. Después se sorprenden de que mucha gente piense que todos son iguales. No lo son. Pero algunos se esfuerzan muchísimo en parecerlo.
Conviene recordar algo especialmente en campaña: en las elecciones no elegimos al cómico que mejor remata una frase. Elegimos a quienes, entre varios considerandos más, administrarán hospitales, colegios, carreteras, impuestos, ayudas públicas y buena parte de las oportunidades de millones de personas.
Quizá por eso deberíamos exigirles algo más que gracia. Algo más que insultos. Algo más que consignas. Porque el problema del político payaso no es que haga reír. El problema empieza cuando nosotros dejamos de preguntarnos de qué se ríe. Y sobre todo, quién acaba pagando la función.
Paco de Borja
Con Criterio






