LA ENFERMEDAD DE ALGUNOS POLÍTICOS

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Hace ya algunos años que leí
un artículo periodístico relacionado con el síndrome  de “Hubris”,
(palabra que viene del griego “Hybris”)
y que está relacionado con las acciones infamantes, deshonestas y vergonzantes sobre
personas humildes, por el placer del que abusa de ellas.  Un tema interesante.

 

 

Según comentarios del autor, el
mal también servía para menospreciar a los dioses del Olimpo y sus leyes;
aunque principalmente estaba relacionado con
latrocinios de bienes públicos o
sagrados, y que quien lo sufría era considerado como un enfermo irracional y
desequilibrado.  Actualmente vienen sufriendo esta perversión determinados
tecnócratas, estatales y políticos gubernativos, por un exceso personal de
orgullo y confianza desmedidos; y justo por esa razón, quiero hoy divulgar este
asunto que mucha gente  desconoce.

 

 

Generalmente
suelen padecer de
altanería, desmán, huida de la realidad. Son los males que invaden a los políticos  en el ejercicio del poder, sobre todo en estas
fechas en las que la confusión, es el argumento principal en el que se
desenvuelve la vida cotidiana.

 

 

David OWEN, antiguo ministro de Asuntos Exteriores
británico y fundador del Partido Socialdemócrata en 1.981, era neurólogo de profesión en su vida cotidiana y estudió
durante algunos años el cerebro de los líderes de la clase dirigente.

 

 

Con los resultados de aquel estudio publicó en Abril
de 2.008 un libro que tituló
En la enfermedad  y en el poder.  Tan grave
lo consideró Owen, que propuso que se estudiara aquel síndrome como una
enfermedad mental y tuviera un tratamiento médico, aunque  tengo entendido que no lo consiguió.

 

 

Ejemplo claro de este tipo de personajes, fue la
decisión que tomaron en su día los Presidentes BUSH, BLAIR y AZNAR que se reunieron
en las islas Azores, con el portugués BARROSO como invitado conforme y
convencido, y deciden invadir un país:
IRAK. Según comentarios de Owen estaban
poseídos por el síndrome Hubris.

 

 

Exactamente igual que los anteriormente citados podría
poner muchísimos ejemplos, sobre todo de políticos conocidos de las últimas
décadas de nuestra historia y hasta con milimétricos detalles de su
personalidad (para eso están las hemerotecas); y ahí están los casos de 
ADOLF HITLER con el “Síndrome de Hubris” o embriaguez
del poder; es decir, persistencia en el error e incapacidad para cambiar de
rumbo en su toma de decisiones.

 

 

Es
un síntoma muy frecuente cuando se alcanza la cumbre del poder. Se acerca bastante al trastorno
narcisista de la personalidad, reconocido como patología. El mencionado síndrome fue crítico cuando, en 1941, HITLER
anunció que Alemania e Italia se veían obligadas, junto a Japón, a “llevar
a cabo la lucha por la defensa y, de este modo, por el mantenimiento de la
libertad y la independencia de sus pueblos e imperios contra los Estados Unidos
de América e Inglaterra”.

 

 

Había
llegado a un punto en su mando, en el que sus juicios, sus ideas y sus
percepciones eran lo único que contaba.
Se había vuelto totalmente impermeable a las opiniones de los demás y estaba cometiendo
errores enormes, característicos del síndrome 
del Hubris.

 

 

Les acometía una exagerada confianza en sí mismos, y ya no
escucharon ni a sus asesores, ni a sus ciudadanos, se creían en posesión
absoluta de la verdad, con capacidad para hacer y deshacer según su voluntad,
no reconociendo sus errores hasta después de un largo periodo de tiempo, aunque
sus más cercanos les asesoren lo contrario.

 

 

En el mundo de la política suele pasar con mayor
motivo, porque no se impone solo su valía personal, sino la lucha de intereses
y el triunfo sobre los contrarios aún no estando asegurado que sean los mejores
de su partido, solamente se lo creen ellos, pero saben imponerse.

 

 

Los enfermos de Hubris suelen tener casi siempre la misma patología; es decir: Salen de sus hogares anónimos, de sus
magisterios, doctrinas, tribunas o de un despacho de asesorías, o de una
fábrica cualquiera, y en un principio
se sienten incrédulos de su propia capacidad
. Luego cuando empiezan a situarse, una nube de serviles y
halagadores, se apresuran “haciéndoles la pelota” para
convencerles de sus excelencias y para  medrar a su costa y conseguir  mejores provechos.

 

 

Cuando el líder ya
está seguro de ello
, llega la megalomanía, es
decir acometer obras faraónicas, desde iniciar una guerra donde sea o contra
quien sea, a construir una ciudad de las Ciencias y las Artes en Valencia, o un
Aeropuerto sin aviones en Castellón de la Plana. ¡Qué más da!.  Ejemplos de ello los tenemos a cientos, es
más algunos construyen edificios “emblemáticos” que llevan su nombre
y su sello para la posteridad y eso les engorda, aunque sea en contra de la
opinión de los demás y de la economía  más frágil y enfermiza.

 

 

Desgraciadamente para nosotros, este síndrome lo
vienen padeciendo políticos, Concejales y Alcaldes desde sus Ayuntamientos, Secretarios
Generales de partidos políticos, Sindicatos, Asociaciones de todo tipo y hasta desde
la Moncloa, desde Génova y hasta desde Ferraz (y esto último sí que es triste). Por eso algunos líderes, cuando ganan
las elecciones se atreven a decir la primera noche de su victoria electoral:  El  poder  no
 me  va  a  cambiar”
,  solamente para tranquilizar  a la clientela.  

 

 

Los comentarios que reflejo en este artículo,
son un compendio de lo leído en aquel artículo de prensa que comentaba al
principio, por lo mucho que me hizo pensar y por el resultado de las ruedas de
prensa que le escucho, aunque muy de tarde en tarde al Sr. RAJOY, más los comentarios incoherentes, yerros, pifias  y desatinos en los debates del Congreso de los
Diputados, como lo de “que se jodan” de la Sra. Andrea FABRA; por eso me temo que nuestro
Sr. RAJOY padece de Hubris temprano
aunque apresurado, desde ya. 

 

 

Sería conveniente que nuestro Presidente recibiera
un tratamiento adecuado para no  caer en
desgracia, porque  eso para  nuestro 
país sería terrible y es que cuando la sumisión  y la docilidad se agotan, revienta el
consenso social, porque la resignación es el refugio de los que aceptan la
derrota.

 

 

Y todavía no ha ocurrido (como dice Carlos
Carnicero), que todos los sectores perjudicados por esta forma de entender la
política, se hayan dado cuenta de que el futuro  todavía  les  pertenece,
si tienen el coraje de vencer su miedo y su resignación.

 

 

Pero, por la trascendencia y la actualidad de
este síndrome, otro día continuaré hablando de los síntomas del mismo, porque
seguro que el autor de aquel artículo, a quien desconozco y a David OWEN les
agradaría que los mismos se divulgasen en estos tiempos que corren, aunque sea
por boca de

 

 

                                                                              JOSÉ  LUÍS 
ARELLANO  HERRERA


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