CARGO PÚBLICO, CARGA PÚBLICA

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Siempre
se sostuvo que tener un cargo público implicaba tener una carga por la
responsabilidad que supone su asunción y cometido; pero el cargo es sinónimo,
en cuanto a su singularidad, de dignidad, grado, honor, custodia, gobierno,
dirección, obligación… El cargo público es oficial, estatal, gubernativo,
administrativo; no privado o secreto, sus antónimos. El cargo es una carga con
la que hay que apechugar cuando se acepta que, por momentos, abruma, agobia,
estomaga, pero con la que es preciso apencar, cuando se asume libre y
voluntariamente.

 

            El cargo público subsume una carga
privada de soledad, críticas, sinsabores, abatimiento, acusaciones, incordios,
fastidios, hartazgos… El cargo público deviene de la voluntad libre del
elector, pero su carga no debe gravitar como pública para quienes le eligieron
para administrar en su nombre los asuntos públicos. El cargo público no debe
suponer una carga pública para el ciudadano, sino solo la que soportare el
poder de la púrpura.

 

            ¿Y qué es el “poder de la
púrpura”? Alberto Vázquez Figueroa recrea en su blog el origen de esta
expresión, siempre de actualidad. 
Recuerda el escritor que, en el año 40, el emperador Calígula invitó a
Ptolomeo, último rey de Mauritania –que era el nombre del oeste de Argelia en
los primeros años de la era cristiana–, a Roma “y, según Suetonio, cuando
este acudió al anfiteatro a presenciar un espectáculo de gladiadores, vestía
una capa de seda natural de color púrpura tan deslumbrante que atrajo la
admiración del público y provocó la envidia del emperador”. Añade el
escritor que era sabido que una prenda de tal magnificencia solo podía lograrse
a base de sumergir durante largo tiempo la mejor seda del lejano oriente en un costosísimo
tinte que solo se encontraba en las islas Purpúreas (las Canarias), “al
que muy pocos navegantes había conseguido arribar”. Suetonio -sigue
diciendo Vázquez Figueroa- asegura que el hecho de que Ptolomeo luciese algo
tan valioso venía a significar que su poder llegaba más allá que el de Roma,
por lo que el tirano Calígula ordenó su muerte y se apoderó de la capa”.
Esta anécdota, concluye, demuestra que dos mil años no significan nada y que la
avaricia de los gobernantes continúa siendo la misma, la que lleva a un
emperador a ansiar algo que le diferencie aún más del resto de los humanos.
Calígula vivió una crisis económica, hizo reformas, vació el tesoro y siguió
pidiendo dinero a la plebe. Muerto Ptolomeo, un año después fue asesinado por
sus propios pretorianos. Lo mismo que hoy, en que los políticos y banqueros  ansían tanto el “poder de la
púrpura” que desahucian a los pobres y pensionistas para enriquecerse
ellos aún más, cuando el cargo público no es, ni debe ser, sinónimo de carga
pública. La carga pública de los cargos públicos la asumen quienes ven cómo
pasa febrero y aún no tienen su tarjeta sanitaria ni la devolución del copago
prometido a primeros de enero. ¡Es tan grande el peso de la púrpura, aun siendo
tan liviana…!

 

            Agustín de Foxá se refería, en un
artículo publicado en “ABC” al “peso de la púrpura” como
“la pesadumbre del imperio y del mando”. El color púrpura se asocia a
la realeza y simboliza poder, nobleza, lujo y ambición. Su nombre proviene de
un molusco marino que segrega una tinta que, al contacto con el aire, adquiere
un color rojo más o menos oscuro, violáceo o violado, con la que se preparaba
un tinte muy costoso, con el que se daba a las vestiduras propias de sumos
sacerdotes, reyes, emperadores… y, por este motivo, era considerado en la
antigüedad como el más bello y precioso de los colores. El púrpura es un color
contradictorio: refiere, a la vez, abundancia, inteligencia, religiosidad,
dignidad, misterio, arrogancia y pasión; pero también frivolidad, orgullo y
pomposidad.

 

            Hoy se dice que Benedicto XVI no ha
podido con el “peso de la púrpura”, cuando él tan solo ha dicho:
“He llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas
para ejercer adecuadamente el ministerio petrino” y… “para gobernar
la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor
tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses ha
disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer
bien el ministerio que me fue encomendado”. Otra cosa es “sacudirse
el peso de la púrpura”, que es liberarse de las obligaciones que dan la
fama y los cargos o títulos importantes. Hay un vínculo entre esta renuncia
papal, que no abdicación ni dimisión, y otras, como la del ex presidente del
Gobierno Adolfo Suárez, el 29 de enero de 1981 cuando, al anunciar su dimisión,
la justificó con estas palabras: “No quiero que el sistema democrático de
convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España.”… El
19 de septiembre de 2006, el entonces presidente de la Junta de Extremadura,
Rodríguez Ibarra, anunciaba su renuncia a ser candidato a la Presidencia tras
veinticuatro años en el poder con estas palabras:  “Todo tiene un límite y esta etapa mía
ha llegado a su fin”, justificada por motivos de salud y tras haber
sufrido un infarto en noviembre del año anterior. El 16 de diciembre de 1999,
Julio Anguita, coordinador general de Izquierda Unida, anunciaba con un
“Hasta aquí he llegado” su renuncia a presentarse como candidato en
las siguientes elecciones generales antes de ingresar en el quirófano tras sufrir
un infarto. Era Navidad y el cardenal arzobispo de Madrid, Rouco Varela, tenía
por costumbre visitar a los enfermos en los hospitales. Le preguntaron si podía
pasar y respondió afirmativamente, siempre que fuera sin prensa ni constancia
gráfica. En un momento, Rouco le dijo que sus pastorales no se repartían en las
parroquias, porque nadie se ocupaba de hacerlo y Anguita le respondió:
“Cardenal, lo mismo ocurre con los informes en Izquierda Unida”, y se
echaron a reír… 


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