HOY MARI VA AL MERCADILLO

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“Hoy es miércoles. Como en muchos lugares de
 España, en aquel pequeño pueblo toca mercadillo. María López Jiménez, nuestra Mari, jamás falla un miércoles para cumplir con el ritual de las compras. Mari es bajita y grande, la cara y la sonrisa también grandes, con poco pelo, rizado, corto, teñido de rubio, algo pobre. Procura parecer joven pero sus años la delatan porque se hace difícil ocultarlos. Ejerce de madre, abuela y viuda. Sin embargo, lo más importante es que Mari es demasia­das cosas a pesar de no ser nadie, con pocos estudios y modesta alcurnia. Los miércoles se levanta muy tem­prano, acelera sus quehaceres. Antes de salir deja en la cocina el puchero preparado. Vive sola pero siempre varios de sus hijos o de sus nietos seguro que acuden a comer el puchero porque así pasa desde que hace años muriera su marido. En el instante en que todo queda listo en la casa ella se arregla. Es su día pues el resto de la semana apenas sale de casa para ir a misa, al super­mercado o a por el pan.

Mari, nuestra Mari, ya está en la calle. Va feliz, es su momento, sonríe. No habrá un paisano que falte por saludar cuando termine su ruta, como si fuera el Papa o el Rey. Reparte un millón de besos, se para a charlar con cualquiera. Camina moviendo sus amplias carnes agol­padas en su menuda estatura, camina hacia las afueras del pueblo, hasta el descampado donde quedan monta­dos los puestos. Hoy hace un día gris porque las nubes tapan el azul del cielo. Ropas, zapatos, verduras, colo­niales, perfumes, un millón de cosas a la venta. Todo está ya expuesto, todos esperan ya la visita de Mari…

Ella va preparada, no deja nada al azar. Lentamente escribió en papel una larga lista con su torpe letra: Zapa­tillas. Sujetador, bragas, faja. Queso, chorizo, panceta. Horquillas, gomas del pelo, diadema. Nunca apunta la fruta ni las verduras porque depende de lo que le dicte su ojo experto. Lleva el dinero muy arrugado en un pequeño monedero negro de algo parecido al escay. Es una parte de lo que recibe como pensión por la muerte prematura de su Antonio, que en paz descanse. Se santi­gua cada vez que se acuerda de él. Esa lista siempre con­cluye igual, con una sonrisa pícara de la escribiente al incluir “capricho”. Es prácticamente imposible que un miércoles de mercadillo Mari, nuestra Mari, se vuelva a casa sin su caprichito. ¡Im-po-si-ble!

Está cerca, divisa el bullicio al fondo, su cuerpo sufre el ataque feroz del “nervio comprador”. Un pla­cer enorme la recorre de arriba a abajo porque sabe que ni un solo puesto, ni un solo centímetro de cada uno de los puestos quedará sin escudriñar. Por fin está entre los estrechos pasillos. Recibirá algunos golpes por­que no hay sitio para que pasen los demás y su ancho cuerpo. Vuelve siempre con algún moratón en las pier­nas, pero eso no importa. Ella es metódica y eficaz, como una espía profesional. Primero da una vuelta de reco­nocimiento procesando los datos para atacar después. Sabe que debe ir a los puestos de la verdura y la fruta a última hora porque es lo que más pesa. Así logra llevar su carrito plegado la mayor parte del tiempo, colgado de un hombro, a modo de bolso.

Comienza la caza: Lo primero unas zapatillas de estar en casa. Ya ha visto de pasada unas rojas con ribete negro que parecen cómodas, buenas, bonitas y baratas. Por supuesto, se prueba diez para acabar comprando las rojas con ribete negro. En el tenderete de al lado busca lo que sigue: sujetador, bragas y faja. Estira, estira y estira la faja para ver si podrá entrar en ella. Tanto la estira que se le suelta de una mano. Con la fuerza que está haciendo esa mano va a dar en el rostro de un anciano, menudo y con gafas que se encuentra junto a ella. El fuerte golpe hace que el pequeño hombrecillo vuele hacia atrás cayendo al suelo como vuelan sus gafas y se rompen en dos. Mari apurada, sonrojada, preocupada, coge al anciano por los sobacos, le ayuda a levantarse a la vez que reclama su perdón por la torpeza. La cara del hombre diminuto pasa del susto al dolor para terminar sonriendo porque no lo queda otra. Quienes allí esta­ban, testigos del cómico vuelo sin motor, procuran inú­tilmente contener la risa. Pero… si alguien piensa que el suceso arredraría a Mari está equivocado. Sujetador, faja y braga en bolsa, paga prosiguiendo su ruta. Aún quedan muchas cosas por ver.

 

-Hola Luisita ¿Y tu padre? Adiós don Antonio ¿Encontró algún trabajo su hijo?… Hasta luego, me ale­gro de verte…

 

No deja de saludar a la gente como tampoco desaparece de su cabeza el caprichito. Ya se ha fijado en una blusa de un azul chillón, azul terrible, pero lo pos­pone para el final y dependiendo de lo que haya gas­tado, tanto invertirá. Panceta y chorizo, canela y laurel, ya no queda más remedio que abrir el carrito. Sobre la tierra, con los baches y las piedras, el carrito no para de botar. Precisamente una piedra anclada fuertemente al suelo sobresale más que las otras. Ella se vuelve para decirle adiós a una prima lejana, tropieza y pierde el equilibrio. Cae hacia adelante dando cuatro pasos incon­trolados, sin soltar su carrito, hasta que se topa con el policía municipal que tenía de frente, alto y delgado, haciéndole un placaje perfecto estilo rugby. La escena mueve al regocijo general: el policía municipal yace en el suelo boca arriba y las piernas abiertas. Mari entera y sus michelines sobre él, como si de una escena de sexo se tratara. Todo se para unos segundos. El servidor de la ley, totalmente asfixiado por lo que tiene encima, no atina a decir nada. Ambos se pusieron colorados como tomates, al punto del mejor gazpacho. Finalmente reac­cionan: Mari con los sudores en la frente, a trancas y barrancas, logra ponerse en pie. Mil “disculpe”, mil “lo siento”, a la vez que los dos se sacuden el polvo de sus ropas. Tardan en parar las risas de las gentes que vie­ron lo acontecido. Pero… si alguien piensa que el suceso arredraría a la buena mujer está equivocado. Dos minu­tos después Mari, nuestra Mari, prosigue su ruta con una normalidad absoluta…

Está ya en el puesto de frutas y verduras. Cebo­llas, zanahorias, manzanas, peras… La buena mujer se ha fijado en un melón que tiene magnífica pinta y se lo acercan para catar si está maduro. Mari no tiene más remedio que dejar el pequeño monedero negro de algo parecido al escay sobre el puesto. En ese momento apa­rece el ratero, nadie sabe de dónde. En cada pueblo hay mínimo un ratero, ya sea por vicio, necesidad o enfer­medad. Con la ventaja del factor sorpresa echa mano del monedero de Mari. Craso error porque la sorpresa se la lleva él. Mari ya le tiene fichado, lo ha visto venir por el rabillo del ojo. Con una violencia inusitada estampa en la cara del ratero el melón que tenía en las manos. Saltan pedazos de melón, zumo y pipas. El susto del ratero es monumental, la cara queda cual Ecce Homo restaurado. Con el golpe suelta el monedero y sale corriendo como un poseso. El frutero le regala otro melón a la mujer. La pobre aún tiene el corazón encogido. Pero… si alguien piensa que el suceso arredraría a Mari está equivocado. A nuestra compradora heroína ya solo le falta el capri­chito…

 

-Hola Pepi, siento lo de tu marido… cuanto tiempo sin verte… Da recuerdos en casa Felipe… Adiós… Adiós…

 

Ya van siendo más cortos los saludos, tiene prisa y la hora se le echa encima. Esa blusa de un azul chillón, azul terrible, le está esperando entre otras muchas, col­gada de una percha y gritándole a Mari: “¡Cómprame!”. Lo malo es que está en la otra punta del mercadillo. Ni corta ni perezosa esa dama de nuevo allá que va reco­rriendo todo el mercadillo por enésima vez. Se prueba la blusa poniéndosela encima, sabe que le queda bien, pregunta precio y se la puede permitir porque hoy no ha gastado en exceso. Las dificultades para describir la prenda llevan a omitir la cuestión. Tan solo queda en el aire la pregunta de cómo será una blusa que a esa mujer le parezca fea. Aunque sobre gustos dicen que no hay nada escrito, sobre gustos… colores…

Con el carrito hasta los topes y su nueva blusa azul terrible Mari emprende el regreso a casa. Se le ha hecho tarde por tanto ir y venir, con tanto sobresaltos y tiene que espabilar. Ya habrá gente en casa para dar buena cuenta del cocido que dejó preparado. Aviva el paso, está feliz, sonríe. Nada ni nadie podrá jamás estropear su mejor momento de la semana. Entra en casa por fin, está literalmente agotada y aún le falta colocar las com­pras, dar de comer a la familia, recoger la cocina… Podrá descansar por la tarde. Se quedará frita cuando todos se hayan marchado. Dormirá como un tronco, roncará sua­vemente, esbozará un leve gesto inconsciente de placer por lo que ha disfrutado. Descansará en su sillón con los pies hinchados puestos en alto, mientras la televisión se queda encendida, su telenovela sudamericana favorita se está acabando…

María López Jiménez, nuestra Mari de apellidos comunes, al igual que millones de “Maris” que han vivido, viven y vivirán en cada rincón del país nunca tendrá premios ni honores o reconocimientos por ser madre, abuela y viuda. Sin embargo, nuestras “Maris” son tan fundamentales, tan importantes, que si todas ellas algún día decidieran ponerse en huelga España literalmente se paralizaría por completo. Dios no lo quiera”.

 

Del libro  “Historias azules”, Ediciones Alfar, 2013.


http://www.youtube.com/watch?v=5_WkxChXa1w

 

www.azulpoesia.com

 


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