LA LECCIÓN DE ALBERTO

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Ha sido un alumno ejemplar y querido, pero ya ha terminado su carrera. Ha recibido y ha dado su última lección en el aula. Su muerte nos recuerda nuestro ser mortales, y nos llama a la verdadera sabiduría de la vida.


 


 

Ayer, bien atardecido, estaba con
los alumnos de cuarto de Magisterio de Ed. Infantil. Trabajábamos los elementos
propios para una buena acción didáctica en el aula, en concreto lo que se
refiere a crear un buen espacio educativo. La importancia del ser y el sentir
del maestro en la comunicación significativa con los alumnos. En ese momento
una alumna, sin poder contenerse me dice, yo quiero hacerte una pregunta: ¿Jesús
resucitó y dónde está? ¿Cómo fue? ¿tú lo sientes, lo ves, te habla…?
 Ella
ha estado alejada de la fe desde pequeña, sin bautizar, sin formación
catequética ni escolar en religión, y busca y busca aunque sin estructura
catecumenal.

 

A partir de ahí toda la clase se
enfocó sobre esta verdad de la fe cristiana, sobre la resurrección, y desde
ella, abocamos al tema de la muerte. ¿Qué es lo que nos duele en la
muerte?
 ¿la desaparición física del otro o la imposibilidad de
relación, de seguir amándolo y de sentirnos amados por él? Comenzaron a surgir
las experiencias, yo comencé a hablarles de la escatología pero de un
modo práctico, desde experiencias de personas que ha visto morir seres queridos
,
como la asociación “por ellos” – padres de hijos que han muerto-, otros que
conozco y quiero, y de personas que han vivido su enfermedad y su muerte de un
modo ideal y auténtico. Muchos alumnos traían a su corazón situaciones
de personas queridas, de familia, amigos…
 y las lágrimas fueron
compañeras de preguntas y respuestas. Y es que la cuestión del sentido la
tenemos metida en la estructura de nuestras entrañas y no podemos vivir sin
ella.

Hoy me encuentro con una noticia
sorprendente y dura. En Almendralejo, pueblo extremeño, ayer vivieron
en el aula de un colegio un hecho insólito. Alberto, de catorce años, se
desvaneció en la clase; los compañeros alertaron a los profesores, que llamaron
al 112 –urgencias- pero cuando llegaron no pudieron hacer nada.
 Alberto
ya no estaba, se había marchado. El diario extremeño cuenta que celebrarán su
despedida cristiana esta mañana en la parroquia de san Roque; que las clases
hoy se darán porque lo han pedido los padres de Alberto y que en otro día se le
hará un homenaje del colegio.

 

Ha sido un alumno ejemplar y
querido, pero ya ha terminado su carrera. Ha recibido y ha dado su última
lección en el aula. Su muerte nos recuerda nuestro ser mortales, y nos
llama a la verdadera sabiduría de la vida
. De eso hablábamos ayer en la
universidad, cómo yo era testigo de que personas que habían perdido a seres
queridos, a partir de esa pérdida y duelo, habían cambiado muchas cosas en su
vida, sobre todo la mirada sobre el mundo y las cosas de cada día.


Estaba leyendo ahora mismo, cómo después de esta crisis ya no volverá a ser
igual, que es necesario descubrir un nuevo modo de vivir, de pensar, de sentir,
de relacionarnos. No estaría mal, que después de la muerte de Alberto –
como de muchas otras- , que ha sido en el aula, entendiéramos la lección de la
que nos hablaba Jesús en el evangelio del Domingo pasado, cuando nos decía que
sólo una cosa es verdaderamente importante en la vida: “Amaos unos a
otros, como yo os he amado”
Por qué no entramos en el verdadero
valor y sentido de la vida, para responder a esta crisis y a todas. Deberíamos
adentrarnos en la grandeza de lo humano que se realiza en su debilidad
creatural, para reconciliarnos con lo verdadero y lo auténtico, y liberarnos de
toda apariencia que se desvanece en un solo momento con un soplo de viento
contrario.

 

Pido una oración por Alberto, y
sobre todo por su familia, sus padres; pero me pido a mí, y os ofrezco a todos,
que nos paremos diez minutos y reflexionemos, desde esta lección en el aula de
un colegio de Almendralejo, dónde está el verdadero sentido de la vida, y en
qué debemos gastarla. Ahora toca elaborar con todos sus compañeros de
colegio, no el olvido del acontecimiento sino la elaboración de un duelo
productivo
, que nos llevara a todos sus compañeros y a los adultos al
verdadero sentido de la vida, ese que recuperamos cuando sabemos integrar la
muerte, y abrirnos al sentido y a la esperanza, sabiendo que cada día
tiene un valor único y auténtico, y puede ser fecundado por el amor
.


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