DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS: EFECTOS DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN EXTREMADURA

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El
investigador extremeño Manuel Márquez Martín ha estudiado como pocos el tema
tan crucial de la provisión de fondos durante la terrible Guerra de la
Independencia, que “cogía” a Extremadura en el peor de los escenarios: en la
puerta del corredor Madrid-Lisboa. Éste es el sentido de la investigación que ahora
da a la luz bajo el significativo título de “Efectos devastadores de la Guerra
de la Independencia en Extremadura”, que se presenta en la Feria del Libro de
Badajoz el 17 de mayo.

Mucho es lo
que se ha investigado, publicado, divulgado, correspondiente a los escenarios
bélicos, a las confrontaciones, a los asedios de poblaciones de la raya durante
los años cruciales de la invasión napoleónica y la sublevación peninsular
contra los franceses. Pero las cuestiones socio-económicas de base han quedado
siempre como en un segundo plano, no obteniendo la justa atención que los
aspectos políticos y militares sí alcanzaron.

De ahí que las
documentadas investigaciones de Manuel Márquez Martín sean no solamente
oportunas sino necesarias para cubrir un vacío historiográfico, necesario para
obtener una visión de conjunto de lo que significó para nosotros la Guerra de
la Independencia. Lo que, en fin, nos han significado todas las guerras.

Y ello es: sufrimiento,
destrucción, miseria; enormes costes sociales, económicos; devastación que compromete
no ya el presente sino el futuro de la tierra afectada. Y, como llovía ya sobre
mojado, pues supuso un golpe mortal para el progreso de este territorio,
Extremadura, que fue escenario principal en la Guerra de Restauração de la
Corona portuguesa (1640-1668), en la Guerra de Sucesión de la Corona española
(1701-1714) y no fue ajena a la Guerra de los Siete Años (1756-1763).

Manuel Márquez
va desgranando a lo largo del libro los aspectos fundamentales de esa
“devastación” que sangró la economía regional a base de impuestos, requisas,
apropiaciones, con base en la legislación emanada de las autoridades del
momento; pero también nos presenta los abusos que sobre el terreno hacían con
sus depredaciones y latrocinios los ejércitos no sólo invasores sino también
“defensores”.

Nos muestra
enseguida a Alcántara como adelantada en la lucha contra el invasor, y a
continuación los tumultos de primera hora, que llevaría el descontrol y
asesinatos en Badajoz, ya desde 1808, para después centrarse en el objeto básico
de su estudio: los efectos devastadores de la Guerra.

Minuciosamente,
el autor va haciendo un recorrido documental volcado y comentado en estas
páginas sobre las diferentes Mesas Maestrales de la región y Encomiendas de la
Corona, de los Infantes de España y Órdenes Militares. Secuestros,
confiscaciones, con violencia y saqueo hacia los administradores que se
resistían o dificultaban las requisas. Los bienes retenidos a los propietarios
que habitaban en territorios ocupados por el enemigo, a los que “tutelaba” la
Junta Provincial, apropiándoselos. Recaudaciones de las rentas del Voto de
Santiago. Saqueos por el enemigo de monasterios, conventos e iglesias,
llegándose al asesinato con ensañamiento. Problemas de cobro y subsistencia de
hospitales, administradores, etc. Todo un rosario, en fin, de “luchas en la
retaguardia” por lograr recursos de supervivencia o de obtener beneficios en
las aguas revueltas de la Guerra.

El resultado
final de todo ello, con la combinación de enfrentamientos, batallas, destrucciones
directas e indirectas, dificultades para un desarrollo productivo normalizado
de la tierra, gravamen de los miles de soldados deambulando y… depredando a su
antojo, dio lugar a esa devastación que acabó de sumir en la miseria a una
región ya largamente castigada por estos conflictos. La inauguración del siglo
XIX no podía ser más catastrófica, y la miseria se generalizaría por toda
Extremadura, una vez más condenada al subdesarrollo y la subsistencia extrema,
a un saqueo que la contemporaneidad no se iba a encargar de remediar.

La aportación
documental es abrumadora, haciéndonos llegar esa otra cara de las guerras: la
trastienda, la provisión de recursos para sostenerla, que siempre recae -al
final- en el pueblo sufrido que padece en su suelo el estallido de los
enfrentamientos a que en el fondo son casi siempre ajenos.

http://moisescayetanorosado.blogspot.com/

 


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