ESTA LEY ES UN ABORTO

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No
sé si lo que voy a comentar, responderá al anteproyecto que quiere presentar
Gallardón,  para reformar la ley del
aborto, pero según parece el escollo principal, por el que no gusta, a nadie, tal
ley, se refiere fundamentalmente a “la malformación del feto”.

 

Para
algunos, en el trasfondo de todo esto, está la doctrina cristiana que defiende
a ultranza la vida del que ha de nacer. Y así parece ser que lo han
interpretado ciertos grupos, que ante la tolerancia  que hay por parte de los estamentos públicos  y la paciencia “cristiana” (jamás lo harían
en una mezquita),  han profanado estas
navidades varias iglesias como la de S. Félix en Sabadell, como protesta,
subiéndose incluso al altar en plena celebración de la misa. Pero, precisamente,  si dentro de los supuestos para poder abortar
se encuentra el de violación, esta excepción contradeciría  este pensamiento cristiano, ya que no hay
riesgo grave para la salud, al menos física, de la madre, único supuesto  que admite la doctrina católica para
abortar,  ya que entonces, se trataría al
menos de salvar una de las dos vidas. Por lo tanto, habría que descartar el
origen de dicha ley, a una presión de los católicos o incluso a la propia  confesionalidad religiosa del ministro.

 

Para algunos estudiosos de
la historia, el éxito del cristianismo se debió, entre otras muchas cosas, precisamente
a su oposición al aborto. Las condiciones en las que se realizaban los abortos,
en la época del Imperio,  producían una
mortalidad tremenda entre las mujeres romanas, si a eso se unía la mayor
natalidad entre los cristianos,  esto originó
que muchos “paganos”, tuvieran que casarse con mujeres cristianas, por escasear
las otras. Pero esta mentalidad  de
defensa del feto, no es nueva, ni un invento cristiano,  ya aparece en el Juramento Hipocrático, cuyo
origen se cree proviene de la mano del griego 
Hipócrates del s. V a. C. o bien fue  escrito por  un discípulo suyo, recogiendo su pensamiento, “el
compromiso del médico es actuar siempre en beneficio del ser humano, y no
perjudicarlo”. Y en él, se hace jurar al Médico;  “Tampoco administraré abortivo a mujer
alguna”. Con lo que reconocía la individualidad distinta al cuerpo de la
gestante, de la del ser que se encontraba en su vientre. ( Si consideramos esta
situación en los animales, ahora que estamos tan sensibilizados con ellos, por
ejemplo en  nuestra perra preñada, no nos
es difícil de entender que los cachorros, que porta. tienen una individualidad,
particular, respecto a ella).

 

Con lo que la admisión
de estos conceptos, harían tambalear, ideológicamente, las afirmaciones de algunos
colectivos que propugnan que; “las mujeres tenemos libertad de decidir sobre
nuestro cuerpo”. Porque,  ante las
proposiciones anteriores, surge un dilema; ¿Forma un feto parte integrante de
tu cuerpo, o es un elemento que aunque que se encuentre alojado en él, tiene
entidad propia? Parece ser, que la protección que otorgan las leyes, en todos
los lugares, a ese “nasciturus”, implica que es un elemento con personalidad
propia. No se trata de un grano en la nariz que puedes extirpar, porque forma
parte, incluso molesta, de él,  sino que
tiene una entidad  jurídica.

 

Pero salvando estas
circunstancias, existen otras cuestiones éticas que requieren contestación,
pero a las que nunca se les encuentra una respuesta adecuada.

 

Es cierto, como dicen
los psiquiatras, que la mujer que desea abortar no es una enferma, y por lo
tanto no pueden poner las autoridades, en sus manos, la decisión de dar vía
libre al aborto, alegando que puede provocarle trastornos sicológicos
importantes. Pero también hay otras consideraciones que han de ser tomadas en
cuenta. Al carecer de un apoyo social suficiente por parte de la
sociedad-estado, a ciertas situaciones conflictivas que podrían darse, tanto en
la madre, como en el propio futuro hijo. ¿Podemos condenar a un ser a una
incapacidad vital de por vida, por causa de alguna malformación? ¿Podemos
condenar a una familia, sobre todo si la madre es soltera o carece de recursos
económicos adecuados, a hipotecar su vida y la de su hijo?  Es cierto que, en la mayoría de los casos, la
familia se vuelca sobre el hijo sustituyendo las carencias físicas o psíquicas,
con amor y atenciones,  y con frecuencia
se encuentran recompensados.  Pero, ¿es
justo esto?¿Podemos condenar a un hijo a sufrir en algunos casos, operaciones a
veces dolorosas para paliar deficiencias? Es evidente, que nadie se negaría a
hacerlo para continuar la vida de un hijo, y todos los sacrificios son pocos
para hacer más feliz su estancia vital. Pero esta decisión  inicial, que evite estas circunstancias, presenta
muchos interrogantes  difíciles de
contestar.


Pero quizás por ello
mismo, ya que se han abierto portillos en la interrupción del embarazo,  debería dejar, la legislación, una puerta
abierta para que la familia, tuviera en sus manos esta decisión, a veces, o
siempre muy difícil de tomar.


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