HACE UN SIGLO: UN HURDANO EN EL CANAL DE PANAMA

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…“He corriu por muchas partis de España…, he vistu torear en San Sebastián, y doy detallis de otras partis, y relación de la mar, del mar Trianu”. No lo entendía. “El mar Trianu – aclara – está en el Pacífico del canal de Panamá y, por allí, alinda a las Californias, a las Américas. Allí he estau”. Y le preguntaría que hacía el allí, y respondería que “fui a trabajar al Canal de Panamá en el año 1909 – se inauguraría el día 8 de agosto de 1914 -, y estuvi dos años y mediu, y trabajaba con los americanus…

[Img #34249]Sí, sí, muy apegados los hurdanos a la tierra… Pues como
casi todos los humanos tan hechos al paisaje regazo, el que nos vio nacer y con
el que crecimos; y los hurdanos quizás amaran, estuvieran más apegados a ese
paisaje con pátina de paraíso. Que nos lo diga don Miguel de Unamuno, que bebió
de las aguas cristalinas del río Ladrillar; y dejaría, a lo largo del camino,
las huellas de sus pasos, y aún escucho, al pasar por estos pagos, el eco de
sus palabras. ”Porque ved por qué esos pobres heroicos hurdanos se apegan a su
tierra: porque es suya. Es suya en propiedad; casi todos son propietarios. Cada
cual tiene lo suyo – prosigue -: cuatro olivos, dos cepas de vid, un
huertecillo como un pañuelo moquero y no es que usen de estos últimos… Y
prefieren malvivir, penar, arrastrar una miserable existencia en lo que es
suyo, antes que bandearse más a sus anchas, teniendo que depender de un amo y
pagar una renta.( ) Y continúa don Miguel: ”Pues la pobre tierra cultivada de
Las Hurdes es la hija de dolores, de afanes, de sudores, de angustias sin
cuento, de esos heroicos españoles a quienes se llama salvajes. Ellos la han
hecho”.

Pero la gente del singular valle del río Ladrillar, pues
como la de otros lares hurdanos, no esconderían, sin embargo,  ese espíritu de universalidad, muy propia del
extremeño, el amor por la aventura, la conquista allende los mares,  con el riesgo y audacia que acompañaba esa
especial singladura. Mauricio Legendre cantará el retorno del hurdano y nos
recuerda al zapatero que, tras treinta y cinco años en Marsella, un día
escucharía el rumor del río, el eco manriqueño de los mirlos,  la caracola del tiempo y, con la nostalgia de
un Proust, retornará  a este paisaje,
abrupto y abstracto y, sin embargo, tan sugerente como conmovedor.


No olvidaré, por ejemplo, en mi postal de la memoria, al
amigo y coloquial  “tío Salvador”, a su
figura de pincelada labriega, a sus pies de barro y con quien recorrería buena
parte del curso del río Ladrillar – durante mis pasos y el bagaje para el libro
“Las Hurdes, clamor de piedras” -;  y
escuchaba la singularidad de sus palabras, esos vocablos tan genuinos de los
hurdanos, tan puros, expresados de esta guisa en el relato del tío Salvador:
“Soy de la quinta del ochu y tengu una hija, vela ahí, y la llaman María, y
tuvi otru que se murió el pobrecitu en la Casa de la Salud – se refería a
Plasencia -.” Mientras su mujer nos 
preparaba la comida, él y yo pelábamos castañas. Y proseguía su relato:
“He corriu por muchas partis de España…, he vistu torear en San Sebastián, y
doy detallis  de otras partis, y relación
de la mar, del mar Trianu”. No lo entendía. “El mar Trianu – aclara – está en
el Pacífico del canal de Panamá y, por allí, alinda a las Californias, a las
Américas. Allí he estau”. Y le preguntaría que hacía el allí, y respondería que
“fui a trabajar al Canal de Panamá en el año 1909 – se inauguraría el día 8 de
agosto de 1914 -, y estuvi dos años y mediu, y trabajaba con los americanus.
Ibamus las cuadrillas de obras haciendu una calli mu ancha por aquel canal que
costó muchos millones, y cuantu se atrochaba, y los barcus tardaban dos horas
en dar toa la vuelta; y había puertas que tenían electricidad y las abrían y
cerraban para que pasaran; y tenían esus adelantus y si no fuera americanu
pagaba su patenti. Allí tuvi una buena plaza, señol. Sí, fui por dinero. Cogí
el tren en la Fuente de San Esteban y, desde allí, me llevó el tren a Salamanca
y, por Medina del Campu, fui a Santander. Allí embarqué en el barcu “Perú” y me
tiré diecisiete días de agua… Allí se ganaba nueve pesetas y el dineru
americanu es reconociu por toas las naciones. 
Regresé aquí, el añu 1912 porque los trabajus se iban parandu y sobraban
brazos, y teníamus el tiraeru de la tierra… Si me volviera nuevu, yo me
encajaba a las Californias, aunque na mas fuera un pastor…, allí, en un par de
añus, si ties suerti, ganas dineru. El tío Salvador contaría su vivencia en
Cuba y su regreso. Y recordaría el viaje de Alfonso XIII, montado a caballo,
imagen que llevaría grabada en su memoria. Tiempo ese de aventuras, gente que
buscaría un Dorado, allende los mares. Hubo más gente de estos pagos y otros
aledaños que soñaría, pues con un mundo mejor, aventureros como nuestros
Conquistadores, los Balboa y compañía. De ahí que rindamos un humilde homenaje,
con estas líneas, a quienes veían en el Mapa Mundi el sueño de otros mundos,
que están en este; y las noches de luna llena prenderían en sus retinas el
rumor de los oleajes y el canto sobrecogedor de las olas con la sencillez de la
calma y la música de las gaviotas; y quien iba a imaginar que tío Salvador
nunca pensaría que, ese canal, donde dejó el reposo del guerrero y sus sueños,
ahora otra obra gigantesca espera, en este siglo, el  nuevo diseño.


               


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