¡PARA FERIAS QUE ESTABA YO¡

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[Img #36375]El presente artículo intenté que viera la luz en prensa escrita en Cáceres el 6 de Junio de 2012.

No lo conseguí. Agradezco a Digital Extremadura, su publicación

 

¡Ya han pasado las Ferias! No es que sea un aburrido. ¡Que no! Porque me gusta la juerga sana, más que a los chivos la leche. No es que no me guste una copa. ¡Que tampoco! Aunque ya no lo haga, por convencimiento, de que los estragos que suele hacer en el organismo, por sus abusos; suelen ser irreparables. Ya me lo dijo un médico allá por…!puff!, en la distancia. Ahora las tomo con moderación y sentido. Pero en forma de refresco. O una copa de vino que el momento reclame. Sosegadamente. Cuando busco un momento de relax. Enrocándome con ella para buscar la calma, la reflexión, en la paz del butacón, y ahora que llega el buen tiempo, al atardecer en un sillón de mi terraza, cuando el sol acaba de ocultarse detrás de las altas moles de hormigón, que ya no tienen balconadas de hierro, ¡que ya no dicen nada! Porque ya no se ven casas —ya no se ven tejados verdeados por el musgo que las tejas hubieran ido creando a lo largo del tiempo para gozar del panorama. Ni chimeneas con sus humos compitiéndole al cielo el blanco de sus nubes. Tampoco veo salir el sol de amanecida, desde mi cama; a través de la diosa Ceres, resguardada en su arco. Según las épocas del año, pero siempre desde un ángulo u otro, el sol me llamaba, cuando salía,  reflejándose en las piedras de la torre que sostenían a la diosa y sus murallas. Mientras, las campanas de la cercana Stª María lanzaban al vuelo sus llamadas a la oración; a misa, o al recogimiento de las almas turbadas; o de las tranquilas, para dar gracias. Ni aquel reloj ¡horrendo! que a Bujaco afeaba.

 

 

         ¿No fuiste a la feria? Me preguntan. ¡Para ferias estaba yo! Por irme de parranda ¿me volveré a perder tantas cosas bellas? ¡Si ya no veo el musgo en las murallas! ¡Ni a las palomas buscando su nido en cualquier nicho abierto en el panel de las torres que les dan fuerza y defensa, que solo con mirarlas daban la seguridad de siglos…que tenían a sus espaldas!. A pesar de que ya, en cualquier calle, solo se ven moles que no te dicen nada. Hasta sus propios vecinos, igual ni se conocen. Y si se cruzan nunca se dicen nada. O pasan largos tiempos sin cruzar una palabra. Ni preguntan por la abuela, que la pobre, igual ni tiene ganas de que alguien la moleste y remueva los gozos de su alma. ¡Ya no voy a la Feria! Tuve que olvidarla en aquellos tiempos que por mis venas corría más alcohol, que plasma. Y además había que comenzar a sembrar nuevo recuerdo en la mirada. Vamos, que comencé a cambiar cuando era “rey de juergas”, y el médico me dijo que tenía que olvidarlas.

 

 

         Y es que cambiar torres y murallas por bloques de cemento, trastoca cualquier causa. Y eso que yo he tenido suerte porque aún no teniendo a Ceres, el sol en esta casa, también me levanta… y la luna me acuesta. Pero no es tan bello como en la Plaza. Cuando asoma nocturna entre nubes la luna, contraluz de cigüeñas con su nido en terrazas de estas inmensas moles, se le quitan a uno las ganas de irse de ferias. Pero aún algo bueno encuentro entre el cemento. Tengo enfrente una figura ecuestre, y el caballo montado por jinete de gran gala. Unos abetos, palmeras y plantas de gran porte, le escoltan y dan sombra en las mañanas.

 

 

Una familia de cigüeñas ha hecho de esos abetos su morada. En las noches tranquilas aprovecho para tomar un refresco en mi terraza. Como ya no bebo, la noche se hace larga hasta que el sueño me vence. Pero los largos fines de semana, la “movida” interrumpe el descanso y ese sueño al que todos tenemos derecho, se esfuma debido a tanto ruido y algarada. Desvelado, resignadamente espero a que con su luz, el sol, haga que me olvide que no he ido a la Feria ¿para qué? Y sueño despierto en aquellos lindos días que pasé en la casa de la Plaza. Y recordaba alegre aquel sol que en la misma me despertaba… y la luna me dormía con la imagen, aún soñada, de aquella vieja estampa.

 

 

         Pronto llegará el mirlo que tiene el pecho blanco y viene todas las mañanas a picotear las flores que adornan mi terraza. Pegando cuatro brincos, comiendo en cuatro plantas. Después se va a una higuera cercana; se va sin ni siquiera decir adiós o hasta mañana. Porque ya no hay cosecha. Ha pasado. Será que vendrá a vigilar que la próxima añada no le falten los higos, su desayuno de todas las mañanas. Y me pongo a pensar en el ciclo vital. ¡Para Ferias estaba yo! Al vecino que a diario me cruzo, ese hombrito mayor, le van a desahuciar. No recuerdo el bloque en el que vive. Le ofreció…, no sé quién, una vida mejor, de esas “preferentes”. El pobre hombre picó, y dentro de poco ya no tendrá nada. Mientras, aquel canalla, vivirá en una casa de oro y plata. Al hombrito casi no le conozco, pero es un hombre como yo, cargando a nuestra espalda toda una vida plagada de nostalgias. ¡Para Ferias estaba yo! Buscaré al hombrito por si quiere venir conmigo al Parque del Príncipe y a ver cómo urdimos colarnos en la casa de ese hombre, casa de oro y plata. Y hacernos dos ocupas desde donde poder ver salir el sol y en llegando la luna, esperar las mañanas. ¡Para Ferias que estábamos los dos! Porque a nosotros, ya,  no nos rescatan nada.

 

 


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