IDOLOS DE ORO Y BARRO

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 En el rectangular marco de hierba de Maracaná, los ídolos de oro y barro se han desplomado ante la debilidad de sus cuádriceps, alicaídos y tristes, hartos de dibujar “paredes” y sin inspiración para trenzar balones ante la portería; y los ídolos de pies de barro se han desprendido, como cromos sepias, del cielo estelar del triunfo y de los coleccionistas. Cruzar el charco, evaporarse el cielo de Maracaná, cansarnos la magia televisiva, en fin, ver a los ídolos de oro y pantalón corto exhaustos y con “pájaras”, que han deprimido a forofos y españoles hasta la extenuación del parasimpático, cuando hubieran bastado unos chatos de vino o unos “cubatas” para redondear la lenta agonía del cuero hacia las redes de la portería. Y todos estos sabios del balompié, empíricos e idealistas, han buscado un microscopio para ver qué células fallarían en ese ir y volver de un balón errante sobre un césped, mustio y triste, ante la nube desconsolada de los espectadores.

 

Sí, toda esa gran legión portadora de cromos e ídolos, esperaba la última gesta de Flandes, pero un Velázquez etéreo había dejado sus pinceles en trasteros de otros años triunfales, y esa “Roja” – también de Picasso – se había marchitado como una amapola entre la desesperación y el abatimiento de un “Guernica” agónico, colgado en El Casón del Buen Retiro. Casi nada inspira tanta piedad como rabia observar a “las once pares de botas” “rojas / que te quiero rojas”, a los dioses del músculo y el cabezazo, alicaídos y derrotados, en un campo de hierbabuena, o el caminar frustrante de un forofo con unos ramos de violeta para oler, lejanamente, el linimento o beber un trago del “agua milagrosa”. No, esos devotos envueltos e identificados con sus dioses de hierba y barro,  en un acto de religiosidad, “¡tó – ca –lá!; to – ca – lá!”; y los guarismo a la espalda y los nombres fijos en  la depresión obsesiva de aficionados y forofos  al ver a sus ídolos, cansinos y exhaustos, sin que el guardián de las redes – el número uno, símbolo del liderazgo – sea el último salvador… ¡Qué calvario el de Casillas! Y  habrá quienes tratarán de exorcitarlo  o esperar a las hogueras de San Juan para quemar sus fantasmas. Así, Casillas no inspirará a ningún poeta para cantarlo con los vuelos de la oropéndola y las cadencias de las metáforas. Con una oda, cantaría Alberti al arquero húngaro y azulgrana Platko, tras una épica final de Copa de España, en 1928, entre el Barcelona y la Real Sociedad, jugada en Santander. Aquel encuentro brutal donde se jugaba, además, el nacionalismo…, y hubo heridos, culatazos de la Guardia Civil…, y Platko ensangrentado, sin sentido, pero con el balón entre sus brazos.

 

Y Alberti:“No, nadie, nadie, nadie.

 

Camisetas azules y blancas, sobre el aire. /camisetas reales, / contrarias, contra ti, / volando y  arrastrándote. / Platko, Platko lejano, /rubio Platko tronchado, / tigre ardiente en la yerba de otro país. /¡Tú, llave, Platko, tu llave rota, / llave áurea caída ante el pórtico áureo (…)

 

 

¿Quién habrá mirado a estos ídolos?.  A estos “once pares de botas”; y al juego que nació en un campo de heno segado, en “la pérfida Albión”. ¿Lo recuerdas, lector?. Que esta religión de ayes y guerreros del esférico – qué cursi – nació con el himno inglés. Ahora que el estío dejará su calor y un eco de cigarras en los desnudos campos de futbol, cuando quizás aún llegue a la vieja Iberia el eco de aquel gol de Maracaná, obra de Zarra, que supo a alegría y a samba, en una España de posguerra, ahora que la vista se nos ha nublado y, hasta algunos, con la camiseta de la “Roja”, habrán enjugado sus lágrimas en el corner – o en una esquina – de un campo de futbol o en la soledad del estío.


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